Sociología y economía 

Milenio.com

El veloz crecimiento del universo virtual es paradójicamente paralelo a la multiplicación hipertrófica de los facsímiles físicos.

Fuente:  El País
30/04/2001


Fábrica de sueños, la arquitectura virtual de los medios no ha logrado acabar con la arquitectura material de la ciudad, pero ha conseguido transformar ésta en un remedo ilusionista. El pronóstico de Víctor Hugo «ceci tuera cela» se reveló infundado, y su novela no logró sustituir al edificio de Notre-Dame en la imaginación colectiva; hoy, los políticos y empresarios que abanderan la revolución del Puntocom auguran la monarquía de la red mientras promueven arquitecturas tangibles, y sus construcciones fantásticas se convierten en metáforas o placebos del universo digital. Desdibujando los límites entre real y virtual, privado y público, doméstico y urbano, estas arquitecturas.com tienen en común un futurismo trivial que se alimenta de la figuración de los cómics o los vídeojuegos, y una grandilocuencia megalómana que hace ostentación ofensiva del coste o la escala. De la Cúpula del Milenio de Tony Blair en Londres a la Ciudad Telefónica de Juan Villalonga en Madrid, de la casa de Bill Gates en Seattle a la de Michael Dell en Austin, todo en estos proyectos colosales aduna el exhibicionismo técnico con la vacuidad estética.


Proyectada por el estudio de Richard Rogers, la gigantesca Cúpula del Milenio en la península londinense de Greenwich ha fracasado en su intento de simbolizar el espíritu optimista y dinámico de la cool Britannia de Blair.

En el caso británico, la carpa ferial de Greenwich era algo más que el suministro rutinario de entretenimiento de masas a través del cual se legitima el Estado desde el panem et circenses que Juvenal reprochaba a la Roma decadente; para la tercera vía laborista y su ideólogo, el maquiavélico Peter Mandelson, la Cúpula del Milenio era un proyecto destinado a dotar a la nación de una identidad nueva, potenciando la autoestima ciudadana y la imagen de Gran Bretaña en el mundo. Pero los 200.000 millones de pesetas gastados en la cubierta más extensa del planeta (diseñada por Mike Davis, del equipo de Richard Rogers, junto a un ejército de creativos y arquitectos, entre los cuales Branson y Coates, Zaha Hadid o Eva Jiricna) sólo han comprado a la cool Britannia de Blair el embarazo de ver deshincharse la burbuja mediática que hasta su inauguración había estado insuflando aire caliente en un experimento gaseoso de pedagogía temática, y esta disneylandia new age ha comenzado su navegación bajo augurios sombríos.

En el caso español, las perspectivas de la gigantesca nueva sede que la compañía Telefónica promueve en el norte de Madrid no son tanto som­brías como inciertas. Sobre una parcela mayor que el parque del Retiro, el estudio Lamela ha proyectado una interminable serpiente de vidrio cuyos 270.000 metros cuadrados albergarán, además de las oficinas centrales de la empresa de comunicación, una clínica, un polideportivo con piscina cubierta, tres auditorios públicos y hasta un hotel, especiado todo ello con una geometría alabeada y unos detalles futuristas de sabor Flash Gordon que dotan al conjunto del inevitable pintoresquismo tecnológico. El enorme proyecto, que acentúa significativamente la fractura de la ciudad en fragmentos segregados al sustituir gran número de oficinas insertas en el tejido urbano por un recinto especializado y periférico, aspira contradictoriamente a cristalizar en el espacio una organización en mutación acelerada, que se divide y multiplica a la vez mientras las ondas sísmicas de su burbuja bursátil sacuden su cúpula y amenazan un vértice situado hoy en Madrid, pero acaso mañana en Miami o São Paulo.

Geometrías alabeadas y detalles futuristas: la compañía Telefónica opta por el pintoresquismo tecnológico para su nueva sede en Madrid, una interminable serpiente de vidrio proyectada por el estudio Lamela.

Para esta internacional del Puntocom y el mercado mundial, donde Aznar sigue la estela de Tony Blair y Al Gore al igual que Villalonga procura emular a Bill Gates o Steve Case, ha llegado la hora del tránsito del portal al contenido. Dejando atrás la mutación tecnológica y la revolución de las expectativas accionariales, la fusión de America Online y Time Warner ha colocado en primer plano la cuestión de los mensajes, que es tanto como decir la cuestión de la información, la cultura o el arte que va a colonizar el ámbito virtual de la red y, a la larga, el universo simbólico de la humanidad. El asunto va más allá de si la fusión de Terra y Telefónica Media daría a un grupo que representa más de un tercio del Ibex idéntica posición dominante en el terreno de los contenidos; contemplando un horizonte más lejano en lo temporal y más amplio en lo geográfico, el tema que se suscita es la homogeneización planetaria de los referentes simbólicos y la trivialización implacable del arte y la cultura. Y ésta es sin duda una de las aristas críticas que han enfrentado en Seattle o Davos a la mundialización y a sus descontentos.

El mundo virtual de la televisión se prolonga con arquitecturas tangibles: en la holandesa Almere, donde está la casa del programa Big Brother, se levantará el facsímil de un castillo belga para dotar de identidad a esa localidad anónima.

Sin ánimo apocalíptico, la arquitectura y el arte deben reflexionar sobre un futuro digital que no reduzca su actividad a mero entretenimiento, que no entienda el entorno como un simple decorado y que ofrezca alternativas de visibilidad y comunicación distintas del sensacionalismo neurótico. De nuevo, lo importante no es tanto si el recién abierto Sothebys.com o el establecido eBay.com sustituyen con ventaja a las subastas ceremoniales, o si dentro de tres años una hipotética feria virtual y permanente arco.com habrá hecho innecesaria la feria física y periódica. Lo esencial es si la red va a ser algo más que un gigantesco instrumento de voyeur para espiar miles de camas como la de Tracey Emin, desgranar la vacuidad inagotable de los chats o contemplar la vida embotellada de esos Truman contemporáneos que son los náufragos voluntarios de la BBC o los enclaustrados de Big Brother, el programa concurso de la televisión holandesa que ofrece non-stop, en línea y en directo, la intimidad de un grupo recluido en una casa. Porque si el contenido inmaterial de los medios va a ser un correlato de la arquitectura material de los popes de la nueva economía, no va a quedar otro remedio que refugiarse en el cine casi mudo de Aki Kaurismaki, en la abstracción seca de Pablo Palazuelo, en el fundamentalismo rigorista y pòvero del Dogma danés o, si nos apuran, en la nostalgia preindustrial o prehistórica de John Zerzan, el ideólogo de la revuelta de Seattle. Y mientras Telefónica deshoja su margarita —que es la nuestra—, en su sede central de la Gran Vía madrileña Francesc Torres hace girar, sobre el circuito cerrado de una cinta de maletas, la cabeza cortada de un santo de Zurbarán, que se aproxima a nosotros y se aleja con el movimiento impasible de un astro y la multiplicación eterna de un círculo vicioso. No perdamos la cabeza.

El gran teatro del mundo

Daniela Tobar abandonó al final la casa transparente del proyecto Nautilus, con la que los arquitectos Arturo Torres y Jorge Cristi han sacudido durante semanas una sociedad chilena más conmocionada por la publicidad de lo íntimo que por el regreso de Pinochet. Pero no fue la emisión de su vida cotidiana por la televisión local lo que hizo renunciar a la actriz, sino el hostigamiento de los mirones que se agolpaban tras las barreras de protección. El experimento chileno había hecho realidad paradójica aquel deseo libertario de Agustín García Calvo en sus Cartas de negocios de José Requejo, cuando situaba la revolución genuina en la discusión pública de lo privado y en el debate privado sobre lo público. Sin embargo, es posible que su error haya sido superponer la transparencia literal de la tradición moderna, con esa casa Farnsworth en el centro de Santiago, y la transparencia mediática de la cultura posmoderna, donde el escaparate panóptico se instrumenta a través de cámaras y pantallas. Quizá podrían haber aprendido de los holandeses de Big Brother, cuya casa, permanentemente filmada por los ojos mecánicos del productor Paul Roemer en funciones de Gran Hermano, combinaba la transparencia absoluta a los objetivos de las cámaras con el más completo hermetismo ante la mirada de los curiosos, rodeada de alambradas en su emplazamiento de Almere, una ciudad nueva construida como una utopía doméstica sobre las tierras ganadas al mar de un pólder. Y no deja de ser una última ironía el que esa comunidad plácida que se observa a sí misma en el espacio virtual de la red desee dotarse, para celebrar su primer cuarto de siglo, de una construcción material que le confiera identidad simbólica y sirva de escenario para las bodas de las jóvenes parejas: será un hotel que reproduce en facsímil el castillo belga de Hargimont, propiedad del promotor inmobiliario que suministra a Almere dulces hogares e historia instantánea. «Hermosa compostura / de esa varia inferior arquitectura / que entre sombras y lejos / a esta celeste usurpas los reflejos.»



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