Sociología y economía  Opinión 

Declaración de dependencia

Los emblemas monetarios de la nueva Europa.

Declaración de dependencia
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Declaración de dependencia

Los emblemas monetarios de la nueva Europa.

Luis Fernández-Galiano 
05/12/1998


La constitución es un puente. El puente festivo que inaugura la etapa navideña y el puente laborioso que anuda la comunidad ciudadana. Fiesta y esfuerzo, la constitución española es una construcción política que hace visible un tejido social, y su arquitectura se traba sobre la urdimbre y la trama de nuestra mutua dependencia. La imagen del puente como símbolo de cohesión comunitaria fue adoptada también por la Unión Europea, en los billetes de ese euro que entra ya en vigor el próximo 1 de enero, y algunos deploran que el proyecto político del continente no se asiente sobre un fundamento más dramático. Régis Debray ha comparado los monumentos virtuales del euro con los personajes y acontecimientos que se representan en el dólar americano, y ha expresado sus dudas acerca de una identidad europea que no pague tributo al lado trágico de la historia. Pero tanto la España democrática como la Unión Europea son proyectos posmodernos, de geometría variable e iconografía imprecisa, que prefieren sustituir la exaltación de los héroes de la independencia por la expresión de una interdependencia sin héroes.

En el papel moneda de los Estados Unidos de América, la Declaración de la Independencia se representa en el reverso del billete de dos dólares, en cuyo anverso figura el redactor de la propia declaración, que resulta ser también el más polémico de los fundadores de la nación, Thomas Jefferson. El billete, de circulación muy escasa, ilustra bien ese relato mítico que Debray exige a la comunidad política, obligada a edificarse sobre el cimiento simbólico de los padres de la independencia. Pero la misma condición discutida de su protagonista ilumina también los riesgos de un proyecto que se apoya en la compacidad sin fisuras de los héroes que proclaman un destino manifiesto. Si Jefferson—el cual, dicho sea de paso, es también el más grande arquitecto neoclásico norteamericano— fue un hipócrita racista, amante de una de sus esclavas, y defensor testarudo del terror revolucionario francés, son los fundamentos de la nación los que padecen: el arquitecto de Monticello no puede ser a la vez un bellaco y un padre de la patria.

Frente a la iconografía heroica del dólar estadounidense, las monedas y billetes del euro recurren a obras arquitectónicas e ingenieriles para simbolizar el proyecto de construcción europea.

Las identidades borrosas de la Unión Europea y de la España democrática carecen, desde luego, de la dimensión homérica que otorgan las fracturas sangrientas y los héroes iluminados; pero poseen la naturaleza confortable de la construcción convencional, y evitan, en sus consensos mudables, la cristalización mítica de una galería de héroes. El uso de obras de arquitectura e ingeniería en los billetes del euro simboliza bien la condición coral y deliberada de esa Europa en la que España se subsume, declinando mantener la ficción retórica de una soberanía que se ha disuelto en la interdependencia global, y contrasta significativamente con el empeño de algunos políticos catalanes y vascos por dotar a sus comunidades de una historia épica.

Así, durante este año las celebraciones litúrgicas de los centenarios españoles han manifestado una notable templanza emocional. Lorca no ha sido bandera de reivindicación homosexual o izquierdista, sino que se ha presentado como un poeta luminoso que funde lo racial y lo cosmopolita, de raíces vernáculas y frutos vanguardistas. El 98 no ha sido una catástrofe militar, política y psicológica, sino un episodio costumbrista que permite hacer exposiciones con las luces y las sombras de la pintura finisecular, sin que a ningún comisario le duela mucho España. Y Felipe II no es la siniestra araña negra que teje desde El Escorial la tela burocrática de su Imperio, pero tampoco el Rey prudente que administra con sabiduría y justicia la España en la que no se pone el sol, sino un príncipe culto y amante de la vida, refinado coleccionista y meticuloso gobernante. La tibieza autocomplaciente de las efemérides dibuja un panorama escasamente crítico; y a la vez, esa ausencia de pasión tranquiliza a los que temen el despertar de la bestia violenta que lleva dos décadas adormecida con la melodía salmódica de la constitución democrática.

Ni héroes ni santos tienen fácil acomodo en la trivialidad laboriosa de las democracias europeas. «Ningún acontecimiento fundador, ningún gran designio, ningún bautismo de fuego», se lamenta Debray. Pero para que el relato de la independencia tenga verosimilitud dramática, los héroes exigen los tiranos. La neurótica hormiga Z, a la que da voz Woody Allen en la producción de Dreamworks, no se convertiría en el libertador de su comunidad de himenópteros si no hubiera soñado con una insectopía, pero tampoco si no hubiese existido el pérfido general Mandible. Las arquitecturas virtuales del hormiguero donde habitan Z y sus compañeras se proyectaron en los ordenadores de animación inspirándose en los espacios de Gaudí, un constructor iluminado que está en camino de subir a los altares. Acaso por fortuna, esas formas dramáticas y sagradas no son imprescindibles para levantar la arquitectura consuetudinaria y consensuada de una Europa habitable y una España habitual. La ocasión festiva del puente de la constitución, desvanecidas ampulosas metáforas políticas, anima a disfrutar las últimas mieles tibias del otoño. De esa sustancia dulce y efímera está fabricada la convivencia civil.


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