Opinión 

Cohabitación europea

Luis Fernández-Galiano 
31/12/2001


La Europa de la moneda única es un proyecto arquitectónico: requiere firmitas política, utilitas social y venustas cultural. Los nuevos billetes se ilustran con edificios y obras públicas que representan a la vez el singular patrimonio del viejo continente y su actual proyecto colectivo de construcción de una casa común, tendiendo puentes y abriendo ventanas sobre fronteras obsoletas. Encabalgado entre el pasado y el futuro, este proyecto histórico tiene una dimensión política que es también territorial y urbana, porque afecta la conformación física de los paisajes europeos; una dimensión social que es demográfica y funcional, porque se refiere a las demandas de dotaciones y servicios de las poblaciones del continente; y una dimensión cultural que es, inevitablemente, comunicativa y simbólica, porque se sitúa en el ámbito de la percepción y los valores compartidos. Algo más que un mercado y algo menos que un estado, la Europa del euro es un proceso abierto, esperanzado e impreciso. 

En esta casa en obras vivimos ahora, ignorantes aún de sus dimensiones o habitantes definitivos, pero razonablemente obstinados en procurar que el proyecto no descarrile en el obstáculo del euroescepticismo. Cohabitamos Europa mientras su construcción adquiere forma, y este término equívoco remite simultáneamente a la naturaleza provisional del acomodo, a la voluntad de habitar en común el territorio, y a las formas colectivas de alojamiento características del espacio europeo. Esta cohabitación desplaza estudiantes y costumbres, mezcla gentes e idiomas, desdibuja identidades nacionales y alimenta un nuevo núcleo de referencia institucional y emotiva. Y en este crisol comunitario adquieren una renovada vigencia la vivienda y la ciudad europeas, un estratificado acervo de tradición y experiencias con el que dialogan críticamente los jóvenes arquitectos que concursan en el laboratorio coral de Europan y los profesionales avezados que navegan con soltura por las geografías del continente. 

La construcción de Europa tiene, desde luego, tantas sombras pretéritas como incertidumbres futuras. Carlomagno descansa en una penumbra pacífica que no ha alcanzado aún a las armas mercenarias del Emperador Carlos, a las tropas revolucionarias de Bonaparte o las divisiones acorazadas de Hitler, tres proyectos hegemónicos de Europa que la memoria histórica no ha sabido todavía amortizar. Por su parte, el actual proyecto adolece de insuficiente legitimidad democrática, excesiva dispersión en el liderazgo y borrosa definición de los objetivos, tres heridas que debilitan la autonomía de Europa frente a la pujanza económica y militar de nuestro socio atlántico, unos Estados Unidos que han respondido al 11-S con una marea de fervor patriótico que ha mudado el multilateralismo en subordinación. Si este cada vez más nítido papel ancilar será compatible con la cohabitación europea es tan difícil de predecir como la cotización futura de esa moneda recién nacida cuyos billetes intactos crujen entre los dedos.


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