Necesitamos más madera. La técnica de la construcción reclama más madera por la eficacia de sus prestaciones estructurales y por la ductilidad de sus usos experimentales; la ética de la naturaleza demanda más madera por su condición de recurso renovable y por la facilidad material de su reciclaje; y la estética de la percepción exige más madera por su calidez al tacto o la mirada y por su evocación de orígenes o principios. Si la tríada vitruviana sirve todavía para calibrar el mundo, la firmitas de la madera está presente en el excelente comportamiento de sus armazones, ligeros y resistentes a la vez; su utilitas reside en esa sostenibilidad que la ha convertido en el material favorito del movimiento verde; y su venustas ha de buscarse en la empatía que suscita una textura biológica marcada con la memoria de su crecimiento. La razón pura del cálculo, la razón práctica de la moral y el juicio artístico coinciden en valorar la humilde madera.

«Vuelve la madera que nunca se fue». Hace ya quince años dedicamos un número (Arquitectura Viva 48, mayo-junio 1996, ‘De madera’) a este material intemporal, y en él llamábamos la atención sobre la inevitable paradoja de comentar su retorno cuando no había dejado de usarse en todas las geografías y climas del planeta, y sobre lo discutible de seguir utilizando esa denominación convencional cuando las manipulaciones técnicas lo habían transformado en un producto casi enteramente artificial: «Así pues, ni vuelve ni es madera». Pero al mismo tiempo subrayábamos allí la sintonía del material con la creciente conciencia de la naturaleza, y dejábamos constancia de que, si el estilo posmoderno fue pétreo y solemne, y si la gramática deconstructiva se fabricó con vidrios y metales diagonales soportados por hormigones escultóricos, «la nueva sobriedad de estos tiempos de silencio recurre al lenguaje lacónico de la madera».

De hecho, no parece que la madera sea incompatible con el clasicismo o con las geometrías descoyuntadas, como evidencian la edificación tradicional o las carpinterías teatrales de los constructivistas, ni que la abstracción minimalista se exprese sólo con ella, porque sus materiales preferidos han sido más bien el vidrio y el acero. Si hoy, tres lustros después, advertimos una renovada popularidad de la madera, la causa debe quizá buscarse en sus virtudes ecológicas y en los avances técnicos que permiten emplearla eficaz y económicamente en una gran variedad de circunstancias. Estos avances, que en nuestro anterior número procedían en su mayor parte del campo de la química, provienen ahora, en las experiencias más singulares, del territorio de la informática, que está transformando el procesado y puesta en obra de la madera como está alterando la arquitectura toda. Necesitamos más madera, pero la usaremos como un material digital. 


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