Sociología y economía 

Los pedestales vacíos

La crisis de liderazgo en Europa, en el marco de un mundo cada vez más peligroso, alimenta movimientos que reúnen promesas y riesgos.

Luis Fernández-Galiano 
30/04/2015


Europa es hoy un paisaje sin figuras, un jardín jalonado por pedestales vacíos. Los próceres han abandonado sus podios y vagan sonámbulos por el verano, sordos al rumor de la multitud. Hace un siglo los líderes europeos protagonizaron un gran guiñol que no impidió la carnicería de las trincheras, y las actuales élites políticas y económicas del continente se enfrascan de nuevo en un ballet ensimismado alrededor de la burocracia bizantina de Bruselas. Allí, las últimas elecciones se han percibido como un riesgo para el sistema, y no como una expresión del ‘estado del malestar’ creado por el capitalismo de casino y la corrupción de la meritocracia. En un planeta cada vez más peligroso, donde Estados Unidos desplaza su atención a la pugna con la otra superpotencia en el Pacífico, Rusia recupera su protagonismo energético y militar, y el universo islámico acentúa su inseguridad convulsa, Europa sigue siendo un reducto de privilegio, aunque asediado por riesgos exteriores y craquelado por fracturas internas. Sacudido en su legitimidad representativa, que ha adoptado rasgos autoritarios al hacer opaca la democracia y transparente al ciudadano, y debilitado en su cohesión territorial, al experimentar el renacimiento de nacionalismos divisivos, el continente se enfrenta a la tormenta sin figuras en el puente de mando.

La democracia parece haber perdido el rumbo, y mientras averiguamos cómo reavivarla, los europeos nos enfrentamos a un panorama ayuno de los liderazgos de otras épocas, y a un parlamento lastrado por la indecisión. 

La mayor parte de los jóvenes europeos desconoce felizmente el conflicto bélico, la opresión política o la pobreza extrema. Para ellos, la paz, la libertad y la prosperidad vienen de serie, y pocos son conscientes de la rareza histórica que supone su disfrute simultáneo. Hace ya casi medio siglo, el contraalmirante Desmond Hoare —director a la sazón de un colegio internacional creado en Gran Bretaña por el pedagogo alemán Kurt Hahn para estimular el conocimiento mutuo de los jóvenes de diferentes países—, se dirigía a los que éramos sus alumnos con un ritornello rutinario: «Cuando ustedes tengan su guerra...» Afortunadamente no la hemos tenido, pero cada generación la había sufrido hasta entonces, y los de mi edad que no hemos pasado por esa prueba somos conscientes de nuestra singularidad. La transición española pudo hacerse porque en sus protagonistas estaba aún viva la conciencia de la guerra civil, pero hoy a la mayoría le cuesta reconocer que la paz no es gratuita ni está asegurada, como no lo están la libertad o la prosperidad. En Europa, la seguridad ha sido suministrada por una gobernanza militar estadounidense menos alerta que antaño, la libertad se ha incardinado en democracias liberales crecientemente desnaturalizadas, y la prosperidad ha provenido de unos mercados cada vez más frágiles.

Esta situación movediza de mudanzas sociales, transformaciones económicas y sismos geopolíticos debilita la red de solidaridad europea, haciendo más vulnerable a cada uno de los miembros de la Unión, que exacerban sus rasgos distintivos e intereses propios al tiempo que asisten a la eclosión de naciones con aspiraciones estatales, dibujándose en el horizonte una balcanización del continente que contradice su proceso integrador. François Mitterrand se despidió en 1995 ante el Parlamento Europeo con un discurso del que recordamos la frase que acuñó como testamento político, «le nationalisme, c’est la guerre», advirtiendo de que «la guerra no es sólo el pasado, puede ser también nuestro futuro», y enaltece a Angela Merkel el haber reiterado esta advertencia en fecha tan cercana como 2013, con ocasión de una solemne visita al Elíseo.

Pero su caso es más la excepción que la regla en un panorama poblado por líderes que no lideran, y que se enfrentan a la crisis de legitimidad de las instituciones, a la crisis demográfica y social, y a la crisis territorial o nacional con declaraciones pasteurizadas o recetas de placebos. En este contexto de parálisis de la democracia representativa no puede sorprender que surjan movimientos calificados peyorativamente de populistas, pero que acaso pueden describirse mejor como gérmenes de una democracia ‘performativa’, para usar el término empleado por la socióloga polaca Elzbieta Matynia. Esa forma de democracia no aspira a la representación sino a la transformación de la esfera política a través de la participación ciudadana, algo que ya se produjo en España en los años 70, en Polonia en los 80 o en Sudáfrica en los 90. Caracterizada por el diálogo y el compromiso, la democracia performativa es un mensaje de esperanza inspirado por dos filósofos de la emancipación «que conocieron los tiempos más oscuros, Hannah Arendt en la Alemania nazi, y Mijaíl Bajtín en la Rusia estalinista».

La actual crisis de la representación, manifiesta en la deriva hacia un poder ayuno de imágenes como expresión figurativa del desvanecimiento de la responsabilidad, ha provocado una agitación social que es a la vez riesgo y promesa, y el murmullo de la multitud ha desplazado el carisma hacia los márgenes, haciendo más evidente la ausencia de liderazgo en el núcleo cordial del sistema político y económico. Los pedestales están deshabitados, y por el jardín tardío deambulan los sonámbulos, pretendiendo vanamente —como Cansinos Assens— «prolongar el estío, sujetándolo por su cola de raso mojado que se irisa y se rasga».


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