Una expo es una expo es una expo es una expo. No puede juzgarse con los criterios de la construcción habitual, porque su éxito o su fracaso se dirimen en un territorio diferente. Para comenzar, una expo es una operación urbana que aspira a transformar una ciudad con inversiones excepcionales que se justifican por el evento; lo más importante sucede fuera del recinto, y son las nuevas infraestructuras de movilidad —puentes, autopistas, estaciones o aeropuertos— el más productivo legado de la celebración. En segundo lugar, una expo es un laboratorio de arquitecturas que no persiguen tanto la consistencia mutua como la innovación técnica y estética; permanentes algunas y efímeras muchas, la algarabía de construcciones pone a prueba la verosimilitud futura del emplazamiento como fragmento urbano. Por último, una expo es una reflexión colectiva y una fiesta ciudadana, que aspira a publicitar grandes temas sociales sin renunciar a su condición lúdica; los pabellones son escenarios de competencia simbólica entre entidades políticas o económicas que proponen sus prioridades al turbión de visitantes. Hoy, en el umbral de su apertura, y en esos tres renglones, Zaragoza merece ser calificada con un notable urbano, un aprobado arquitectónico y una incógnita festiva.

Dentro del capítulo de infraestructuras de transporte, tanto la llegada del AVE como el nuevo aeropuerto y la mejora de la red viaria potencian el protagonismo logístico que confiere a la ciudad su posición geográfica, en el cruce del eje Madrid-Barcelona con el que une el Cantábrico con el Mediterráneo, en el baricentro de la España más próspera. Por su parte, la decisión de albergar la mayoría de los pabellones en un edificio común limita la innovación esperable, constreñida aún más por los programas convencionales de obras excelentes como el Palacio de Congresos o las oficinas de la organización, así que la actitud experimental —excluyendo las pequeñas construcciones efímeras— queda reducida a la Torre del Agua, el Pabellón de Aragón y, sobre todo, al desconcertante Pabellón Puente y el extraordinario Pabellón de España, un bosque cerámico que salva la muestra. Para terminar, y aunque el balance definitivo deba esperar a la clausura, ya puede adelantarse que parece un acierto el tema seleccionado como hilo conductor de exposiciones y encuentros —el agua y el desarrollo sostenible—, aunque no es seguro si la imprescindible pedagogía se sabrá reconciliar con la inevitable diversión que estos grandes parques temporales de atracciones deben ofrecer.

Cien años después de la Exposición Hispano-Francesa, Zaragoza ha preferido eludir su protagonismo histórico en la mítica Guerra de la Independencia para centrarse en el gran tema de nuestro tiempo, la gestión de los recursos del planeta, fijando su atención en el agua como corresponde a su paradójica condición de ser a la vez la mayor ciudad que baña el más caudaloso río de la península y la capital de una región árida, moteada por auténticos desiertos, donde el agua es sueño regeneracionista, emoción irredenta y núcleo medular de la política contemporánea. Dejando a Madrid y a los Goyas del Prado el debate sobre la nación y sus metáforas, indiferente ante las renovadas polémicas entre absolutistas y liberales, y sorda también ante la discusión sobre si ‘la guerra del francés’ —que los británicos llaman the Peninsular War— fue o no una de las revoluciones que sacudieron América y Europa en torno a 1800, Zaragoza celebra los dos siglos de su episodio bélico con una fiesta líquida —entre dos citas asiáticas, el Aichi de 2005 y el Shanghai de 2010—, que reúne las urgencias de un globo apremiado por los millones de personas que carecen de agua potable o saneamiento y las demandas de una tierra seca que ha hecho del agua su patrimonio físico y sentimental.


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