El gran juego de Asia

31/12/2003


Rodeado de banderas de una llamada alianza con ecos de guerra de las galaxias, George Bush pone en marcha su campaña contra una sombra refugiada en las montañas de Afganistán bajo la protección de un régimen teocrático que no carece de simpatías en ‘la calle árabe’. Como en todas las guerras, la aparición de hombres armados —men with guns, como los definió John Sayles—, fuesen soldados occidentales o milicias locales, provoca desplazamientos masivos de la población, que ocasionalmente increpa a la prensa internacional. Los esfuerzos por ganarse a los afganos con paquetes de comida son tan ridículos como las alarmas histéricas ante las amenazas de ántrax, y esta fine little war termina con talibanes cautivos cuya indumentaria tradicional se mudará pronto por los monos butano de Guantánamo, y un elegante Hamid Karzai impuesto como procónsul entre banderas de Estados Unidos, tocado con la capa de seda y el karakul de cordero que simbolizan la unión de las dos grandes etnias del país. En seguida llegará la preparación de la siguiente campaña, con Bush recordando en Normandía los 9.787 muertos americanos de Omaha Beach, y Londres erizado de pancartas contra la intervención en Irak. Pero los dados se habían ya arrojado, y los perros de la guerra estaban en libertad...[+]