Opinión 

Historias del siglo

Luis Fernández-Galiano 
29/02/2000


Este siglo terrible reclama más amnistía que homenaje. Decir amnistía es decir amnesia, porque sólo desde el olvido anestésico pueden cicatrizarse las heridas abiertas en el cuerpo doliente de una humanidad que ha conocido catástrofes atroces. ¿Y qué homenaje puede merecer un siglo que ha puesto el desarrollo científico al servicio de la industrialización del exterminio, y en el que los frutos frágiles de la prosperidad y la libertad alimentan un contraste creciente entre la opulencia de los libres y la miseria de los sometidos? El avance del saber y la extensión de la libertad han tenido su reverso oscuro en la multitud de víctimas que ha dejado tras de sí un siglo convulso, cuya despedida jubilar merece ser más penitencial que jubilosa.

El jubileo hebreo marcaba el tránsito con la remisión de las culpas y de las deudas, y el orbe cristiano se inspiró en esa tradición para instaurar sus propios jubileos; pero junto al perdón de pecados y débitos, la efemérides incluía dejar descansar la tierra para que se renovase. Es probable que, como reclama Jacques Le Goff, el final del siglo y del milenio sea una ocasión propicia tanto para el perdón como para el comienzo de «una nueva juventud del mundo»: un tiempo de esperanza y renacimiento para una humanidad que ha multiplicado sus números y dividido sus certezas; que ha urbanizado el planeta y desequilibrado su frágil corteza viva; que ha ejecutado la revolución de la modernidad y gustado de sus frutos alegres y agrios.

Al terminar el siglo, nuestra pausa jubilar elude tanto la contrición como el balance, y procura iluminar su rostro sombrío con cien figuras amables: cincuenta arquitectos y cincuenta héroes de viñeta que enredan sus biografías y sus obras para componer un retrato sonriente de cien años severos. El humor es a veces más cáustico que la condena, pero el lápiz de Focho rescata a sus personajes de la crítica desabrida. Rejuvenecidos por esa mirada bondadosa, los protagonistas del siglo circulan por estas páginas con un impudor travieso que no excluye la irrupción ocasional del escepticismo o de la melancolía: la ironía nos protege de las burbujas fingidas y de las aristas del mundo sin ocultar las cicatrices del conocimiento.

En esta algarabía caleidoscópica no debe buscarse un canon coral. La convención alfabética conduce de Aalto a Zumthor, y la cronológica cierra un lazo catalán que lleva de Gaudí a Miralles, mientras la dispersión geográfica prima a los hispanos por encima de naciones europeas protagonistas de la modernidad, y por delante también de los que han hecho del XX un siglo americano. Muchos echarán de menos a Wagner, Sullivan o Berlage; otros reclamarán la presencia de Van de Velde, Behrens o Perret; y algunos buscarán en vano a Taut, Oud o Scharoun. Pero esta reunión tumultuosa ha sido más generosa con las figuras recientes que con los viejos maestros, olvidando quizá que la juventud de la arquitectura que reclama el jubileo a menudo se nutre de lo anciano.[+]


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