Opinión 

Las cenizas de marzo

El Ejército ruso invadió Ucrania el 24 de febrero, y en los primeros compases de marzo avanzó sobre las ciudades sembrando destrucción y forzando el éxodo de sus habitantes.

Opinión 

Las cenizas de marzo

El Ejército ruso invadió Ucrania el 24 de febrero, y en los primeros compases de marzo avanzó sobre las ciudades sembrando destrucción y forzando el éxodo de sus habitantes.

Luis Fernández-Galiano 
29/03/2022


La devastación de ciudades ucranianas como Járkov, que se ha dado también en los dramáticos asedios de Kiev o Mariúpol, recuerda los urbicidios de los Balcanes o las posteriores destrucciones de Grozni en Chechenia o Alepo en Siria.

Los tanques de febrero han provocado las cenizas de marzo. Tras la pausa olímpica acordada con Pekín, el 24 de febrero —una fecha ya histórica—, el ejército ruso irrumpió en el territorio de Ucrania iniciando una guerra de dimensión imprevisible, que ha encontrado una inesperada resistencia en las ciudades. El conflicto ha sacado a la OTAN de la muerte cerebral diagnosticada por Macron, obligando al Pentágono a desplazar la mirada del Indo-Pacífico al teatro europeo, y provocando una reacción unánime y urgente del continente frente a la agresión rusa, que se ha extendido incluso a países de neutralidad tan testaruda como Suiza, Suecia o Finlandia; una condena por cierto menos vigorosa fuera de Europa, con la significativa abstención de China e India en la ONU, pero muy contundente en multitud de organismos internacionales, que han añadido al envío de armas y a las sanciones comerciales el boicot en terrenos tan sensibles como el deporte, conduciendo a Rusia al deterioro de su economía y a la ruina de su reputación.

La amenaza de usar la energía como herramienta de presión se hizo patente con la provisional renuncia de Alemania a poner en servicio el Nord Stream 2, mientras la propuesta estadounidense de imponer un boicot al petróleo ruso ha causado un shock en el mercado. En todo caso, la visión a largo plazo de una Rusia dotada del poder que le otorgan las exportaciones de energía, e incluso de grano, se cuartea al constatar que el cambio climático solo le favorece por la apertura de las rutas árticas, pero que tanto el deshielo del permafrost en el norte como la sequía en las fértiles ‘tierras negras’ del sur golpean fortalezas esenciales de sus sectores energético y agrario. Desde luego, es aún pronto para calificar a Gazprom o Rosneft de ‘tigres de papel’, y poco realista proponer un gaslift de metaneros como una réplica del airlift que que rompió el bloqueo berlinés en los albores de la Guerra Fría, pero a medio plazo la Gran Rusia de Putin puede darse de bruces con el dramático contraste entre su dimensión geográfica y su peso geopolítico.

Más allá de las grandes fuerzas demográficas y económicas que modelan la historia, la guerra de Ucrania ha iluminado el papel de los individuos a través de Volodímir Zelenski, un actor que usó la productora de su serie Servir al pueblo —donde interpretaba a un profesor llegado por azar a la presidencia— para crear un partido con el nombre de la serie y hacer la ficción realidad. Pero el cómico, que apareció en los ‘Pandora Papers’ como titular de empresas en paraísos fiscales y de inmuebles en el Londongrado de los oligarcas, se transformó con la agresión en un líder valiente y carismático, acaso como el general Della Rovere —el estafador obligado a hacerse pasar por un líder de la resistencia—, que en la película de Rossellini acaba asumiendo su papel y comportándose como un héroe. Pero en este mes de tribulación solo me atrevo a rendir homenaje a una canción compuesta hace medio siglo por Tom Jobim, Águas de Março, y a su interpretación emocionante junto a Elis Regina. Escúchenla, y busquen en ella la redención que nuestro tiempo nos niega.


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