El profesor y la corista

El riguroso auditorio de Moneo se levanta frente al jovial teatro de Bofill en una zona de Barcelona que quiere definirse con edificios culturales.

30/04/2000


Aunque admiren al profesor, perseguirán a la corista. En esa encrucijada confusa de Barcelona que es la plaza de las Glorias, el Auditorio de Rafael Moneo tiene de pareja de baile el Teatro de Ricardo Bofill, y por más que los edificios se ignoren, es inevitable advertir que han llegado juntos a la fiesta. Enviados a colonizar el encuentro de la Diagonal con la Meridiana, un lugar donde el Ensanche no es casi y la periferia no es aún, Moneo y Bofill reproducen el encuentro de una máquina de coser y un paraguas sobre una mesa de disección. Frente al clasicismo festivo del Teatro, abigarrado de columnas, palmeras y focos que cruzan el desenfado de Hollywood con la ostentación de Las Vegas, el cajón oscuro y listado del Auditorio intimida con su hermetismo severo. Este prisma horizontal de hormigón y óxido de acero alberga un corazón musical de madera de arce, pero serán pocos los que prefieran la vida interior del profesor al atractivo superficial de la corista: en este barrio desencuadernado, los silbidos de admiración serán todos para la rubia.

Con un hermetismo riguroso, heredero de las cajas mudas de Louis Kahn, el Auditorio de Rafael Moneo (arriba) se distancia del clasicismo festivo del Teatro Nacional de Ricardo Bofill (arriba).

Una caja rigurosa exige quizás un entorno más académico, o un paisaje más terminado y cabal que permita valorar por contraste su esfuerzo de abstracción. Moneo cita aquí a Louis Kahn y sus cajas mudas de Yale; pero seguramente no era del todo consciente de que una dumb box no puede competir con una dumb blonde. Por otra parte, el maestro de Filadelfia construía con una precisión tan exquisita que en sus detalles, como en los de Mies van der Rohe, sin duda habitaba Dios. En los de Moneo reside más bien un duende travieso que salpica de erratas los ajustes entre materiales, dando al conjunto un aire pòvero en sintonía con la aspereza del lugar, aunque resulte algo informal para la todavía superviviente etiqueta del concierto. Este desaseo es singularmente fastidioso en el desacuerdo entre la retícula de hormigón y los cuidadosos paneles demadera que cierran sus huecos por el interior, cuya geometría rigurosa subraya reiteradamente las deficiencias en la ejecución de la estructura.

Si el hormigón no merece elogios, la carpintería debe recibirlos por duplicado, ya que todo el interior del edificio está revestido con madera cálida y luminosa de arce canadiense, que mulle la pisada, amortigua las voces y sirve de soporte a instalaciones hábilmente ocultas o discretamente expuestas, así como a una elegante señalización en catalán. El esplendor amable de la madera alcanza su culminación en la sala sinfónica, con los previsibles ecos de Scharoun y las proporciones precisas de un instrumento musical, y donde sólo las butacas verde ceniza disipan la ilusión de hallarse en el interior de una maqueta gigantesca.

La mitad del edificio que ahora se inaugura está separada del cuerpo que contiene la sala de cámara y la de ensayos por un foyer público en forma de plaza parcialmente cubierta, coronada por un cubo de vidrio sin techo ni suelo que, colocado diagonalmente respecto a la gran caja horizontal, actúa como patio para iluminar los futuros locales del museo de la música. Aquí Moneo ha recurrido al mismo Palazuelo que hace un cuarto de siglo decoró los techos de escayola de Bankinter, y de nuevo el artista ha proporcionado unos patrones geométricos, que en esta ocasión se adhieren a los muros de vidrio de la linterna; por desgracia, el resultado se adivina tan prescindible como el de su anterior colaboración, pero esto nada dice del talento de ambos, sino de la extraordinaria dificultad de la integración de las artes en la arquitectura contemporánea. En todo caso, y a fin de cuentas, arquitectura, pintura o escultura están en un auditorio subordinadas a la música, y el juicio definitivo del edificio se realizará más con los oídos que con los ojos; por lo menos aquí no admite dudas la jerarquía de Verlaine: «de la musique avant toute chose».