Opinión 

Té para todos


Azafatas sirviendo té en la apertura del XX Congreso del Partido Comunista de China

La China de azafatas unánimes es hoy esperanza y amenaza. Esperanza porque sus grandes logros económicos y técnicos han mejorado radicalmente las condiciones de vida y la autoestima de su población, llegando a ser un modelo para buena parte del mundo; y amenaza porque el ‘socialismo con características chinas’ aspira a sustituir el orden global creado por las democracias liberales con otro que subordine el individuo al colectivo, y la libertad a la seguridad. En octubre, el Gran Salón del Pueblo acogió el XX Congreso del Partido Comunista de China, que eligió al actual presidente Xi Jinping para un tercer mandato de cinco años, convirtiéndose en el dirigente más importante desde Mao Zedong, y quizá en la persona más poderosa del planeta. Tanto los relevos en el Politburó y el Comité Permanente como las intervenciones de Xi en la asamblea confirmaron el nuevo rumbo de la política china, que desde hace unos años ha reemplazado el énfasis en el crecimiento por la búsqueda de una ‘prosperidad común’ donde el Estado sirva de contrapeso al mercado y donde el esfuerzo por incrementar la autosuficiencia se extienda desde las materias primas y la energía hasta la tecnología avanzada.

El trayecto de la superpotencia asiática está marcado en este siglo por cuatro puntos de inflexión: el ingreso en la Organización Mundial del Comercio en 2001 potenció su crecimiento económico; los Juegos Olímpicos de Pekín en 2008 mostraron su auge al mundo; el ascenso a la presidencia de Xi en 2012 extendió su influencia global mediante la iniciativa de la Franja y la Ruta; y el XX Congreso en 2022 da el disparo de salida para la creación de un nuevo orden en el globo, enfrentado estratégicamente al modelo occidental. AV/Arquitectura Viva ha procurado dar cuenta arquitectónica de estas mudanzas con varios números monográficos: ‘China boom’ en 2004, reflejando su explosión constructiva; ‘Pekín olímpico’ y ‘Shanghái 2010’ en 2008 y 2009, documentando los eventos que exhibieron sus logros; y ‘Made in China’, ‘China eterna’ y ‘China material’ en 2011, 2015 y 2018, mostrando el aplomo afirmativo de una cultura que se propone al mundo como referencia. Y hoy, tras la celebración en 2021 del aniversario del Partido Comunista que se comentó en Arquitectura Viva 236 (‘El dragón centenario’), China se perfila nítidamente como rival de nuestras sociedades y nuestros valores.

La libertad entendida como diversidad de elección en el consumo o los comportamientos, frente a la homogeneidad de opciones en la política o en la vida, solía expresarse con el contraste festivo entre la tabla de quesos y el café para todos. El té para todos de la China contemporánea no excluye la cultura heterogénea del arquitecto Wang Shu, el artista Cai Quo-Qiang, el escritor Mo Yan o el cineasta Zhang Yimou, pero sí ha llevado al exilio a creadores tan singulares como Ai Weiwei, y la pluralidad de voces en el interior es solo tolerada si no se cruzan las líneas rojas de Taiwán, Tíbet y Tiananmén, respetando siempre la hegemonía política del partido. Josep Borrell, alto representante de la Unión Europea para Asuntos Exteriores y Política de Seguridad, ha provocado cierto malestar al definir nuestro continente como un jardín rodeado de jungla, y recordando que no se puede ser herbívoro en un mundo de carnívoros, pero la guerra de Ucrania —que no ha modificado la ‘amistad sin límites’ entre Rusia y China— sitúa a los europeos ante el viejo dilema entre Venus y Marte. La pugna entre las superpotencias fractura el planeta, y lo cierto es que no sabemos cuál es la mejor forma de proteger nuestro jardín.


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