‘Think global, act local’: el lema ecologista, popularizado en los años setenta del siglo pasado pero que tiene sus raíces en la obra de pioneros como el urbanista Patrick Geddes o el ingeniero Buckminster Fuller, nos anima a reunir la reflexión sobre el planeta con el activismo comunitario. Surgido en movimientos alternativos y adoptado después por las corporaciones, expresa nítidamente la interdependencia de lo próximo y lo universal. El constructor local debe saber que cada decisión afecta a la salud del globo, y la empresa global tener en cuenta la singularidad de lo local: de la misma manera que la intervención en lo inmediato se inscribe en un marco planetario, la actividad en un mundo sin fronteras debe materializarse de forma diferente en cada entorno cultural, geográfico y climático. Pensar globalmente y actuar localmente es en efecto una divisa que puede reclamar para sí tanto la arquitectura crítica como la corporativa.

El saber local, por el contrario, pone el énfasis en el conocimiento riguroso de las disponibilidades materiales y las prácticas sociales de una comunidad, y aspira a difundir sus experiencias para influir en ámbitos más amplios y actuar globalmente: ‘think local, act global’. Acaso como William Blake, los arquitectos reunidos aquí pretenden «to see a world in a grain of sand», y ven al mundo entero contenido en obras minúsculas y exactas. Si el cielo cabe en una flor silvestre, el infinito en la palma de la mano, y la eternidad en una hora, la historia toda de nuestro instinto constructor se abrevia en estos cobijos físicos y simbólicos, que ofrecen al tiempo protección e identidad, dignidad y esperanza. La intrahistoria de Miguel de Unamuno, más relevante para nuestro filósofo que la gran historia de los acontecimientos, circula hoy cabalmente por la música callada de estas obras ejemplares, que combinan el saber local con la proyección global.

Cuando hace años nos ocupamos de este asunto en Arquitectura Viva, el ‘Más por menos’ de su título se acompañaba de una rúbrica explicativa: ‘La otra globalización, una estética de lo necesario’. En este número de la revista hemos preferido referirnos a ‘Proyectos sociales y sostenibles’, pero los términos diferentes remiten a idéntica realidad. Esa otra globalización es obligatoriamente social y sostenible, y su énfasis en lo necesario ha creado una estética inseparable de un empeño ético centrado en el conocimiento: el conocimiento de las singularidades y los recursos locales, que permiten la movilización social para llevar a término los proyectos, y el conocimiento introducido en la comunidad local a través de escuelas o bibliotecas, que dotan a ésta de herramientas intelectuales para entender el mundo e intervenir en él de manera eficaz mejorando la vida de las gentes. No es otro el saber local que aquí se presenta y se propugna.


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