Premios  Opinión 

Catalán en Caledonia

Miralles construirá el Parlamento de Escocia.

Catalán en Caledonia
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Catalán en Caledonia

Miralles construirá el Parlamento de Escocia.

Luis Fernández-Galiano 
01/08/1998


Los documentos del concurso muestran un proyecto topográfico y romántico, de resonancias náuticas y botánicas, que construye en el delicado tejido de Edimburgo un poderoso símbolo de la nueva Escocia.

Inesperada, pero no inexplicable: la elección del catalán Enric Miralles como arquitecto del nuevo Parlamento de Escocia ha causado sorpresa; sin embargo, y a poco que se piense, su designación manifiesta una evidente lógica interna. Ante la ausencia de arquitectos escoceses destacados, y ante la insuperable desconfianza que suscitaría un inglés, las preferencias se inclinaban casi inevitablemente por un extranjero; y, ¿quién mejor que un catalán para interpretar el sentimiento de una nación que recupera el autogobierno al cabo de tres siglos? Por otra parte, la edad de Miralles lo hace un candidato ideal: con 43 años tiene experiencia suficiente para abordar un proyecto de esta envergadura física y simbólica, además de suficiente disponibilidad para dedicar lo mejor de su energía a la que puede ser la obra de su vida. Y, last but not least, su propuesta era con diferencia la mejor de las cinco finalistas; frente a la rutina previsible del norteamericano Richard Meier, la modernidad convencional del argentino afincado en Nueva York Rafael Viñol y, la vulgaridad esquemática de la oficina australiana Denton Corker Marshall y el desconcierto esforzado del británico Michael Wilford, Enric Miralles presentó un proyecto expresionista y lírico que está a la altura del encargo y del lugar.

Construir un parlamento para un país de la marcada personalidad de Escocia, que con el nuevo laborismo de Tony Blair ha recobrado una institución abolida en 1707, y hacerlo en el centro de Edimburgo, una de las ciudades más bellas de Europa, y acaso por ello también una de las más conservadoras, es un desafío que no tiene precedentes en la historia de los arquitectos españoles fuera de España: ni las iglesias de Candela, ni los trazados urbanos de Bofill, ni las estaciones de Calatrava, ni los museos de Moneo tienen la dimensión mítica de esta sede de la soberanía popular escocesa. Y Miralles ha sido capaz de elevarse hasta la estatura colosal de ese desafío con un proyecto topográfico y romántico que amalgama metáforas náuticas y botánicas, reconciliando la sensibilidad urbana con la fuerza expresiva, y que se integra delicadamente en un tejido histórico mientras construye un poderoso símbolo de la nueva Escocia.

Rematando Canongate, el último tramo de la Royal Mile, la espina medieval de la ciudad vieja, junto al Palacio de Holyrood y al pie de la formidable masa rocosa del Arthur’s Seat, el arquitecto catalán ha integrado las dependencias auxiliares del Parlamento en torno a un claustro que reúne edificios existentes y nuevos, y ha situado la gran sala de la cámara de representantes y las salas menores bajo unas cubiertas semejantes a barcos invertidos, al extremo de un paisaje de gradas que une la montaña con el Parlamento para formar un gran teatro natural y popular, y que se prolonga hasta Canongate a través de dos desfiladeros de vidrio y madera entre los arcos tensos de los muros de piedra, levantados como amuras en un mar encrespado. En su ideograma de la propuesta, Miralles representa las salas y las gradas como un grupo de hojas ingrávidas y un manojo de tallos delicados; pero la imagen de los botes volcados, que el arquitecto relaciona con las viviendas vernáculas construidas por los carpinteros de astillero con cuadernas y tablas, es todavía más sugerente, y será probablemente la que cristalice en la imaginación colectiva.

Enric Miralles ha evitado aquí tanto la transparencia literal de los últimos parlamentos europeos como la evocación medieval que sugiere el contexto inmediato, y ha evitado también la tentación trivial de aludir a la parafernalia figurativa del tartán de los clanes, el kilt o las gaitas. Por el contrario, ha sabido fundir su lenguaje floral y danzarín, expresado en sus caligramas à la Apollinaire y sus fotomontajes à la Hockney, con una interpretación nacionalista romántica de Escocia que remite a las novelas históricas de Walter Scott y a los poemas arraigados en el folklore de Robert Burns. Esos barcos volcados por un vendaval incierto, que flotan como hojas desprendidas entre crestas de cristal, y bajo los cuales la tribu se congrega, tienen la fuerza mítica e hipnótica de las leyendas cantadas por los bardos. Livianas y esenciales, sus formas lanceoladas y azarosas expresan a la vez las tormentas de la historia y la tenacidad superviviente de los pueblos, que superan diluvios y naufragios con ingenio constructivo y obstinación vegetal: un nacionalismo identitario y arcaico, que aquí se subraya con el trazado de la cámara, la leve curva de cuyas filas de asientos más sugiere cooperación que conflicto.

La Armada laborista

Al concurso organizado por el secretario para Escocia, Donald Dewar, concurrieron 70 firmas de todo el mundo, 40 de las cuales escocesas. Un cuestionario sirvió para seleccionar a 12 equipos, y tras posteriores consultas la lista se redujo a los cinco finalistas, ninguno de los cuales era escocés —aunque algunos figurasen asociados a despachos de Edimburgo—. Esta circunstancia, unida al hecho de que la institución que debe albergar el edificio no existe aún (tras el referéndum que aprobó el estatuto de autonomía, las primeras elecciones al parlamento escocés se celebrarán el próximo mes de mayo) ha provocado cierta polémica, alimentada por la cerrada pugna en los sondeos entre el Partido Nacionalista Escocés de Alex Salmond y el Partido Laborista Escocés del propio Dewar, que con un 40% de intención de voto cada uno compiten por encabezar el futuro gobierno. Pero el proyecto de Miralles —que aquí ha colaborado con su esposa, Benedetta Tagliabue, y con la oficina escocesa de RMJM— obtuvo el apoyo unánime del jurado y ha sido bien recibido por los arquitectos escoceses, lo que debería ayudarle a culminar con éxito su complicada singladura entre los conflictos políticos y la animosidad de una parte de la prensa, que lo ha descrito como «la Armada Española de Dewar», aventurando que puede llegar a ser «el Titanic de los laboristas.» Con un presupuesto de 12.500 millones de pesetas, las obras deben comenzar en el verano de 1999 y haber terminado en el 2001, en una carrera contra reloj que con suerte pondrá en las velas del catalán el viento que necesita para dejar atrás las tormentas mediáticas y volcar sus naves en Holyrood sin que medien naufragios.

La última versión del proyecto sustituye el claustro y los barcos volcados de la propuesta original por un acantilado de despachos y unos pétalos lanceolados de salas de reunión, a los dos lados del edificio existente.

En la ciudad del áspero John Knox, muchos hubieran esperado una arquitectura de severidad calvinista, en sintonía también con el orden exigente del Edimburgo ilustrado y la continuidad sin fisuras de su respetabilidad ática y rigorista. Pero la caligrafía elegante y segura de Miralles ha dotado a la vieja Caledonia de un símbolo agitado, musical y romántico que, como corresponde a un parlamento, pertenece más a la nación que a la ciudad, y cuyos volúmenes amables y surreales expresan paradójicamente la identidad a través de imágenes cosmopolitas. Algunos entenderán el edificio como otra forma espectacular y extravagante de las postrimerías del siglo, un Guggenheim escocés promovido por la obsesión mediática de la Cool Britannia laborista. Sin embargo, el proyecto de Miralles formula también preguntas arriesgadas sobre la representación del sentimiento nacional, la relación entre figuración y abstracción o el compromiso entre continuidad histórica y singularidad emblemática en una Europa que se integra y se fragmenta de manera simultánea. Sus respuestas no van a encontrar un aplauso unánime, y el catalán debe prepararse para recibir el acoso de una multitud de bravehearts con la cara pintada de azul. Ante esos émulos de William Wallace, el mejor consejo que puede dársele es que se enfrente a Mel Gibson con las armas retóricas de un genuino escocés, el gran Sean Connery en el papel de James Bond, y sosteniendo displicentemente un vaso de scotch, se limite a advertir: «My name is Miralles. Enric Miralles.»


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