La escuela es doméstica. Extensión de la casa, es también escenario de la domesticación humanista de las crías humanas. Ni academia ni liceo, ni pórtico ni jardín, el parque escolar suministra espacios de amansamiento para una especie siempre en trance de asilvestrarse, lugares de doma para criaturas indómitas, palestras de docilidad para voluntades en fuga. El género humano es un género urbano, y la coreografía exigente de la existencia en común demanda eso que los educadores llaman socialización: la interiorización de las disciplinas y rituales del grupo social. Peter Sloterdijk ha explicado bien hasta qué punto la alfabetización es un proyecto de cohesión comunitaria basado en el modelo de la sociedad literaria, que hizo de las naciones modernas ficciones de públicos lectores; y ha argumentado con elocuencia cómo, si el humanismo es una escuela de domesticación, su ruina actual exige cimentar la coexistencia humana sobre fundamentos de naturaleza diferente a la literaria.

Hace bien poco tiempo, la escuela se percibía aún desde la óptica antiautoritaria de Michel Foucault y el doctor Spock. Por un lado, pertenecía a la familia de los panópticos, esos espacios de vigilancia y castigo que conforman el lado oscuro de las luces, y que los posestructuralistas franceses presentaban como ejemplo del totalitarismo ilustrado cuyas grietas había puesto ya de manifiesto la escuela de Frankfurt; por otro, se inscribía en el registro de instituciones normativas cuya disciplina colectivista se juzgaba represiva por el individualismo liberal norteamericano, toleradas sólo en aras de la necesidad histórica del encuadramiento en tiempo de crisis o escasez, pero del todo incompatibles con la persecución autónoma de la felicidad o el placer. Entre la ruina de la ilustración y el fulgor de la libertad, la escuela aparecía como un fósil vivo, un organismo de arterias endurecidas que pedagogos y arquitectos intentaban mantener a flote por medio de la cirugía disciplinar y espacial.

Consumada en su hervor narcisista la rebelión antiautoritaria, y derrotada la escuela por la televisión en el protagonismo de la indoctrinación infantil, las aulas son hoy consumidas por un fuego indócil que ha hecho de la paideia un ejercicio de supervivencia. El soliloquio de la vieja maestra en la película de Bertrand Tavernier Hoy empieza todo es una declaración de amor y de horror, un diagnóstico lúcido de la quiebra de la escuela contemporánea y un pronóstico oscuro sobre su futuro en un parque humano que ha devenido selvático al fracturarse la cohesión disciplinada de la comunidad y la familia. En un parque con reglas, la escuela puede desempeñar su función civilizadora frente a la barbarie espontánea de la especie, y su papel domesticador frente a la violencia indómita del género humano. Pero en ausencia de normas, la escuela naufraga en su utopía alfabética, y su arquitectura se disuelve en el espacio informe de la ciudad silvestre.


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