Opinión 

Las ciudades del 92

Los eventos previstos para 1992 han tenido consecuencias dispares para el desarrollo urbano de Barcelona, Madrid y Sevilla.

Las ciudades del 92
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Las ciudades del 92

Los eventos previstos para 1992 han tenido consecuencias dispares para el desarrollo urbano de Barcelona, Madrid y Sevilla.

Luis Fernández-Galiano 
31/12/1999


Dentro de diez años hablaremos de la generación del 92. Su talante tendrá poco que ver con los fastos de ese verano, y mucho con la resaca posterior. Además de juegos, festivales y ferias, el 92 es el año del Acta Única: el umbral de una Europa económica hacia la que nos precipitamos con un entusiasmo quizá irresponsable. Si nada lo remedia, la vanidad autosatisfecha con la que nos aproximamos a la efeméride se tornará en decepción apenas se haya disipado la euforia de las celebraciones, y la generación del 92 ingresará en la conciencia histórica con sabor a ceniza.

Bajo el lema ‘higienizar el centro, monumentalizar la periferia’, Barcelona comenzó a tramitar profundas reformas urbanas, incluso antes de haber sido elegida en firme como sede de los Juegos Olímpicos.

Tres ciudades compartirán el protagonismo del jubileo: Barcelona será el costoso escenario de esa superproducción televisiva que son unos Juegos Olímpicos; Madrid cubrirá su turno de capital europea de la cultura con un más o menos previsible festival de otoño extendido y enfático; y Sevilla será el «marco incomparable» del insólito arcaísmo ferial de la Exposición Universal. De distinta manera, el debate sobre el programa de festejos está marginando en las tres la discusión sobre su posición en el sistema de ciudades de la Europa de los noventa. Y mientras políticos y arquitectos hablan de galgos y podencos, las aguas desbordadas de la prosperidad económica devastan el tejido físico y social de las ciudades, atrapadas entre la explosión inmobiliaria y el colapso del tráfico.

La creciente concepción del espacio europeo como terreno de la libre competencia entre ciudades para captar capital y talento trasladando a ese amplio marco geográfico las tesis librecambistas dominantes en las economías nacionales prefigura un panorama urbano de ganadores y perdedores. Cuáles serán las ciudades que se situarán en cada uno de esos grupos es algo que, al menos en parte, va a depender de la percepción de las alternativas ante la crisis urbana y la adecuación de las cuantiosas inversiones que van a realizarse en los próximos años. Como cualquier problema de asignación de recursos, éste tiene una relación crítica con la textura institucional y la calidad del liderazgo; así, la administración del conflicto entre prosperidad económica y deterioro social jugará probablemente un papel clave en la apuesta europea de las ciudades españolas, y muy especialmente en el de las tres que polarizan las celebraciones del 92.

La arquitectura es, en este contexto, una actividad seguramente menor, pero tanto la trascendencia de las operaciones urbanísticas que habitualmente la acompañan como la importancia simbólica de algunas de sus intervenciones permiten usarla como muestra o indicio del rumbo de los acontecimientos en las ciudades del 92. El balance global no es, por desgracia, estimulante; no es seguro que las tres lleguen a 1993 con una situación más sólida en la competencia con Frankfurt, Milán, Amsterdam o Bruselas por atraer recursos materiales y humanos dentro del espacio europeo, lo que constituye a fin de cuentas la llave del futuro. Sin embargo, esta valoración no puede hacerse de igual manera en Barcelona, Madrid o Sevilla, ya que cada ciudad está utilizando de forma diferente la ocasión histórica que se le brinda. En todos los casos, la arquitectura puede ofrecernos algunos atisbos de la dirección que parecen estar tomando las cosas.

Barcelona

Dotada de un tejido social articulado y poseedora de una sólida identidad, Barcelona ha sido la más madrugadora en la carrera hacia el 92, iniciando los grandes proyectos urbanísticos necesarios mucho antes de haber sido designada siquiera sede de los Juegos. Ya en la alcaldía de Serra, Oriol Bohígas definió desde el municipio las líneas maestras de una política urbana basada en su eslógan de «higienizar el centro, monumentalizar la periferia» y en la decisión de utilizar la entonces sólo hipotética concesión de los juegos para abordar los problemas estructurales metropolitanos desde cuatro áreas clave, entre las cuales el anillo olímpico de Montjuïc y la villa olímpica en Poble Nou. De esta manera, cuando falta un año para la cita deportiva, la mayor parte de las infraestructuras están ya terminadas, y las que quedan avanzan sin otras incidencias que las esperables reyertas institucionales.

Madrid ha ofrecido a los promotores suelo público en el Campo de las Naciones (abajo) y en el pasillo verde (arriba). En Sevilla, la Expo corre el riesgo de condicionar el crecimiento de la ciudad.

Por otra parte, la política de concursos internacionales o encargos directos de los edificios públicos ha hecho de la ciudad una meca de la cultura arquitectónica: Isozaki, Gregotti, Foster, Aulenti, Siza, Meier o Gehry son sólo algunas de las estrellas que construyen en Barcelona, además de, como es lógico, todos los grandes nombres catalanes y, a fuer de integradores, incluso algún madrileño como Rafael Moneo. El calculado sacrificio de la consistencia al prestigio dará a la ciudad en los noventa un singular zoo arquitectónico en el que faltarán pocas prima donnas.

Liderazgo intelectual y administrativo, planificación estratégica, calidad arquitectónica... Barcelona tiene importantes cartas en la mano, pero le falta quizá la más importante: la financiera. Si la podrá jugar sin arriesgarse a un endeudamiento insoportable y sin hacer abuso de un victimismo un tanto fatigoso es una incógnita menor que sólo el tiempo puede llegar a despejar.

Madrid

En contraste con el sensato dinamismo de la capital de Cataluña, la capital del Estado se mueve a la deriva, sacudida sólo por las embestidas del capital privado español o extranjero que utiliza la ciudad como una hucha inmobiliaria. Paradójicamente, la iniciativa pública tiene en Madrid menos protagonismo que en otras ciudades del país, y desde luego que en Barcelona. Disipado el momento esperanzador de Tierno, que tuvo en Eduardo Mangada su brazo urbanístico, los equipos municipales posteriores parecen haber puesto especial empeño en la subasta de la ciudad —mecanismo ensayado también en Barcelona, aunque desde luego con menos entusiasmo— ofertando a los promotores suelo público en grandes operaciones como la del Campo de las Naciones, entre la ciudad y el aeropuerto, o la del pasillo verde ferroviario, que une las estaciones de Príncipe Pío y Atocha.

La capitalidad cultural del 92 sólo ha sugerido por ahora a los munícipes la construcción de un edificio emblemático, del que únicamente han precisado que debía ser «espectacular», mientras el caos creciente del tráfico automovilístico ha obligado al Presidente del Gobierno a descender a una arena que frecuenta poco, proponiendo lo que ha dado en llamarse «plan Felipe» de descongestión del tráfico. Aunque esta preocupación doméstica resulte enternecedora en un presidente tan aficionado a la macroeconomía, lo cierto es que no parece muy congruente enredar con las competencias de la Concejalía de Transportes cuando se ha eludido intervenir en las grandes decisiones simbólicas de la arquitectura del régimen democrático, ejemplificadas por las ampliaciones del Congreso y el Senado. En todo caso, la arquitectura madrileña, con las menguadas excepciones de algún edificio público y alguna promoción de vivienda social, pasa por una fase de salud tan precaria, realizaciones tan mediocres y debate tan exánime que sería irresponsable culpar sólo a la ausencia de un estímulo político. El pequeño Manhattan de Azca, en la Castellana madrileña, seguirá creciendo con un rascacielos nuevo cada año, y ésta será probablemente la aportación ufana de la ciudad al júbilo del 92.

... y Sevilla

A diferencia también de Barcelona, donde los Juegos y su retórica han calado en el espíritu popular, la capital de Andalucía vive de espaldas a la Exposición, o mejor aún, la Exposición se lleva adelante de espaldas a la ciudad. Paralizadas las energías de ésta por la combinación de los conflictos políticos y un muy peculiar talante social, el equipo que dirige Jacinto Pellón ha planteado la organización de la Exposición Universal como si fuese una explotación petrolera en el Caribe.

Autosuficiente, hiperactiva y cerrada sobre sí misma, la Exposición avanza a gran velocidad no se sabe muy bien hacia dónde. Construyéndose sobre la isla de la Cartuja, la última gran extensión de terreno libre próxima al casco antiguo sevillano, la Exposición universal corre el riesgo de condicionar el crecimiento de la ciudad imponiéndole un trazado de parque temático, más próximo a una Disneylandia permanente que a un soporte urbano útil en el 93. Producto de concursos frustrados, amalgamas insensatas de proyectos diferentes, mal entendido pragmatismo, precipitación e indecisiones, la Expo puede ser finalmente cualquier cosa, aunque es seguro que será una cosa muy cara.

Los arquitectos e ingenieros que construyen en la sevillana isla de la Cartuja son por lo general forasteros— madrileños y algún catalán— pero pocos dejarán aquí su mejor proyecto; los andaluces apenas participan en las grandes realizaciones, en línea con la ignorancia mutua de la Expo y la ciudad, y los extranjeros, que se supone que construirán los pabellones internacionales, por ahora tampoco, aunque Aldo Rossi prometiese en su día para el Guadalquivir un pequeño teatro flotante.

Es improbable que esta Expo pase, como lo hicieron tantas otras, a la historia de la arquitectura. Sin embargo, puede ser que rinda un servicio a la ciudad si asume sobre las maltratadas espaldas de la isla de la Cartuja el castigo que los anunciados millones de visitantes podrían dar al delicado tejido del casco histórico de Sevilla. Después de recibir a doscientos mil fans de Pink Floyd, Venecia sabe ya algo de eso; ojalá Sevilla no lo conozca.  


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