Opinión  Sociología y economía 

Aire para la burbuja

Sobre el plan de expansión de Madrid

Eduardo Mangada 
31/03/2015


Hoy la descalificación urbanística y política de la Operación Chamartín está más justificada y es más necesaria que en 1993, cuando el proyecto se planteó por primera vez. En una ciudad, Madrid, donde sobran inmensas bolsas de suelo, los llamados PAU, con infraestructuras en parte ya construidas y sin perspectivas fiables a medio plazo, renace la Operación Chamartín con 320 hectáreas y 3.160.052 metros cuadrados de edificabilidad, que incluye 17.000 nuevas viviendas (¡más madera!). De nuevo se impulsa la promoción inmobiliaria, se sopla aire en una nueva burbuja. La historia nada enseña a quien no sabe o no quiere leerla.

Todo se acelera para dejar legalizado este negocio, para dejar blindados los beneficios de banqueros y promotores inmobiliarios, públicos y privados. Legalización y blindaje clientelares cuando faltan menos de cien días para unas elecciones autonómicas y municipales que, con un alto grado de certeza, pueden cambiar el perfil político, el credo ideológico de los actuales gobernantes. Lo cual sugiere una clara muestra de deslealtad al proceso democrático, y la ausencia de la más mínima elegancia política.

Construir sobre lo ya construido, hacer ciudad en la ciudad, es un nuevo paradigma. Una nueva forma de entender el desarrollo urbano y los instrumentos disciplinares de la práctica urbanística. Al urbanismo de extensión, se opone ahora el urbanismo de recualificación, de rehabilitación de la ciudad existente, entendiendo esta palabra como la tarea de hacer más habitable la ciudad, aprovechando todas las potencialidades que el tejido ya consolidado ofrece en sus vacíos, presentes o potenciales, con la reconstrucción de áreas obsoletas y la rehabilitación de zonas vulnerables. Acentuemos, por tanto, la compacidad física y la mezcla de actividades y personas como cualidades que caracterizan la ciudad contemporánea; densifiquemos prudentemente nuestras infraestructuras heredadas o esponjemos puntualmente zonas colmatadas.

Pero el proyecto DCN (Distrito Central de Negocios) nada tiene que ver con este nuevo discurso urbanístico. Se trata de un añadido, de una nueva expansión de Madrid para la que se pretenden movilizar recursos políticos, técnicos y económicos (¡6.000 millones de euros!) que serían mucho más rentables, social y físicamente, si se distribuyesen en los cientos de espacios y edificios vacantes, degradados o vulnerables, que salpican esta ciudad. Intervenciones puntuales distribuidas sobre el tejido urbano, con un efecto recualificador de su entorno inmediato e incluso de la ciudad en su conjunto.

Con unas simples metáforas defendemos como mucho más eficaz la acupuntura que la prótesis traumática. Y la Operación Chamartín es una gigantesca prótesis implantada artificialmente en la ciudad. Más que prótesis, una excrecencia.

Si equivocada es la concepción de este nuevo distrito, esta equivocación se ve acentuada por la frivolidad y la pobreza de la ordenación urbanística que la formaliza, encubierta bajo tópicos que quieren darle identidad moderna, ‘vanguardista’ como declaraba el presidente del BBVA en el acto de su presentación pública. Se confunden compacidad y densidad con infografías trucadas que muestran un encadenamiento de pequeños manhattans. Se confunde mezcla o hibridación con un amontonamiento de diversas tipologías extraídas de revistas y tarjetas postales. Métanse en una coctelera cinco torres, tres manzanas cerradas, dos o cuatro bloques curvos, aderezados con la sal de un par de ‘rascacielos’; agítese y vuélquese sobre el tablero y ya tenemos una ciudad compacta, densa, en altura y mezclada. Desde el proyecto posmoderno de 1993, cada nueva propuesta ha ido empobreciendo el nivel disciplinar del proyecto. Un nuevo desarrollo urbano que se proyecta para un horizonte de veinte años, sin tener en cuenta la lógica incertidumbre que tal lejanía impone, exige, por rigor intelectual, un esquema de ordenación más neutro y flexible. 


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