Opinión 

La naturaleza del artificio

Luis Fernández-Galiano 
31/10/2007


Nada más natural que el artificio. Por más que parezcan oponerse, naturaleza y artefacto se necesitan y refuerzan en su presencia mutua: el paisaje natural se exalta por contraste con la geometría artificiosa de la construcción, y la casa, a su vez, deviene más protectora y habitable en un entorno silvestre o despeinado. Tampoco hace falta subrayar que la apariencia de espontáneo descuido requiere jardineros meticulosos, lo mismo que el aspecto de sencillez elemental demanda arquitectos de exigente rigor. La naturalidad, a fin de cuentas, resulta sumamente laboriosa, y necesita ser fabricada con la deliberación que reservamos al mundo artificial. La casa natural que aquí documentamos lo es pues doblemente, por su emplazamiento en el paisaje y por la espontaneidad de sus trazas, y al tiempo no lo es en absoluto, porque tanto la naturaleza como la construcción se modelan por la conveniencia o el capricho.

Pese a esa relación complementaria, la condición semántica de ambos polos es casi exactamente opuesta. La naturaleza y lo natural son objeto de devoción o deseo, y no hay mejor elogio de una persona o un proyecto que la naturalidad; artificio, artificial y artificioso, por su parte, arrastran una carga ominosa de connotaciones negativas. Semeja muy lejano el tiempo en que la naturaleza indómita o selvática se asociaba al pavor feral de la ausencia de abrigo, y en el cual todas las fabricaciones del arte se caracterizaban por su belleza utilitaria, como artefactos realizados por artífices expertos. Hoy lo natural está sobrevalorado, quizá porque se desconoce con denuedo el infinito fingimiento que exige la perfecta naturalidad. Los ecos wrightianos de nuestro título quieren transmitir una advertencia irónica sobre lo orgánico y sus metáforas, que las casas del número ignoran con tenaz displicencia.

Más allá de estos guiños, la guinda de las casas de subasta propone un comentario agridulce sobre la celebración contemporánea de la arquitectura de autor, cuyos frutos a veces transitan del sueño del proyecto al limbo del museo, saltándose la etapa de habitación y uso. Helados y estériles, esos espacios pensados para la vida se detienen en el umbral crioscópico de la muerte, atrapados en el aura dorada de la admiración como insectos en ámbar. Cuando estaba en New Canaan, Philip Johnson evitaba pasar la noche en la canónica Glass House, prefiriendo la comodidad opaca de la Guest House, un hábito que evidencia la distancia entre el manifiesto y el abrigo. No sabemos cuántas de las casas aquí publicadas conocerán ese destino de homenaje y urna, pero es seguro que más de una acabará en la penumbra mullida de las subastas, donde a la naturaleza artificial se le otorga el artificio del valor.


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