Opinión 

Escenas del ajuar


Antonello da Messina, San Jerónimo en su estudio, 1475

Cuando la familia muestra sus enseres, la casa manifiesta su condición cabal: no tanto un objeto arquitectónico cuanto un envase de la vida y sus objetos. En los muebles se adensa la rutina del uso y la memoria del cuerpo; si se exhiben a la intemperie nos recorre un escalofrío. Una casa sin muebles es una casa deshabitada, y sin embargo es así como la quieren muchos arquitectos: Neutra hacía retirar el mobiliario para las fotos de Shulman, a fin de que la impedimenta coreográfica del hábito no emborronase la geometría exacta del espacio funcional. Pero esa morada panóptica de vidrio y frío conduce al teatro doméstico del Gran Hermano mediático, donde la intimidad se somete a un ojo supervisor fácil de aceptar por los que juzgan que la casa ideal es el escaparate de una tienda; o a los extremos exhibicionistas del mago David Blaine y el proyecto Nautilus chileno. Al cabo, las habitaciones temáticas de los actores de Hollywood o las piezas abigarradas de los happy fashion victims japoneses no difieren gran cosa de esas casas de cristal: transparentes a la mirada de la cámara, lo esencial en ellas resulta ser el atrezo; los muebles y objetos que hacen habitables los estudios de San Agustín o San Jerónimo, creando universos íntimos a los que el asceta terrorista replica con desnudez extrema...[+]


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