Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid
Rafael Moneo 

Museo Thyssen-Bornemisza, Madrid

Rafael Moneo 


El palacio de Villahermosa fue construido en la segunda mitad del siglo XVIII por Alessandro Pico della Mirándola, y en él intervino el arquitecto Francisco Sánchez. En 1771, el palacio pasó a ma­nos del duque de Villahermosa, quien encargó pro­yectos de reforma a Manuel Martín Rodríguez y a Silvestre Pérez. Aunque se conservan dibujos de sus propuestas de reforma, éstas no se llevaron a cabo. Fue Antonio López Aguado quien finalmente se encargó de la reforma y a quien hay que hacer responsable de las fachadas actuales. Cabe suponer que en esta primera fase se remodelaría el palacio viejo de la Carrera de San Jerónimo, cuya fachada se puede calificar de modesta y rigurosa.

De cómo era la planta original del palacio sólo cabe hacer conjeturas, pues las sucesivas intervenciones la transformaron completamente. Después de la Guerra de la Independencia, siempre bajo la dirección de López Aguado, se cambió la orienta­ción del acceso principal, a través de un generoso jardín, a la fachada norte, que pasó entonces a ser la más importante. Se trata de una mesurada fachada que insiste en el tipo de hueco existente e incluye un cuerpo central tripartito, enmarcado con pilastras y rematado con un frontón al que anima un escudo ducal. Pese a su claridad y orden, esta fachada no encuentra eco en la planta: el nuevo eje establecido por el cuerpo tripartito no es capaz de organizar el sistema de muros del edificio, que atiende a la directriz dominante de El Prado, y aunque nunca se planteó el acceso desde éste, la planta, con una escalera monumental en el centro escoltada por dos patios, parece estar concebida como si así fuera.

Durante los años cuarenta se instaló en el palacio un sucursal bancaria, responsable del primer derribo de sus muros. En 1973, adquirió la propiedad la Banca López-Quesada, que realizó una profunda transformación del edificio bajo proyecto y direc­ción de Moreno Barberá. Se eliminó el sistema de muros interiores, se construyeron tres sótanos y se modificó la cubierta; tan sólo se conservaron las fachadas, aunque con nueva carpintería. El acceso principal del palacio volvió a la Carrera de San Jerónimo, y en la fachada norte, sobre la calle Zorrilla, se creó un patio cubierto en planta baja para patio de operaciones. A poco de terminadas las obras, la Banca López-Quesada entró en una grave crisis financiera, y en 1980 terminó comprándolo el Banco de España. Cuando se iniciaron las conver­saciones con el barón Thyssen para la cesión tem­poral de la colección, el palacio se convirtió en una baza importante por parte del gobierno español; al término de las mismas, su suerte estuvo echada.

El programa del nuevo uso es claro: se trata de alojar una colección de casi ochocientos cuadros, caracterizada por su gran variedad. Desde el primer momento se pensó en un museo que se adaptase a la arquitectura del palacio. Había, pues, que recupe­rar una arquitectura próxima a la original, dotándola al mismo tiempo de los servicios requeridos por el contrato de cesión temporal de la colección.

Primeramente se consideró que el acceso princi­pal debía producirse desde el jardín de la calle Zorrilla. Tanto la voluntad de recuperar la fachada norte, como la de dotar al museo de una entrada tranquila, abogaban en favor de esta decisión. Ésta suponía reorientar el palacio y reconstruir la estruc­tura sirviéndose sólo de las pistas dadas por las fachadas y el perímetro. Así pues, la nueva planta arranca de lo que fue un episodio postrero en la evolución del palacio, la fachada norte. A la frontalidad de dicha fachada le corresponde ahora la pro­fundidad de una galería cenitalmente iluminada, que se convierte en un vacío en el primer piso, y en un patio en el segundo.

El deseo de que las fachadas mantuvieran en lo posible su integridad llevó a respetar estrictamente el sistema de muros en la fachada norte, sobre el jardín; a establecer una circulación periférica sobre la fachada del Paseo del Prado, al tiempo que se proyectaron toda una serie de muros perpendicula­res a ella —origen de las consiguientes salas—; y a intervenir enérgicamente en la fachada de la Carrera de San Jerónimo, en la que se produce una dilatada crujía que da lugar a una amplia sala. El sistema de muros se completa con una crujía medianera, que cierra la construcción generada por las fachadas y da como resultado un espacio abierto, un patio, que adquiere la condición de centro. Los vacíos que se producen en este sistema se ajustan al ritmo de los vanos de las fachadas. El acuerdo entre éstas, el acceso, el patio y el sistema de muros intentan descifrar el oculto mensaje que encierra la contenida geometría del Palacio de Villahermosa...[+]


Cliente Client

Fundación Thyssen-Bomemisza Thyssen-Bomemisza Foundation.

Colaboradores Collaborators

Luis Moreno Mansilla, Emilio Tuñón, proyecto project; Belén Hermida, Vidal Gutiérrez de Sande (aparejador technical architect), dirección de obra site supervision.

Maquetistas Modelmakers

Juan de Dios Hernández y Jesús Rey.

Consultores Consultants

Ove Arup & Partners (estructura structural) y J.G. Asociados (ingeniería engineering).

Contratista Contractor

Entrecanales.

Fotos Photographer

Eduardo Belzunce.