Del virus a la vacuna, este ha sido un año entre paréntesis. Desde la detección de los primeros casos de covid-19 en Wuhan hasta el anuncio del éxito de las vacunas, hemos vivido un periodo de vida virtual, encerrados en reductos domésticos y desdibujado el trato con los otros por mascarillas, distancias y pantallas. Si alguna vez nos hemos preguntado cómo sería la vida en un metaverso —ese espacio virtual compartido de los que interaccionan o juegan digitalmente—, nunca hemos estado tan cerca como en esta triste etapa de realidad alternativa. La hiperconexión mediática y el consumo bulímico de experiencias había generado el síndrome fomo (fear of missing out, o temor a perderse algo), y la pandemia ha sustituido esta ansiedad patológica por otra muy diferente, fogo (fear of going out, el miedo a salir), que prolonga el confinamiento con la reclusión voluntaria. Pero somos seres sociales, y la ausencia de contacto físico es difícilmente sostenible: no es verosímil imaginar un mundo de hikikomoris —los jóvenes japoneses que eligen no salir de su habitación—, este año ominoso debe efectivamente ser un paréntesis, y la vida virtual una distopía reversible...
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