Arte y cultura  Opinión 

Laberintos del orden

Berlín, reconstrucción y memoria.

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Laberintos del orden

Berlín, reconstrucción y memoria.

Luis Fernández-Galiano 
26/09/1998


En Berlín, Zumthor construye un cajón de listones que albergará un centro de documentación sobre los crímenes nazis; y Eisenman ha proyectado un bosque de prismas en memoria de los judíos asesinados en Europa.

Alemania plebiscita la memoria. Las elecciones legislativas enfrentan a Helmut Kohl y Gerhard Schröder, pero también obligan a elegir entre dos formas distintas de recordar el pasado de la nación. El canciller democristiano defiende la construcción en Berlín de un gran monumento que conserve viva la memoria del Holocausto, el exterminio de seis millones de judíos que constituye el mayor oprobio de la historia alemana; su rival socialdemócrata, a través del que sería el responsable de cultura en un futuro gabinete, Michael Naumann, se ha manifestado en contra del memorial, insistiendo en cambio en la urgencia de la reconstrucción del Stadschloss berlinés, el antiguo palacio barroco de los káiseres prusianos. En el difícil tránsito de la «república de Bonn» a la «república de Berlín», el memorial y el palacio han provocado un formidable debate político y popular sobre la historia y sus imágenes construidas, una polémica que prolonga la suscitada hace cuatro años por la reconstrucción del Reichstag.

Las heridas abiertas de un pasado ominoso han hecho de la piel de Berlín un sismógrafo simbólico. Mucho antes de la caída del muro, la ciudad convocó un concurso para un monumento en memoria de las víctimas del nacionalsocialismo, que habría de levantarse sobre el solar del antiguo palacio del príncipe Alberto y cuartel general de las SS durante el régimen de Hitler. El monumento en cuestión no llegó a realizarse, pero la vehemente respuesta al proyecto de uno de los concursantes, Rafael Moneo, es ilustrativa de la temperatura de la opinión en aquel momento. Con sobria sensibilidad, el español propuso un imponente y hermético recinto cilíndrico formado por circunferencias concéntricas de ladrillo, cuyo volumen rotundo y arcaico, similar al de un mausoleo romano, remataba la perspectiva de una de las calles aledañas. Era una propuesta solemne y elegíaca, pero muchos berlineses vieron en ella una provocación, ya que empleaba elementos clásicos que podían evocar la arquitectura nazi de Albert Speer. La simetría, los ejes urbanos y la opacidad eran por entonces ‘politicamente incorrectos’ en Alemania. (En el solar se está construyendo hoy un gran cajón de listones de hormigón, proyectado por el suizo Peter Zumthor, que alberga un centro de documentación y exposición permanente sobre los crímenes nazis.)

En los dos extremos de Unter den Linden, el Reichstag y el Stadtschloss constituyen dos símbolos del poder de extraordinaria fuerza. Tanto la rehabilitación del primero y la restitución de su cúpula, según el proyecto del británico Norman Foster, como la reconstrucción aún no decidida del segundo, han sido objeto de grandes debates políticos y populares sobre la historia y sus imágenes construidas.

Años más tarde, desaparecido el muro y tomada la decisión de que Berlín fuese capital de la Alemania unificada, la reconstrucción del antiguo parlamento, dañado en el incendio de 1933, y devastado por el fuego artillero en 1945, volvió a despertar viejos demonios. El Reichstag era el símbolo del imperio guillermino, y es inevitable relacionarlo con el expansionismo germánico que provocó dos guerras europeas: la fotografía del soldado soviético haciendo ondear la bandera de la hoz y el martillo sobre sus ruinas humeantes es la representación canónica de la caída de Berlín, y una imagen mítica de la derrota de Alemania y del final de la II Guerra Mundial en Europa. Cuando el arquitecto Santiago Calatrava, en el concurso de proyectos que se convocó, propuso reconstruir el edificio con una cúpula de vidrio similar a la original, los recelos críticos fueron de un tenor similar a los expresados tiempos atrás respecto a su compatriota Moneo: la cúpula se asocia más al poder absoluto que al consenso democrático, y coronando el Reichstag connota una continuidad histórica y simbólica que resulta políticamente indeseable.

Las arquitecturas, sin embargo, tienden a ser testarudas, y aunque el proyecto finalmente elegido fue el de Norman Foster —que colocaba sobre el edificio un monumental baldaquino futurista—, el británico tuvo a la larga que rehacer su propuesta, prescindiendo del dosel y regresando a la cúpula de vidrio con la que Paul Wallot había rematado el Reichstag un siglo antes. Esta cúpula es la que ahora se encuentra en construcción avanzada; y si su forma exterior irremediablemente despierta ecos ominosos, tanto su función cívica como su propósito técnico se esfuerzan en marcar distancias con el viejo Reichstag. Por un lado, la cúpula es un mirador público sobre la ciudad y sobre la cámara parlamentaria, colocando simbólicamente a los electores por encima de los políticos electos; por otro, contiene un refinado sistema de control ambiental que utiliza las energías naturales, subrayando el liderazgo y la ejemplaridad que corresponde al parlamento en el uso eficaz de los recursos.

Muchas de estas preocupaciones políticas y simbólicas han regresado al primer plano de la polémica berlinesa con otro memorial —el del Holocausto— y otra reconstrucción —la del Stadtschloss—. En este último caso, y respecto a la reconstrucción del Reichstag, existe la importante diferencia de que, si del parlamento se había conservado una parte importante de las fábricas, del gigantesco palacio del siglo XVII no queda nada. Dañado por la guerra, el palacio imperial prusiano fue demolido a principios de los años cincuenta por los gobernantes comunistas de la República Democrática Alemana, que usaron una parte del solar para levantar un deplorable ‘Palacio de la República’, hoy difícilmente reutilizable por haberse empleado asbestos en su construcción. Aunque algunos antiguos alemanes del Este sienten afecto por su deteriorado palacio socialista, uno de los últimos signos de identidad que les queda, el principal obstáculo para la construcción allí de una réplica del palacio prusiano es el formidable coste de la obra.

En los dos extremos de Unter den Linden, el Reichstag y el Stadtschloss constituyen dos símbolos del poder de extraordinaria fuerza y amenazadora eficacia, que parecen demandar simultáneamente su exorcismo y su invocación, de manera que se oculten y se expongan a la vez. Poco antes de que Christo envolviera con lonas el Reichstag, haciéndolo desaparecer para que se regenerase en una nueva encarnación benéfica, los berlineses simularon con andamios forrados de lonas pintadas el volumen y las fachadas del antiguo Stadtschloss en su emplazamiento original, convocando su memoria con arquitecturas engañosamente efímeras. Quizá porque estas imágenes remueven tantos limos históricos, o acaso porque estos fantasmas ensabanados convocan tantos espíritus que creíamos desvanecidos, el memorial expiatorio del Holocausto adquiere una condición necesaria y urgente.

Promovido hace una década por la periodista de televisión Lea Rosh, el monumento en memoria de los judíos asesinados de Europa recibió enseguida el apoyo de la intelligentsia, y tras obtener en 1993 un gran solar cerca de la Puerta de Brandenburgo, el concurso celebrado en 1995 dio como ganador el proyecto de la pintora Christine Jackob-Marks, que proponía una colosal losa inclinada, del tamaño de dos campos de fútbol, donde se inscribirían los nombres de los 4,2 millones de judíos exterminados cuya identidad se ha podido establecer. El rechazo popular y político del carácter funerario del proyecto obligó a celebrar otro concurso dos años más tarde, en el que se seleccionaron cuatro finalistas: Jochen Gerz, un artista residente en París que proponía levantar 39 mástiles luminosos con la pregunta «¿por qué?» en diferentes idiomas; Gesine Weinmiller, en cuyo proyecto una serie de muros diagonales se fundían visualmente para formar una estrella de David; Daniel Libeskind, el autor del Museo Judío de Berlín, que aquí diseñaba unos grandes paños de mralla carcomidos por vacíos arbitrarios; y, por último, Peter Eisenman y Richard Serra, cuyo proyecto conjunto de malla ordenada y laberíntica es el que más posibilidades tiene de llevarse a cabo.

La propuesta del arquitecto neoyorquino (el escultor Serra decidió retirarse del proyecto) construye un paisaje geométrico y azaroso con 2.700 prismas de hormigón de altura variable, dispuestos sobre una retícula regular que deja entre los bloques pasillos de menos de un metro para que circulen los visitantes. Tanto el suelo como las caras superiores de los prismas forman superficies alabeadas, y el conjunto se ondula como agitado por una brisa leve, evocando un campo de trigo o un cementerio infinito y apacible, cuyas lápidas se extiendan hacia el horizonte como las cruces repetidas de las necrópolis de la Gran Guerra se pierden entre las suaves colinas del norte de Francia. Este carácter plácido y melancólico contrasta con la previsible experiencia del que camine entre los prismas de hormigón, que estará sometido a la indefinible angustia claustrofóbica de los corredores angostos y regulares: un laberinto cartesiano que desorienta con su orden extremo y que expone con elocuencia lacónica la quiebra de la razón cuando el método se hace más importante que el propósito, y cuando la malla manda sobre el itinerario y el destino.

Günter Grass, que estuvo entre los primitivos promotores del memorial, ha pedido que el proyecto se abandone; el escritor piensa que el horror del Holocausto no puede expresarse con un monumento abstracto de dimensiones opresivas. Algunos han argumentado que quizás el mejor memorial es una discusión interminable sobre el mismo, de manera que la cuestión siga viva, sin que el monumento tenga una ‘solución final’ que sirva para sellar el pasado. Y otros, con lucidez no exenta de ironía, han sugerido que el auténtico memorial del Holocausto es la ciudad de Bonn, por lo que el traslado de la capitalidad a Berlín sólo puede interpretarse como una voluntad colectiva de amnesia. Acaso por ello, y quizá también porque el proyecto de Eisenman tiene tal densidad emocional y poética, Alemania no debería trasladar sus instituciones a Berlín sin marcar con la ceniza del arrepentimiento el rostro hoy atareado de la vieja capital prusiana y nazi. Si Günter Grass hubiera consultado a los protagonistas de su cuento largo, estoy convencido de que, «sin considerar muertes ni lápidas», Theo Wuttke y Ludwig Hoftaller habrían estado de acuerdo.


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