Vivir a distancia es vivir menos. El alejamiento que impide la propagación del virus va a transformar nuestros hábitos, y el futuro inmediato se perfila como un paisaje de partículas elementales que se desplazan evitando el roce para situarse en los vértices de una malla regular que marca la distancia de seguridad. En esa distopía vamos a residir hasta que las pruebas diagnósticas, los antivirales y las vacunas vuelvan a hacer seguros los contactos, quizá dentro de dos años. Es un tiempo muy largo para nuestra experiencia individual o colectiva, pero muy corto para la vida testaruda de las ciudades, y es probable que la covid-19 no modifique las pautas urbanas como antes sí lo hicieron la peste, el cólera o la tuberculosis. Si acertamos a resolver sus problemas sanitarios, de congestión y de seguridad, la ciudad densa —además de crisol de innovación y motor económico— es nuestro mejor recurso para enfrentarnos a la emergencia climática, así que es dudoso el retorno a la insostenible ciudad dispersa.

La experiencia del confinamiento hará reclamar mejores estándares de soleamiento y relación con el exterior en futuras viviendas, la extensión del teletrabajo y el teleaprendizaje cambiarán prácticas laborales y escolares, y el rigor de las rutinas higiénicas debilitarán la sociabilidad espontánea de tantas culturas del contacto. La morfología arquitectónica, sin embargo, mostrará la inercia que le es propia, determinada como está por los recursos técnicos y las constricciones del entorno. Aunque mamparas y marcas de distancia colonicen hoy los espacios antes francos, y aunque reconozcamos los rasgos positivos de las ocasionalmente despreciadas plantas celulares, el virus no acabará con las oficinas paisaje o con las grandes salas. Las normas que regulan el aforo de los locales serán seguramente más exigentes, y aquellas que certifican la calidad de los materiales de construcción pondrán más énfasis en la facilidad de su limpieza y su comportamiento ante los gérmenes, pero su influencia en la forma de los edificios no será grande.

Cuando salgamos de esta pesadilla vírica, la reconstrucción económica tendrá previsiblemente un componente preventivo frente a futuros brotes epidémicos, con más inversión en infraestructura sanitaria, investigación biomédica y autoabastecimiento de medicinas y equipos; pero también deberá enfrentarse a la reducción de los desplazamientos de mercancías y personas, que afectará a las cadenas de suministro lo mismo que al turismo, y que ayudará a templar la actual hiperglobalización. Es inevitable desear que este proceso de reforma de las estructuras productivas sea a la vez digital y verde, usando las redes y la inteligencia artificial al tiempo que se lleva a cabo la transición energética, lo que también dará nuevos usos a territorios poco poblados. Si la humanidad sabe convertir esta crisis en una oportunidad, se moverán menos las gentes y las cosas, el consumo de proximidad se preferirá al lejano, y el tiempo pausado al vertiginoso: viviremos más juntos, que es una de las formas que adopta la felicidad.


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