Opinión 

Todos los fuegos el fuego

Luis Fernández-Galiano 
24/09/2021


Erupción del volcán Cumbre Vieja en La Palma © Miguel Calero

Tomo prestado el título de Cortázar para vincular el fuego violento del volcán de La Palma con los fuegos innumerables que sugieren para nuestra época el nombre de Piroceno, reemplazando al muy difundido Antropoceno (Paul Crutzen, 2000), al más geográfico Urbanoceno (Geoffrey West, 2018) y al combativo Capitaloceno (Jason W. Moore, 2017). De estos tres antecedentes nos hemos ocupado en nuestro número 189, que reproducía mi discurso académico de 2012; 206, donde se comentaba la propuesta de West; y 237, con el debate en 2020 entre dos miembros de la ‘academia radical’. Ahora llega el momento del Piroceno, elegido como título de su libro de 2021 por Stephen Pyne, un historiador del fuego que argumenta elocuentemente la singularidad pírica que se inicia con el uso de combustibles fósiles, responsables al cabo del calentamiento global y la proliferación de incendios devastadores en todo el planeta, de Australia a California, pero también en nuestra cuenca mediterránea e incluso en Siberia o Groenlandia. «Hemos creado una edad de fuego, y ahora debemos vivir en ella».

Estudiando el carbón fósil sabemos que el fuego está presente en la Tierra desde hace 400 millones de años, causado por volcanes o más frecuentemente rayos, y hecho posible porque la vida en los océanos había creado una atmósfera rica en oxígeno, y la presencia de vegetación aportaba el combustible para la llama, de suerte que vida y fuego resultan al cabo ser inseparables. Con la aparición de los homínidos, el fuego comienza a controlarse para la protección de depredadores, la preparación de comida y herramientas, y la provisión de calor e interacción social, pero ese fuego antropogénico que surge hace algo más de un millón de años usa la misma biomasa viva que había alimentado los fuegos espontáneos de la naturaleza. La genuina transición pírica se produce con la utilización de biomasa fósil; el combustible lítico de la máquina de vapor y la Revolución Industrial abre un periodo enteramente nuevo, para el que se sugiere el nombre de Piroceno, y que sería la tercera época del periodo cuaternario, tras la edad de hielo del Pleistoceno y la etapa interglacial del Holoceno.

El espectáculo sublime y terrible de la erupción de un volcán sitúa nuestras tribulaciones actuales en el marco geológico de los fuegos primigenios y su papel autocatalítico, mantenido en la posterior domesticación por el ser humano para crear una ecología del fuego donde la destrucción creativa del incendio, que incluye la agricultura de tala y quema, promueve la coevolución de este con el paisaje. Pero el tránsito prometeico a la combustión industrial, que suministra —como señala Pyne— «luz sin calor, calor sin humo, humo sin fuego, fuego sin llama», supone también la multiplicación paradójica de fuegos ferales provocados por la interacción entre el clima y unas economías basadas en el carbón, el petróleo y el gas. Los actuales incendios incontrolados, que hacen olvidar la coexistencia milenaria de la vida y el fuego, provienen precisamente del enclaustramiento de la llama y su alimento fósil, y están quemando la casa de todos. Todos los personajes del cuento de Cortázar perecen al final entre las llamas y el humo: como nosotros, también ellos vivían bajo un volcán.

Incendio en Atenas


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