Opinión 

Suiza de excepción

Luis Fernández-Galiano 
30/06/2001



Suiza es un país de excepción. De excepción en su acantonada fortaleza de cautela, y de excepción en su testaruda reticencia al engranaje, este alcázar alpino es a la vez un recinto de cultivo del privilegio y un reducto de resistencia a la integración, un territorio singular que los demás europeos contemplan de manera inevitable con una mezcla de admiración y resentimiento. El carácter excepcional de su plácida prosperidad y de su espléndido aislamiento lo hacen simultáneamente excelente y excéntrico, insuperable e insolidario. Protegido por el abrupto relieve de su geografía física y por el laberinto silencioso de su geografía financiera, Suiza se defiende de las aguas agitadas de Europa como Europa se defiende de las corrientes convulsas del mundo: islote de sosiego en un pequeño continente conflictivo, es obligado verlo como el refugio de heterodoxos en fuga que tantas veces ha sido, y es difícil no verlo como el blindaje de tráficos oscuros que todavía continúa siendo.

Arcaico y arbitral, este estado exacto de comunicaciones puntuales y anotaciones herméticas ha visto agrietarse la coraza de su seguridad y la piel de su autoestima. Las catástrofes en los túneles alpinos han cegado arterias esenciales, mientras las rendijas en la discreción bancaria han vulnerado dogmas pertinaces, reforzando al tiempo su insularidad inaccesible y su accesibilidad al escrutinio. El asesinato colérico de 14 diputados del cantón de Zug ha mostrado que los helvéticos no son inmunes al virus mórbido de la violencia trivial, y el traslado provisional del Foro de Davos a una Nueva York vigilada y dolorida ha evidenciado que ni aun en los Grisones está la paz civil asegurada. Last but not least, la crisis de Swissair ha destruido un símbolo empresarial y político, arrastrando en su descrédito al gobierno impasible y a los dos grandes bancos, UBS y Credit Suisse, responsables todos ellos de una humillación que ha fracturado el orgullo sonámbulo de una nación ensimismada.

Constructora impecable de una arquitectura patinada por los presupuestos generosos y el clima exigente, Suiza ha alumbrado una cosecha de obras exquisitas que nos ha hecho a todos peregrinos de los Alpes, romeros de Basilea o Zúrich, y devotos de un racimo de santuarios dispersos que imantan hasta aldeas de penosa llegada. Distraídamente displicentes ante la ingeniería y deliberadamente deferentes ante el paisaje, estos proyectos brutales y elegantes dialogan con los referentes suizos sin desdeñar la adhesión vehemente a un cosmopolitismo intemporal, pero se excluyeron de la última edición del premio europeo Mies van der Rohe por su condición insolente de suizos de excepción. Excepcionales en su autismo de caja fuerte y excepcionales en su belleza de materia táctil, los edificios suizos de esta hora tienen el reloj detenido en el momento intacto de su excepción exenta: exenta de historia, exenta de drama y, hasta ayer, exenta también de excepcional temor.


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