Deconstrucción del dolor

31/12/2003


Conocemos el cuerpo por el dolor. Los torsos atados de Hans Bellmer y Andrés Serrano, como la Shijico suspendida de Nobuyoshi Araki, suscitan algo más que fantasías sádicas de sumisión: la elasticidad de la carne bajo el bondage transmite su materialidad táctil mejor que las imágenes plácidas del cuerpo en libertad. Si ahí el dolor es una promesa de placer, ambas experiencias se confunden en el encuentro entre el éxtasis impostado del mismo Serrano y el llanto frente al penal marroquí: el trance de los rostros levantados dibuja una pasión pareja, formando figuras que adquieren dimensión pictórica en los duelos islámicos. Cuando Benetton reproduce el patetismo del enfermo de sida agonizante, el publicista Oliverio Toscani se mueve tanto por la eficaz composición de la escena como por el estupor de la cáritas asimétrica, los mismos rasgos que distinguen su crianza interracial. Sólo la piedad resulta escandalosa en un tiempo cuya orgone box es la ducha masaje, y donde el orgasmo surge del tatuaje. Perforados por arquitectos, presos o manifestantes, los muros lo son plenamente cuando se tatúan con pintadas y se penetran con picos, y esas violaciones pedagógicas y rituales no son muy diferentes del tajo violento con el que Matta-Clark deja la casa tendida y abierta, herida y disponible...[+]


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