Opinión 

Tres fiestas y un funeral

Galicia, Cataluña y el País Vasco construyen edificios mediáticos y cosmopolitas, mientras Madrid padece una intoxicación castiza.

Tres fiestas y un funeral
Opinión 

Tres fiestas y un funeral

Galicia, Cataluña y el País Vasco construyen edificios mediáticos y cosmopolitas, mientras Madrid padece una intoxicación castiza.

Luis Fernández-Galiano 
31/12/1999


La promesa y el riesgo de la cultura global se han expresado en España a través de tres fiestas cosmopolitas y un funeral castizo. Las inauguraciones del Domus de La Coruña, el Museo de Arte Contemporáneo de Barcelona y el metro de Bilbao contrastan con la parálisis triste de Madrid, humillada por la grandilocuencia y el costumbrismo. Mientras Galicia, Cataluña y el País Vasco se dotan de arquitecturas internacionales, la capital naufraga entre la hipertrofia retórica de los museos y la proliferación de mobiliario urbano y estatuaria cívica cuyo ridículo arcaísmo mueve a la vez a la risa y al llanto.

Esta incorporación inapelable a la política y a la sociedad del espectáculo, que durante la última década se ha extendido por el mundo como una marea imperiosa y dulce, combina el fervor por lo foráneo con la devoción por lo doméstico, en proporciones variables que no excluyen la nostalgia por lo genuino que expresan los facsímiles y las réplicas.

Con el metro de Foster en Bilbao (arriba), el Domus de Isozaki en La Coruña (centro), y el MACBA de Meier en Barcelona (abajo), las autonomías españolas se suman a la globalización de la arquitectura.

Paradójicamente, en España las nacionalidades históricas han abrazado el internacionalismo arquitectónico. El japonés Arata Isozaki en La Coruña, el neoyorquino Richard Meier en Barcelona y el británico Norman Foster en Bilbao manifiestan la apertura española a los vientos asiáticos, americanos y europeos que están transformando un país plenamente inserto en la aventura y el áspero desafío de un mercado material y simbólico de dimensión planetaria.

En Galicia, la vela de pizarra del Domus de Isozaki ha sido el emblema de una renovación arquitectónica que ha tenido sus centros en La Coruña —donde también se ha abierto el Museo de Bellas Artes, renovado y ampliado con minuciosa sutileza por Manuel Gallego—y en Santiago de Compostela, donde al existente Centro Gallego de Arte Contemporáneo, obra del portugués Álvaro Siza, y a los edificios del alemán Josef Kleihues y del italiano Giorgio Grassi se añadirán pronto otros de los mismos Isozaki y Siza, además de una torre de comunicaciones diseñada por Foster.

En Barcelona, el manifiesto blanco y luminoso del museo de Meier en el casco viejo ha sido la pieza central de una regeneración urbana que durante este año ha tenido también hitos significativos en la apertura del complejo comercial y recreativo del Port Vell, proyectado por Piñón y Viaplana, y la inauguración parcial del Museo Nacional de Arte de Cataluña, que muestra ya su colección de ábsides románicos en el Palau de Montjuïc, remodelado por la italiana Gae Aulenti.

En Bilbao, por último, la crispación de la sociedad vasca no ha impedido culminar la pieza medular de la reorganización ciudadana, un ferrocarril metropolitano cuyas estaciones y entradas han sido diseñadas con elegancia por Foster; un proyecto al que se añadirá pronto un nuevo aeropuerto, obra de Santiago Calatrava, y varios grandes edificios culturales, entre los que destaca física y simbólicamente el Museo Guggenheim del californiano Frank Gehry, cuya escultórica estructura se levanta ya a orillas del Nervión.

Tal fertilidad periférica ha tenido este año un contrapeso infeliz en el centro peninsular, donde las desventuras de Madrid se han visto incrementadas por dos infaustos episodios: un concurso disparatado y megalómano para transformar el Prado en una ciudadela de museos, y la invasión de las aceras madrileñas por varios miles de masivas columnas publicitarias de diseño aberrante que llegaron a provocar una manifestación ciudadana contra la polución física y visual.

Con Europa sumida en la desazón y la incertidumbre de la adaptación a un mundo sin fronteras económicas, y España instalada con desánimo en las postrimerías de un periodo político de modernización material y disgregación social, la arquitectura se enfrenta a una encrucijada inédita y borrosa, en la que la sospecha del final de un camino es tan nítida como la ignorancia del trayecto futuro. Como dijera Ortega en otra coyuntura de nuestra historia azarosa, no sabemos lo que nos pasa, y eso es justamente lo que nos pasa.


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