Opinión 

Desórdenes de la memoria

De la biblioteca al archivo: inventario en tres movimientos

Desórdenes de la memoria
Opinión 

Desórdenes de la memoria

De la biblioteca al archivo: inventario en tres movimientos

Luis Fernández-Galiano 
31/12/1998


Biblioteca sin techo
La biblioteca sin techo es la de Holland House, en Londres, y la imagen está tomada el 23 de octubre de 1940, después de su destrucción por las bombas de la Luftwaffe. Esta antigua mansión Tudor, durante largo tiempo sede cultural y política de la aristocracia liberal británica, era un símbolo de la vieja Europa, y sus ruinas son también las de un orden social que no sobrevivió a dos guerras mundiales. Pero la tenacidad impávida de la biblioteca resistente, y la flema indiferente de los lectores que dan la espalda al montón de escombros, hablan asimismo de la capacidad de la memoria para vadear las catástrofes, y de la maleabilidad emocional ante el infortunio. La ambición de eternidad de las palabras y la dignidad superviviente de los sujetos se encuentran frente a frente, y la regularidad impasible de los anaqueles tiene su réplica en las figuras inmóviles y erguidas, en una coreografía ensimismada que parece extraída de un lienzo de Magritte o de una obra de Ionesco. La pintura de Pieter Brueghel el Viejo tiene algo también de ese humor silencioso y teatral, pero en su primera representación de la Torre de Babel los personajes habituales hacen mutis, y del escenario se adueña un remolino trágico de piedra, coronado por las nubes sombrías y ominosas que anuncian la confusión de las lenguas y la ruina de la obra. Ejecutada después de su estancia de 1553 en Roma, donde los restos del Coliseo debieron sin duda seducir la imaginación del pintor flamenco, y expuesta hoy en el Museo Boymans-van Beuningen de Rotterdam, la menor en dimensiones y en popularidad de las dos torres de Brueghel es una imagen melancólica y onírica que ilustra la futilidad del esfuerzo de las arquitecturas y las palabras para sobrevivir en el tiempo: de la belleza violenta de ese combate inútil participa también nuestra devastada biblioteca londinense...
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