Opinión 

Viaje con nosotros

Primavera

Luis Fernández-Galiano 
31/08/2019


Somos turistas, y nos fingimos viajeros. El turismo de masas solía ilustrarse con el crucero que abruma la delicada escala de los palacios venecianos, pero hoy la mejor representación del exceso es la excepcional fotografía del atasco en el Everest. Tomada el 22 de mayo en la cercanía de la cima por el alpinista Nirmal Purja, la imagen muestra la acumulación de excursionistas provistos de oxígeno y cuerdas fijas que aprovecharon el buen tiempo para hacer cumbre, algo que aquel día lograron más de doscientos. Esa semana registró diez víctimas, ninguna como resultado de accidentes, y tanto el Ministerio de Turismo nepalí como los organizadores de expediciones y los sherpas atribuyen las muertes al colapso de tráfico. La transformación del pasajero en crucerista degrada la experiencia del viaje y la urbanidad de las ciudades de atraque; pero la mutación del montañero en turista de altura destruye la épica de la escalada lo mismo que vidas humanas.

La última frontera del turismo, sin embargo, no se halla en el Himalaya, sino en el espacio exterior. La NASA ha anunciado el 8 de junio que usará la Estación Espacial Internacional para viajes turísticos a partir de 2020, con una estancia máxima de 30 días y una tarifa por pasajero de 50 millones de dólares, que se emplearán para financiar otras actividades de la Agencia. En esa decisión sigue la estela de la Agencia Espacial Federal Rusa, Roscosmos, que entre 2001 y 2009 alojó a siete turistas espaciales en la misma Estación, y que en 2017 hizo público el proyecto de construir en ella un nuevo módulo acondicionado como hotel de lujo, con cuatro habitaciones, baño y gimnasio. Y compitiendo con las agencias estatales, hasta veinte empresas privadas desarrollan planes de turismo espacial, entre las cuales la Virgin Galactic de Richard Branson, que opera desde su base en el Spaceport America, diseñado por Norman Foster e inaugurado en 2011.

Mientras tanto, en nuestro modesto mundo sublunar, los vuelos baratos y la motorización universal transportan a multitudes que se hacinan en los destinos mediáticos, sean ciudades monumentales o pueblos con encanto, playas soleadas o parques naturales, escenarios de series o lugares históricos. Países y regiones se disputan el flujo de visitantes y el emplazamiento de las atracciones, mientras los operadores optimizan los ingresos con big data, y los habitantes de las zonas devenidas turísticas contraponen los beneficios del comercio con los inconvenientes del alza de los precios inmobiliarios. Pero todos somos turistas, y resulta hipócrita lamentarse de que invadan nuestra ciudad o nuestra cima: las aglomeraciones harán inevitable la regulación, y hasta entonces conviene recordar que Venecia no es sólo la Plaza de San Marcos, que hay otros ocho miles además del Everest, y que la belleza del mundo puede hallarse en un grano de arena.


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