Del virus a la vacuna, 2020 ha sido un año entre paréntesis. Desde la detección de los primeros casos de covid-19 en Wuhan hasta el anuncio del éxito de las vacunas, hemos vivido un periodo de vida virtual, encerrados en reductos domésticos y desdibujado el trato con los otros por mascarillas, distancias y pantallas. Si alguna vez nos hemos preguntado cómo sería la vida en un metaverso —ese espacio virtual compartido de los que interaccionan digitalmente—, nunca hemos estado tan cerca como en esta etapa de realidad alternativa. La hiperconexión mediática y el consumo bulímico de experiencias había generado el síndrome fomo (el temor a perderse algo), y la pandemia ha sustituido esta ansiedad patológica por otra muy diferente, fogo (el miedo a salir), que prolonga el confinamiento con la reclusión voluntaria. Pero somos seres sociales, y la ausencia de contacto físico es difícilmente sostenible: no es verosímil imaginar un mundo de hikikomoris —los jóvenes japoneses que no dejan su habitación—, así que este año ominoso debe en efecto ser un paréntesis, y la vida virtual una distopía reversible.

Nos esforzaremos en valorar positivamente la renovada atención a la intimidad y lo doméstico, en celebrar el descubrimiento de todos los trabajos humildes que resultan imprescindibles para la supervivencia de los habitantes urbanos, y en conjeturar de qué forma el teletrabajo puede dibujar un futuro alternativo para las zonas menos pobladas del territorio. Sin embargo, la principal lección que cabe extraer del primer año de la pandemia es la toma de conciencia sobre la extrema fragilidad de nuestro organismo, la evidente vulnerabilidad de nuestra estructura social y la caudalosa insuficiencia de nuestras instituciones, sometidas a una prueba de carga de la que no han salido bien paradas. Por un lado, la covid-19 ha acentuado tendencias ya presentes en nuestro entorno, y ha acelerado procesos de cambio que estaban ya en marcha; por otro, ha puesto al descubierto nuestros límites biopolíticos, desnudando la realidad individual y colectiva del ropaje de ficciones que la oculta: ha bajado la marea, y el retroceso de las aguas nos ha permitido ver con claridad el perfil escarpado de la costa.

Cabe felicitarse por la censura de la hiperglobalización y la hiperurbanización del planeta, porque el comercio masivo, lo mismo que la invasión de la naturaleza, facilitan el salto de los virus entre especies; pero el intercambio de mercancías y el movimiento de personas son inseparables del crecimiento económico, y la ciudad compacta es nuestro principal recurso para adaptarnos al cambio climático. Cabe congratularse por el desarrollo vertiginoso de las vacunas, porque la ciencia biomédica ha mostrado lo que puede hacerse cuando se suman la innovación y el músculo financiero; pero no puede olvidarse que el conocimiento científico está todavía ausente de las políticas públicas y la gobernanza global. Y cabe estar de enhorabuena por el cambio en EE UU, porque la última presidencia deja tras de sí un paisaje social y geopolítico calcinado; pero es imprescindible subrayar que la polarización sigue vigente, en América y en el mundo, que el populismo disfruta aún de buena salud, y que el actual auge de la protesta expresa el desafecto con las élites y el descontento con la vida, real o virtual.

Antonello da Messina, San Jerónimo en su estudio, c. 1475  


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