Tristes torres

La destrucción de las Torres Gemelas fue un hecho de tal importancia histórica que transformó en anécdotas los demás acontecimientos del año.

Luis Fernández-Galiano 
30/04/2002


Inevitablemente, el año gira sobre la charnela trágica del 11 de septiembre. La cifra 2001 evocaba el futurismo metafísico de Kubrick, pero a partir de ahora se hará indisoluble de la imagen del impacto de dos aviones de pasajeros en las torres más altas de Manhattan; al terminarse en 1976, los rascacielos del World Trade Center fueron el techo del planeta, y una genuina «odisea del espacio» en la proeza técnica de su esbeltez inverosímil y su récord de altura duplicado: un cuarto de siglo después, los escombros calientes de la zona cero sepultan la odisea vertical en el espacio horizontal y humeante de la ruina. Junto a varios millares de víctimas, bajo esos restos yacen también la confianza en la seguridad de nuestra cultura técnica, el aplomo cosmopolita de la globalización económica y la inocencia política de un imperio joven.

Tras un invierno con el centenario de Kahn en sordina, la primavera se estrenó con el Pritzker a Herzog y de Meuron.

Éste podría haber sido el año de los maestros europeos en América. Se celebraba el centenario de Louis Kahn, el arquitecto nacido en Estonia que desde Filadelfia puso en ccuestión los dogmas modernos, y el de José Luis Sert, el discípulo catalán de Le Corbusier que tras la Guerra Civil española se exilió a Estados Unidos; dos aniversarios eminentes a los que se sumaron durante el verano las dos grandes exposiciones neoyorquinas de Mies van der Rohe, el maestro alemán que desarrolló en Chicago la segunda mitad de su carrera. Sin embargo, el protagonista del periodo no sería al final ninguno de estos tres americanos de adopción, sino un arquitecto de origen japonés nacido en Seattle, formado en Nueva York y establecido en Detroit, Minoru Yamasaki, la destrucción de cuyas Torres Gemelas marcó el año de forma indeleble.

Geometrías del invierno

El invierno ardió sin llama, y en su combustión lenta se consumió un casi clandestino centenario de Kahn y esas geometrías esenciales que procuran detener el tiempo en un presente eterno, mientras la hojarasca de laurel de los galardones distinguían con el FAD el Museo de Bellas Artes de Castellón, inaugurado por Moreno Mansilla y Tuñón en enero, y con el premio de la Bienal de Arquitectura el Kursaal de Rafael Moneo, que asimismo recibiría simultáneamente el premio europeo Mies van der Rohe, en una edición triste marcada por la desaparición de su impulsor, el crítico e historiador catalán Ignasi de Solà-Morales, arquitecto también de la reconstrucción del mítico pabellón de Alemania en Barcelona; dos homenajes a dos obras de geometrías reductivas que establecen genealogías cúbicas entre Moneo y sus discípulos, y que subrayan la vigencia española de un cierto minimalismo de voluntad abstracta y densidad matérica, cuyos ecos se oirían también en el prisma vacío de la Caja de Ahorros de Granada de Alberto Campo Baeza, en el volumen escultórico del Museo de la Ilustración de Valencia de Guillermo Vázquez Consuegra o en la plasticidad eficaz del Palacio de Congresos de Barcelona de Carlos Ferrater, galardonado este año con el Premio Nacional de Arquitectura.

Piras de primavera

La primavera se anunció con la proclamación ritual del premio Pritzker, que desde su base en Chicago ha conseguido convertirse en la distinción arquitectónica más prestigiosa del mundo, y que por décimo año consecutivo evitó recaer en un autor norteamericano, poniendo de relieve el mal momento que atraviesa la producción del país. Los elegidos, que recibieron el galardón en la mítica Monticello—la mansión virginiana de Thomas Jefferson que introdujo las formas neoclásicas en el nuevo continente— fueron los suizos Jacques Herzog y Pierre de Meuron, una pareja de Basilea que pone en contacto la construcción con el paisaje, el arte y la vida cotidiana, para levantar una arquitectura táctil y precisa que constituye un polo de referencia en el debate internacional, y que en España estará pronto representada en Tenerife, Barcelona y Madrid; obra ésta de reflexión arcaica sobre la naturaleza y la materialidad de lo viviente que anima a poner en cuestión nuestra relación con el medio ambiente y el resto de los seres que habitamos el planeta, una relación actualmente enferma que las crisis sanitarias y veterinarias que han jalonado el territorio europeo con fosas y piras de animales sacrificados mostraron súbitamente bajo una luz violenta.

Dos museos neoyorquinos unieron sus fuerzas para montar una gran exposición de Mies, inaugurada en verano. Mientras el MoMA, que custodia el archivo del maestro, mostraba su etapa berlinesa, el Whitney reunió la obra americana.

Un verano de museos

Con las exposiciones de Mies van der Rohe se inició el verano, y la imagen que las muestras neoyorquinas ofrecieron del maestro moderno no pudo ser más distinta: en el relato pedagógico y crítico del Museum of Modern Art, el Mies de Berlín se manifestaba contextual, paisajístico, expresionista y subjetivo; pero en el homenaje exquisito y exhaustivo del Whitney, el Mies americano se exhibía reductivo y autorreferente en su persecución de lo universal. Mientras tanto, en la Mitteleuropa originaria del arquitecto se completaba una nueva cosecha de museos, muchos de los cuales albergan ecos de la convulsión que lo arrojó al exilio: los Schiele y los Kokoschka del nuevo Barrio de los Museos de Viena, construido por Ortner y Ortner en las antiguas caballerizas imperiales; los objetos y documentos del Museo Judío de Berlín, inaugurado al fin por Daniel Libeskind doce años después de haber proyectado su rayo zigzagueante y fracturado; o las escenografías nazis del memorial de Núremberg, diseñado por Günther Domenig en el interior del palacio de congresos que no llegó a terminar Albert Speer, el arquitecto y Ministro de Armamento de Adolf Hitler. Pero ese verano habría de terminar en la misma Nueva York donde empezó, un 11 de septiembre que abrió en canal la violencia latente de nuestro mundo, y que eligió la ciudad de los rascacielos para representar un teatro del terror que proyecta su amenaza sobre el futuro.

El otoño de fuego

La Zona Cero de Manhattan y los paisajes ásperos de Afganistán fueron los dos escenarios desolados de un otoño de fuego, que en su guerra contra el terror resucitó el fantasma del conflicto entre civilizaciones, y colocó al mundo islámico en el banquillo de los acusados. En el torbellino de mullahs, muyaidines y madrasas se desvanecieron los signos arquitectónicos que dibujan un islam diferente, y la cultura musulmana se apocopó en términos como talibán, yihad o burka, convertidos en fetiches de un universo hostil. Ni la celebración en Siria de la octava edición del modélico premio Aga Khan, con su retrato plural y luminoso de un islam que no renuncia a la modernidad, ni la terminación en Egipto de la nueva Biblioteca de Alejandría, un colosal monumento laico proyectado por los noruegos de Snøhetta, modificaron un clima de recelo y temor.

A la misma Nueva York que había abierto la temporada de verano llegó el más cruel de los otoños, con el atentado que destruyó un símbolo arquitectónico del poder estadounidense: las Torres Gemelas de Manhattan.

Mientras, en la Península Ibérica, que durante muchos siglos fue escenario de la difícil coexistencia del occidente cristiano con el islam, las obras emblemáticas de dos ciudades de herencia musulmana eran adjudicadas a arquitectos del norte europeo: el holandés Rem Koolhaas en la Córdoba omeya, y el británico David Chipperfield en la Teruel mudéjar, procurando otros mestizajes y otros diálogos en un continente que estrena moneda única al comenzar 2002, un año que pese a todo es obligado iniciar con esperanza. El que se cierra celebró el aniversario de Walt Disney, un genio del siglo XX que se dio a conocer durante la Depresión con la parábola optimista de Los tres cerditos, que no temían al lobo feroz de la crisis económica como hoy deberíamos esforzarnos en no temer al lobo feroz y ficticio del islam o al lobo feroz y funesto del terror.


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