Actualidad 

La crisis de los refugiados

Esperando a los bárbaros

31/10/2015


No son bárbaros, pero nos protegemos de ellos como si lo fueran. Los países movilizan sus ejércitos, erigen vallados tejidos de concertinas, restringen el tráfico ferroviario o recuperan los controles fronterizos que el Tratado de Schengen parecía haber dejado para siempre atrás. Y todo ello para frenar las caravanas de refugiados que expulsa una guerra en principio lejana que ha dinamitado los monumentos pero sobre todo las sociedades: una guerra que esos mismos países que hoy pretenden blindar sus limes ayer no supieron o no quisieron parar.

La utopía de una Europa unida sólo por el euro resulta débil ante la acometida de estas migraciones, y no soportamos el calor que emiten las zonas de fricción que hace no tanto esa misma Europa fue experta en construir: las líneas calientes y acorazadas de las fronteras. Pero es probable que ni el cordón sanitario del euro ni las empalizadas que seguimos construyendo a imitación del viejo muro de Adriano (y que tanto le inspiran, al parecer, a Donald Trump) puedan frenar la acometida. No es la economía, sino la geopolítica la que vuelve por sus fueros e impone su inexorable ley.

Mientras tanto, se debaten particiones y cuotas ominosas, y se confía la seguridad de todo un continente a una delgada línea roja: nunca se esperó tanto de la arquitectura... Pero tal vez haya otra solución, la que propuso un poeta, Kavafis, hace cien años: «Y gente venida desde la frontera / afirma que ya no hay bárbaros / ¿Qué será de nosotros sin bárbaros? / Quizá ellos fueran una solución, después de todo.»


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