Opinión 

Un planeta de agua

Otoño

Luis Fernández-Galiano 
30/11/2019


Lo llamamos Tierra, pero podríamos haberlo denominado Agua. Más de dos tercios de nuestro planeta están cubiertos por los océanos, que interactúan con la biosfera terrestre y la atmósfera para condicionar el clima e intervenir en el ciclo de carbono. Pero el uso generalizado de combustibles fósiles en el Antropoceno ha desequilibrado los flujos del sistema, provocando el calentamiento y la acidificación del agua, la fusión de los casquetes polares y la consiguiente subida del nivel del mar, así como la pérdida de biodiversidad en el mayor ecosistema del planeta, el formado por los océanos. Si los trastornos del clima se manifiestan espectacularmente a través de fenómenos meteorológicos extremos, de los tornados a las grandes inundaciones, la desaparición de especies marinas o terrestres avanza silenciosamente, pero no es menos determinante de nuestro futuro. La quinta gran extinción la provocó un asteroide hace 66 millones de años: la sexta que hoy experimentamos no tiene otro responsable que la especie humana.

La tragedia entrelazada del cambio climático y la extinción de especies tiene en los océanos el escenario más vasto y más desatendido. Impulsada siempre por vectores económicos, la exploración e investigación oceánica no ha tenido la dimensión que merece y, por ejemplo, ha habido que esperar a la reclamación de derechos por parte de las cinco potencias árticas para cartografiar con precisión el relieve de esos fondos marinos. El mar solía ser camino y despensa: soporte de rutas comerciales o proyección de poder militar, y fuente inagotable de alimentos. En la imaginación occidental contemporánea, sin embargo, los mares y costas del planeta se asocian con espacios de ocio, sólo perturbados por catastróficas tempestades o tsunamis; por la llegada inesperada de refugiados políticos, migrantes económicos o desplazados climáticos en embarcaciones tan frágiles que muchos no sobreviven a la travesía; y por la contaminación de las playas con mareas negras, residuos urbanos o desechos diversos.

Además de amenaza para las poblaciones litorales y tumba de gentes desdichadas, el mar es hoy un gigantesco basurero donde cada año se vierten ocho millones de toneladas de plástico, concentrándose en los grandes giros oceánicos, entre los cuales el ‘séptimo continente’, una isla flotante en el Pacífico. Y más preocupante aún, la proliferación de los microplásticos, que se encuentran ya en la cumbre del Everest o en la fosa de las Marianas, poniendo a los gobiernos y a la industria frente al desafío de abandonar el uso masivo de materiales plásticos, sobre todo en el empaquetado y envasado de productos, donde las alternativas —bolsas de algodón o cajas de cartón— a menudo consumen aún más energía y agua en su fabricación y transporte. Esta revista se envía todavía a los lectores envuelta en plástico, y mientras no logremos hallar otro método de protección sólo podemos rogarles que depositen el material usado en el retractilado en un contenedor de reciclaje: los océanos y nuestros hijos se lo agradecerán.


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