Opinión 

Los tanques de febrero

La acumulación de tropas rusas en torno a Ucrania creó la natural alarma en un país que forma parte, junto con Kazajistán y Bielorrusia, del proyecto geopolítico de Putin.

Los tanques de febrero
Opinión 

Los tanques de febrero

La acumulación de tropas rusas en torno a Ucrania creó la natural alarma en un país que forma parte, junto con Kazajistán y Bielorrusia, del proyecto geopolítico de Putin.

Luis Fernández-Galiano 
25/02/2022


© Ministerio de Defensa de Rusia / AFP

La crisis de Ucrania reproduce el carnaval sonámbulo de las élites políticas que no supieron impedir la eclosión de la Gran Guerra. Barbara Tuchman publicó en 1962 un relato magistral de los 31 días que llevaron a la tragedia en 1914, Los cañones de agosto; sesenta años después, confiamos en que nadie escriba en el futuro un libro con el título Los tanques de febrero. Y sin embargo, la colosal acumulación de soldados y material bélico en el perímetro del país, amén de la flota rusa en el mar Negro, hace difícil pensar que no se obtenga al menos una parte de los frutos geopolíticos perseguidos por Vladímir Putin. Acaso como razonaba Rafael Sánchez Ferlosio, «cuando la flecha está en el arco, tiene que partir», y solo la prudencia cautelosa de estadounidenses y europeos, que han dejado clara su intención de no ir más allá del envío de armas y las sanciones económicas, autoriza a pensar que la actual incursión en Ucrania, como antes en Georgia o Crimea, no producirá un incendio global, por más que las cancillerías multipliquen condenas.

Los tanques que se despliegan en torno a Ucrania fueron protagonistas este año de un ensayo general en Kazajistán, donde una semana de enero fue suficiente para apagar la revuelta popular en el país exsoviético del Asia Central, con mucho el más importante de los cinco ‘istanes’, y pieza clave, junto a Ucrania y Bielorrusia, del proyecto euroasiático de Putin y su ideólogo en la sombra, Alexandr Dugin, de quien ya nos ocupamos hace ocho años en Arquitectura Viva 161 con ocasión del golpe de mano en Crimea. Bielorrusia, por su parte, ya experimentó en el verano de 2020 un vendaval de protestas populares por la victoria electoral del presidente Alexandr Lukashenko, acusado de fraude y rescatado por el apoyo ruso, creando un año después una artificiosa crisis migratoria en la frontera con Polonia, a la que trasladó miles de personas desde el Oriente Próximo, y ahora facilitando el tránsito de tropas rusas, bajo la excusa de maniobras conjuntas, para completar el cerco a Ucrania en la linde más próxima a Kiev. 

Nos aseguraban que las guerras del futuro serían cibernéticas, con granjas de trolls o apagones informáticos; o bien híbridas, como la intervención irregular en Crimea, comparable a las de los contratistas estadounidenses en América Central o de los mercenarios rusos del Grupo Wagner en el Sahel. Sin embargo, el actual conflicto resulta desconcertantemente convencional, con la movilización masiva de tanques y tropas para materializar, boots on the ground, el control del territorio. Estos días de fervor nacionalista, que mueven a los ucranianos a reivindicar como propia la figura de Nikolái Gógol, algunos han recordado la versión cinematográfica de su novela Tarás Bulba, donde el cosaco que da nombre al relato, interpretado por Yul Brynner, se enfrenta a su hijo Andréi, al que da vida Tony Curtis, cuyo amor por una noble polaca le lleva a elegir el lado de Occidente abandonando sus raíces. No otro es el dilema de esta ‘tierra de frontera’ en la encrucijada trágica de la violencia bélica.

Los tanques que habrían de irrumpir en Ucrania se ocuparon antes de reprimir las protestas populares que ponían en riesgo el gobierno autoritario y prorruso de los sucesores de Nursultán Nazarbáyev en la República de Kazajstán.


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