Para resolver una zona de transición entre el Ensanche barcelonés y otro tejido consolidado en los años sesenta y setenta, se propone un gran gesto unitario, monumental en su escala y abiertamente generoso con la ciudad. La planta y el perfil del volumen longitudinal de 300 metros que ocupa tres manzanas se quiebran con el objetivo de aligerar su impacto, a lo que colabora la rítmica apertura de innumerables huecos que expresan el carácter urbano de la fachada a la Diagonal y diferencian los usos asignados en el programa en sus fachadas interiores. Tratada como un elemento moldeable en las manos del escultor y revestida con materiales nobles —travertino romano y granito africano, acero y vidrio —, la masa del edificio se equilibra para distanciarse de los habituales contenedores comerciales, evitando la banalización de su imagen...
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