Elogio de la mano

Luis Fernández-Galiano 
31/10/2017


Los dedos nos salvan del mundo digital. Más allá de la paradoja etimológica, la realidad física que perciben sirve de soporte material ante la evanescencia inquietante de lo virtual. Cuando el entorno se disuelve en píxeles o en bits, lo táctil recupera el sentido de la presencia, y la huella de la mano en la materia transmite la conciencia del transcurso del tiempo. Dejamos trazas de nuestro paso por el mundo mediante la manipulación del entorno, y sólo las irregularidades de la textura o el trazo evidencian el temblor de lo vivo en el origen de la construcción o el objeto, superando el abismo de la distancia temporal para establecer un diálogo con el dibujante o el artesano que se halla al otro lado. Hoy que tanto la inteligencia artificial como la robótica están gestando un universo posthumano, la imperfección emocionante de todo lo modelado por manos de semejantes nos reconcilia con nuestra condición y nos alivia en el vértigo del tránsito.

El historiador del arte y humanista Henri Focillon publicó el breve texto ‘Éloge de la main’ en 1934, como apéndice o epílogo de su obra más popular, La vie des formes. Aquí hemos tomado prestado su título para recordar a quien describió la mano como «instrumento de creación, pero antes que nada órgano de conocimiento», y quien, aun ignorando «si existe en efecto ruptura entre el orden manual y el orden mecánico», sabía bien que «el espíritu hace la mano, la mano hace al espíritu». La mano, escribía, «enseña al hombre a poseer la extensión, el peso, la densidad, el número. Creando un universo inédito, deja por doquier su huella. Se mide con la materia que transforma, con la forma que transfigura. Educadora del hombre, lo multiplica en el espacio y en el tiempo», palabras con las que cierra su ensayo, al que esta introducción —escrita como todas ellas a mano, con una mina de grafito de dureza HB— rinde modesto tributo.

He citado tan extensamente a Focillon porque su formalismo, que se extiende hasta críticos de arte como Bernard Berenson o Clement Greenberg, se ha convertido en un término injustamente descalificador, sufriendo tanta abrasión como el vitalismo de Henri Bergson, el filósofo que más influyó en su pensamiento, o como la historia material de su discípulo en Yale George Kubler, que en The Shape of Time utilizó las secuencias formales para explicar la evolución de los objetos. Esta corriente interpretativa, que llega hasta nosotros con un acento materialista en el Richard Sennett de The Craftsman y con un aura fenomenológica en el Juhani Pallasmaa de The Thinking Hand, establece un nexo entre forma y mano que inscribe en las obras las huellas de su origen humano y los rastros de su viaje en el tiempo. Defender la mano es así defender la forma y la materia en un mundo crecientemente inmaterial e informe.  


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