Opinión 

Patrimonio sentimental

Del teatro de Sagunto a la plaza de Oriente

Patrimonio sentimental
Opinión 

Patrimonio sentimental

Del teatro de Sagunto a la plaza de Oriente

Luis Fernández-Galiano 
02/04/1993


El patrimonio arquitectónico pertenece al arte y a la historia; pero pertenece aún más al sentimiento. Cuatro conflictos recientes muestran la dimensión afectiva de la conservación monumental: un teatro romano, una catedral románica, un palacio barroco y un museo neoclásico levantan pasiones testarudas y flamígeras. Más allá de los enfrentamientos políticos o jurídicos, en los escenarios pétreos del pasado se libran los combates de la memoria. Sus escaramuzas ásperas e incruentas no se refieren al pretérito documental, sino a nuestras infancias reconstruidas y borrosas. El daño al monumento es una herida al niño que fuimos.

Los cuatro entremeses tienen protagonistas parejos y libretos distintos. Arquitectos, políticos, historiadores y arqueólogos, con la masa coral del pueblo llano interviniendo en la sordina de las encuestas y la algarabía de los plebiscitos, son los personajes de argumentos laberínticos que combinan vanidad, audacia e inconsciencia. Los actores reclaman del público fe, esperanza y caridad teologal, y el público echa de menos en el escenario la virtud cardinal de la prudencia, amén de la justicia, la fortaleza y la templanza, cualidades bien poco frecuentes en los desabridos debates de estos días.

Pasión pedagógica

En Sagunto, el arquitecto italiano Giorgio Grassi y el levantino Manuel Portaceli han levantado un teatro romano neorrealista sobre los baqueteados restos del allí existente. La intervención es de una radicalidad extrema, puesto que la ruina desaparece bajo la nueva edificación, se reconstruyen esquemáticamente partes desaparecidas hace siglos, como el fondo de la escena, y se emplean provocadoramente materiales modernos y vulgares. Producto de la pasión teórica tanto de Grassi como de Tomás Llorens —que encargó el proyecto hace casi una década, cuando era Director General de Patrimonio de la Generalitat valenciana— la construcción ha despertado indignación popular y manifiestos defensivos de la intelligentsia, que ha cerrado filas en tomo al italiano.

La voluntad pedagógica de Grassi ha sustituido la emoción pintoresca de la mina por la adusta lección arqueológica, reemplazando el temblor por la geometría. En su funcionalismo displicente de lo sagrado, recuerda a aquel personaje de la novela revolucionaria rusa que se engrasaba las botas con el aceite de las lámparas de los iconos; ese menosprecio vanguardista por la devoción tradicional y la determinación en la violación de las minas suscita fascinación intelectual y rechazo ciudadano. Es desde luego sorprendente constatar la supervivencia intacta del didactismo moderno, que extrajo de la razón ilustrada su vocación doctrinal; pero a nadie extrañará la sublevación del sentimiento frente a la árida disciplina escolar.

Perfiles históricos

En Santiago de Compostela, la comisión de Patrimonio de la Xunta de Galicia ha detenido la construcción de un polideportivo en el casco histórico que altera la visión tradicional de la ciudad desde la Herradura, un paisaje de tejados rematado por el formidable volumen de la catedral. La obra del alemán Josef Paul Kleihues violenta más el entorno por sus materiales —la gran cubierta de cobre y las superficies acristaladas— que, por su altura, un par de metros superior a la autorizada, y se inserta en el ambicioso proyecto del alcalde, el arquitecto Xerardo Estévez, que se propone dotar a Santiago de un rostro moderno. La ciudad, que transformó su perfil románico en barroco durante el siglo XVIII, utilizaría su condición de capital gallega y los recursos del año jacobeo para completar durante los noventa otro gran ciclo histórico de mutación urbana.

El proyecto de Kleihues es correcto y seco, rígidamente modulado, y más atento a las leyes de su geometría interior que a las proporciones mágicas del entorno. No se entiende bien la obstinación del alcalde en sustraer el debate al ámbito político y ciudadano, constriñéndolo a los foros académicos y profesionales; puede obtener fácilmente el apoyo gremial de los arquitectos para una obra moderna entorpecida por los reflejos historicistas de la burocracia patrimonial, pero la audacia visionaria de su plan para Santiago requiere un consenso social de gran envergadura. El sentimiento gallego, herido ya por la urbanización del Camino de Santiago y del Monte del Gozo, no escuchará razones arquitectónicas: sólo oirá lo que se diga desde la humildad y el afecto por los lugares de la infancia.

Apéndices subterráneos

En Madrid, el Ayuntamiento y el Ministerio de Cultura han propuesto apéndices subterráneos a los dos edificios más visitados de la ciudad, el Palacio Real y el Museo del Prado, de tan discutible naturaleza en ambos casos que, de llevarse a cabo, confirmarían el viejo axioma de que el turismo destruye el lugar turístico. Un aparcamiento de autocares para el Palacio y un vestíbulo de acogida para el Museo constituyen los motivos aparentes de dos grandes operaciones de transformación urbana que desfiguran entornos de extraordinario valor histórico, artístico y emocional. En la fachada levante del Palacio Real, el proyecto de Miguel Oriol hunde la calle Bailén y vacía la plaza de Oriente, bajo la estatua de Felipe IV, para excavar varias plantas de aparcamiento para autocares y residentes, así como un centro comercial; en la fachada norte del Museo del Prado, el proyecto de Francisco Partearroyo construye, en el aparcamiento presidido por la estatua de Goya, tres plantas subterráneas para atención a visitantes bajo el plano inclinado que define la calle de Felipe IV, y centraliza los accesos a través de una hendidura en la rampa que reproduce la topografía original.

La conservación del patrimonio arquitectónico de carácter histórico-artístico sigue levantando polémicas: arriba, la madrileña plaza de Oriente, objeto de un proyecto de transformación urbana elaborado por Miguel Oriol; abajo, reconstrucción del teatro romano de Sagunto, de Giorgio Grassi y Manuel Portaceli.

Los dos proyectos madrileños ocultan la radicalidad de los cambios que proponen bajo un tranquilizador ropaje académico, pero esos ternos convencionales y anticuados cubren cuerpos deformados con prótesis modernas. La propuesta para el Palacio Real ofrece una plaza ceremonial, pero esa plaza se abre sobre la entrada lateral, y el acceso principal al Palacio y a la catedral de la Almudena resulta interrumpida por la salida de un túnel de tráfico que salva una cursi pasarela peatonal; la propuesta para el Museo del Prado asegura reconstruir la antigua topografía, pero la rampa que se fabrica conduce ahora a una fachada clausurada, y la entrada se produce realmente por una sombría ranura entre el nuevo edificio enterrado y la cuesta de Felipe IV. Bajo el aspecto historicista hay en ambos casos decisiones estructurales que tratan la historia sin respeto.

Probablemente, lo que resulta más paradójico de la súbita pasión subterránea de los gobernantes madrileños es que sea el propio Ayuntamiento de la capital el que proponga desventrar el núcleo de su memoria arqueológica y el Ministerio de Cultura el que anime a intervenir tan imprudentemente en su principal activo cultural; aunque, pensándolo bien, resulta consistente con que sea un arquitecto monárquico el que desfigure el Palacio Real y un arquitecto del ámbito de la cultura el que dé tan dudosas lecciones en el Prado. La crisis financiera del municipio y la proximidad de las elecciones legislativas puede hacer concebir esperanzas a aquéllos cuya biografía sentimental concede algún valor a estos enclaves de la capital de España; pero la desdichada historia de su arquitectura reciente alimenta más bien el escepticismo.

A corazón abierto

Todo lo anterior no significa que la arquitectura contemporánea no sea compatible con los entornos monumentales. Antes bien, la experiencia de los últimos años ofrece ejemplos abundantes de la feliz combinación de lo nuevo con lo existente. En Sevilla, y frente a la Torre del Oro, Rafael Moneo construyó para la compañía aseguradora Previsión Española un exquisito edificio de oficinas, que consigue pasar inadvertido desde la otra orilla del Guadalquivir; en el perfil más característico de la Salamanca dorada, Juan Navarro Baldeweg insertó sin violencia el formidable volumen pétreo de un nuevo Palacio de Congresos; en el compacto centro histórico de Toledo, Manuel de las Casas situó con elegancia el gran edificio administrativo de la Consejería de Agricultura; y en el núcleo monumental de Gerona, Este ve Bonell y Josep Maria Gil han terminado un nuevo Palacio de Justicia respetuoso y refinado, que dialoga con la catedral con culta cortesía.

Construir en los centros históricos es hacerlo en los centros sentimentales. Requiere algo más que ideas y energía; requiere sensibilidad, talento y paciencia; requiere, sobre todo, una mano prudente y un oído escrupulosamente atento al rumor de las emociones ciudadanas: las obras en los centros monumentales son siempre intervenciones a corazón abierto. 


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