Gente  Opinión 

El factor humano

Se celebra el centenario de Alvar Aalto.

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El factor humano

Se celebra el centenario de Alvar Aalto.

Luis Fernández-Galiano 
31/01/1998


El símbolo del norte estaba enamorado del sur. Alvar Aalto, el más grande arquitecto escandinavo, pasó la vida añorando el Mediterráneo. «En la cabeza tengo siempre un viaje a Italia», decía a menudo. Cuando emprendió el definitivo, su viuda lo enterró bajo un capitel jónico de mármol italiano: un homenaje paradójico para un artista moderno, y más aún para alguien que, al editar su obra completa, había eliminado cuidadosamente todos sus edificios clasicistas juveniles; pero un tributo adecuado para un temperamento apasionado que vivió en Helsinki soñando con Venecia.

En cualquier caso, el sur de sus fantasías y sus viajes no era del todo el sur del clasicismo; cuando visitó España en 1951 sus colegas madrileños se sorprendían de su desinterés por el Museo del Prado, o de la forma ostentosa en que daba la espalda a El Escorial: sólo la construcción vernácula parecía interesarle. Y es que en el sur Aalto buscaba el ingenio popular en el uso de los materiales y la sabiduría anónima de los pueblos escarpados: el diseño refinado de los objetos cotidianos y la belleza exacta de los paisajes construidos por la necesidad, el tiempo y el azar. Entre esos dos polos del diseño y el paisaje se desarrolló durante medio siglo su propia obra de arquitecto.

Hijo de un topógrafo, Hugo Alvar Henrik Aalto nació el 3 de febrero de 1898 en la aldea de Kuortane, y pasó la infancia entre la gran mesa de dibujo de la oficina doméstica de su padre y los vastos panoramas lacustres de la Finlandia central; quizá por ello es inevitable referir su futura arquitectura de formas ondulantes al trazado de las curvas de nivel en los planos topográficos y al perímetro caprichoso de los innumerables lagos de su región natal; y el hecho de que en finlandés aalto signifique ola no hace sino corroborar la verosimilitud poética de ese destino anunciado.

El alejamiento de la ortodoxia moderna con el uso de materiales naturales y líneas curvas se inició en la biblioteca de Viipuri (1933-1935) y culminó en el pabellón de Finlandia en Nueva York (1939).

Educado en el Liceo Clásico de Jyväskylä, una pequeña población orgullosa de ser conocida como la Atenas de Finlandia, Aalto regresó a ella en 1921 tras terminar sus estudios superiores en Helsinki, y abrió allí su despacho de arquitecto, dispuesto a transformarla en la Florencia del norte, según escribía con ardor proselitista en sus colaboraciones en la prensa local. Su fervor toscano, compartido con un grupo numeroso de escandinavos que, liderados por el sueco Erik Gunnar Asplund, configuraron lo que se llamó el clasicismo nórdico, dejó una impronta serena y solemne en sus primeros edificios. Cuando en 1924 se casó con Aino Marsio, una arquitecta empleada en su estudio, dos años mayor que él, y que sería —hasta su muerte en 1949—su más estrecha colaboradora, la joven pareja pasó la luna de miel en peregrinación por su particular tierra santa italiana.

Un concurso ganado en 1927 le llevó a trasladar su estudio a Turku, y su llegada a esa ciudad cosmopolita —capital de Finlandia antes de que los zares otorgasen esa condición a Helsinki—coincidió con la difusión allí, a través de apóstoles como el sueco Sven Markelius y el alemán Walter Gropius, de la buena nueva moderna. Junto con su compatriota Erik Bryggman, Aalto se convirtió al credo del Estilo Internacional, e inmediatamente proyectó en registro funcionalista tres obras—la sede del periódico Turun Sanomat, el sanatorio antituberculoso de Paimio y la biblioteca de Viipuri— que situaron a este arquitecto periférico en el corazón del nuevo movimiento.

En 1933 se mudó a Helsinki, donde permanecería el resto de su vida, y por aquellas fechas el joven Aalto era ya una figura moderna reconocida fuera de su país; pero durante los años siguientes el arquitecto finlandés se apartó de la ortodoxia blanca, mecanicista y rectilínea del canon internacional, adoptando los materiales naturales, los detalles vernáculos y las líneas curvas que ya habían aparecido en los cálidos muebles de madera laminada del sanatorio antituberculoso o en los techos acústicos ondulados de la biblioteca.

La obra de Aalto ofrece un abigarrado muestrario de tipos y aparejos cerámicos. A la derecha, la casa veraniega que el arquitecto se construyó en Muuratsalo (1952-1953); abajo, el Ayuntamiento de Säynätsalo (1949-1952).

Esta modernidad herética y orgánica cristalizó pronto en dos obras maestras: la villa Mairea, una casa de vacaciones para sus amigos y mecenas Marie Ahlströmy Harry Gullichsen, cuyo lírico collage de referencias al bosque finlandés, la tradición japonesa y el lenguaje de las vanguardias la hizo enseguida mítica; y el pabellón de Finlandia en la Feria Mundial de Nueva York de 1939, cuyos muros ondulados y flotantes de madera capturaron de inmediato la imaginación del mundo, e hicieron de su autor un maestro internacionalmente admirado por su elocuencia plástica, su sensibilidad ante la naturaleza y sus testarudamente formuladas convicciones humanistas.

El inicio de la II Guerra Mundial interrumpió la carrera de Aalto, pero sus numerosos contactos en Europa y los Estados Unidos —era amigo de Le Corbusier, Léger, Wright, Hemingway, los Rockefeller...— le permitieron sustituir el servicio de armas, donde perecieron seis de los arquitectos de su estudio, por el trabajo propagandístico de conferencias y giras internacionales en demanda de ayuda para su país. A través de los viajes, el arquitecto dio a conocer la desvalida situación de Finlandia, pero también sus propias ideas artísticas y sociales, impulsando la extensión de la red comercial de la compañía de mobiliario Artek—una empresa fundada para explotar sus populares diseños de madera laminada— y consiguiendo el nombramiento de catedrático en el Massachussetts Institute of Technology, responsabilidad que desempeñaría intermitentemente y que dio como fruto un importante encargo: una residencia de estudiantes para el propio MIT, que Aalto realizó durante los primeros años de la posguerra utilizando ladrillos de áspera textura para construir sus características formas sinuosas al borde del río Charles.

La planta en abanico del auditorio de Otaniemi (1953-1967) y el mármol del palacio de congresos Finlandia (1962-1975) caracterizan la monumentalidad retórica de su última etapa.

La muerte de Aino en 1949 fue un gran trauma para Alvar Aalto. Su mujer y colaboradora había sido durante un cuarto de siglo su mejor apoyo emocional y profesional, ocupándose del interiorismo, los muebles de Artek o las exposiciones, pero sobre todo actuando como la confidente y cómplice sin cuya aprobación Aalto se sentía inseguro; acaso porque, como sostiene su biógrafo Göran Schildt, en Aino encontró la madre que había perdido en su infancia. Extrovertido, viajero y mujeriego, Aalto permaneció siempre vinculado a ella por un cordón umbilical de dependencia; cuando supo del agravamiento de su enfermedad, regresó a Finlandia desde los Estados Unidos a tiempo de extender sobre su lecho un último regalo: el abrigo de visón con que ella soñaba como símbolo del éxito que habían conseguido juntos.

En los años siguientes, la vida de Aalto se movió a la deriva, y de esa crisis errática y alcohólica sólo comenzó a salir con su segundo matrimonio: en 1952 se casó con una ayudante, Elsa Kaisa Mäkiniemi, veintitrés años más joven que él, y a la que inmediatamente rebautizó como Elissa. Sencilla y espontánea, su nueva esposa inauguró una etapa de felicidad vitalista, que se vio robustecida por el creciente reconocimiento profesional en su propio país. Si por un tiempo había llegado a considerar establecerse en los Estados Unidos, su victoria en dos importantes concursos finlandeses—el Instituto Nacional de Pensiones y la Universidad Politécnica de Otaniemi, ambos en el área de Helsinki— inclinó definitivamente la balanza, y durante un largo periodo estos dos grandes conjuntos públicos ocuparían el centro de su atención, desarrollando en ellos la singular síntesis de clasicismo mediterráneo y tradición nórdica que ya había experimentado en dos pequeñas obras maestras de ladrillo y madera: el ayuntamiento de Säynätsalo y, cerca de esta población del centro de Finlandia, su propia casa de verano en Muuratsalo.

Cuando terminó la obra del ayuntamiento, Aalto envió una carta de agradecimiento personal a cada uno de los seis albañiles que habían realizado la fábrica de ladrillo; de su casa de vacaciones hizo un muestrario abigarrado de tipos de ladrillos y aparejos, en un homenaje a las cálidas texturas cerámicas, tan lejos de la frialdad abstracta de la modernidad convencional; y en sus dos grandes obras de la época volvió a usar con profusión esa amable albañilería de ladrillo. Pero en una de ellas, la Universidad Politécnica de Otaniemi, presidida por un gran auditorio en forma de abanico cuya cubierta escalonada evoca los teatros clásicos, Aalto decidió revestir con mármol de Carrara la Escuela de Arquitectura, rindiendo tributo a su propia disciplina, y abriendo una etapa monumental y retórica que sería la última de su carrera.

La maestría formal y la sensibilidad luminosa de este Aalto blanco y postrero están presentes en la escenografía polifónica de la iglesia de Imatra, en las curvas orgánicas y sensuales de las bibliotecas o en los paisajes sabios y azarosos de los centros cívicos de Seinäjoki o Rovaniemi; pero sobre todo se hallan en los grandes edificios de Helsinki, como la sede de la compañía Enso-Gutzeit o la Librería Académica, construidos con ese mármol italiano del que estaba prendado, y que culminaron en su testamento arquitectónico, el edificio Finlandia, un gran auditorio y palacio de congresos que levanta su rotundo volumen fragmentado y lírico al borde de la bahía de Töölö, y que se terminó poco antes de la muerte de Aalto, acaecida el 11 de mayo de 1976. A la postre, el mármol de Carrara resultó ser poco apropiado para el exigente clima nórdico, y las láminas de piedra se fueron abarquillando hasta dar al conjunto la impresión de estar revestido con escamas o cortezas, transmutando así —con desamparo técnico y justicia poética—la solemnidad monumental del mármol clásico en un naturalismo romántico y escandinavo. Ninguna metáfora mejor del fracaso fecundo del arquitecto que quiso reconciliar el sur con el norte, y que yace en Helsinki bajo un capitel de mármol italiano. 


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