Opinión 

Lo pequeño es grande

Luis Fernández-Galiano 
31/08/1999


El oxímoron del título no es una paradoja retórica. Al amalgamar el universo físico de lo pequeño con la categoría mental de lo grande, la fórmula apocopada se propone como apólogo moral: lo pequeño en dimensiones puede ser grande en trascendencia. El «menos es más» de Mies recurre a una fractura semántica similar, que descoyunta dos planos de significado y los reúne en una cópula inesperada, abierta a interpretaciones inmediatas: menos ornamentación es más belleza, o menos articulación es más perfección. Ni collage ni cadáver exquisito, la frase se acuña en una aleación lingüística de resonancias alquímicas, y connota a la vez la persecución testaruda de la piedra filosofal y el aplomo sapiencial de la literatura aforística.

Hay movimientos que han tenido una silla por manifiesto, arquitectos que pueden resumirse con un jarrón y revoluciones artísticas que se han difundido a través de una lámpara; si hay éticas encapsuladas en una sentencia, también hay estéticas compendiadas en un objeto. Y no es preciso mencionar los trazos de tinta en el reverso de un billete, las huellas de carbón en un papel amarillento o el testimonio fotográfico de una maqueta desvencijada para comprobar que hay rasgos y gestos apenas perceptibles cuyos ecos entran en resonancia con el mundo hasta devenir fragor de una época. Síntesis o semilla, estas formas lacónicas encierran en su código genético intuiciones germinales que fertilizan el paisaje horizontal de lo cotidiano.

Pero frente a lo pequeño excepcional, grande por los universos que en él se comprimen o de él derivan, hay otra pequeñez cuya grandeza proviene de la dócil perfección de lo habitual, de la exactitud repetida de lo anónimo y de la meticulosa ejecución de lo inmediato. Esta implosión intimista se acompaña en ocasiones de la dimensión diminuta, y en su presencia sentimos el vértigo introspectivo que nos sobrecoge al inclinamos para franquear un umbral deprimido, al enroscar la pisada en una abrupta escalera o al girar el torso para salvar un obstáculo en un corredor angosto. Otras veces, sin embargo, lo breve se hace interminable en su cadencia caudal o laberíntica, y lo pequeño se desprende entonces de su ternura ritual de casa de muñecas.

Como un reptil que muda la piel, la miniatura de la boite-en-valise o la maqueta se transforma en una selva de detalles domésticos, minúsculos en su anécdota y gigantescos en su condición coral, que ramifican su sensibilidad microscópica para formar una maraña de sensaciones. En este tránsito de la geometría escueta de Borges al minucioso dédalo de Proust, la arquitectura encuentra su final en su principio, y se hace colosal en lo menudo. Sin caer en la amnesia escalar de los que representan La ronda de noche y La encajera al mismo tamaño, los que reproducen las cajitas de Oteiza en dimensiones urbanas o los que olvidan las advertencias de Galileo sobre el absurdo mecánico de la ampliación indiscriminada, hay construcciones pequeñas que se hacen grandes sin crecer.


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