Opinión 

Los imperios inciertos

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Los imperios inciertos

Luis Fernández-Galiano 
26/02/2025


La presidencia imperial de Donald Trump se inauguró con una secuencia de órdenes ejecutivas orquestadas como coups de théâtre, firmadas con los trazos vigorosos y arriscados de una signatura hiperbólica y expuestas al público o a las cámaras en performances dignas de una bienal artística. Estas salvas de artillería reguladora se acompañaron de reclamaciones territoriales sobre Groenlandia, el canal de Panamá e incluso Canadá; de amenazas arancelarias a China, sus vecinos americanos, Europa y al cabo el resto del mundo; y de declaraciones, decretos e indultos que ponen en riesgo la democracia estadounidense y el orden liberal internacional. Ha sido una salida en tromba tan hiperactiva que ni siquiera ha respetado el sacrosanto ciclo de las noticias, y que se ha rematado con sendas propuestas para los dos grandes conflictos en curso: tras al alto el fuego de Gaza, reconstruir la Franja como un resort mediterráneo, mientras se trasladan dos millones de palestinos a Egipto o Jordania; y terminar con la guerra de Ucrania reabriendo el diálogo con la Rusia de Putin, en una negociación que excluye a Kiev y Bruselas.

Los perfiles inquietantes del asalto estadounidense a un orden global basado en reglas, y su fractura del vínculo atlántico, ya expresado en la apertura de una guerra comercial con la Unión Europea, se manifestó dramáticamente el 14 de febrero en la Conferencia de Seguridad de Múnich, donde el vicepresidente J.D. Vance puso en cuestión los valores de las democracias europeas, lamentó el retroceso en ellas de la libertad de expresión, y manifestó apoyo a los partidos de extrema derecha del continente, por ser los que más rotundamente se oponen a la inmigración. Múnich evoca inevitablemente el acuerdo de 1938 por el que el Reino Unido y Francia abandonaron Checoslovaquia a su suerte, en aras del appeasement de Hitler, acaso no muy diferente del apaciguamiento de Putin entregándole el futuro de Ucrania, como parece desprenderse de las declaraciones públicas de los líderes estadounidenses, y la respuesta de Europa al ‘Múnich’ de Trump no fue sino una reunión convocada por Macron en París el 17 de febrero que solo sirvió para constatar las diferencias entre los participantes y al cabo la impotencia del continente.

En esta nueva etapa imperial, las incertidumbres no se limitan a la cartografía de las áreas de influencia de las superpotencias o a su número, porque si para muchos el G-20 ha dado lugar a un G-2 con EE UU y China, el arma nuclear y los once husos horarios de una Rusia que es también un poder ártico le otorgan un protagonismo reconocido por Trump, cuyo secretario de Estado Marco Rubio se reunió en Riad el 18 de febrero con Serguéi Lavrov, ministro de Exteriores ruso, para hablar de Ucrania, cerrando así una semana que ha hecho girar el mundo sobre sus goznes. La principal incertidumbre de esta hora reside en si surgirá un nuevo orden global y una gobernanza planetaria que regule los flujos económicos, arbitre los conflictos y canalice los movimientos migratorios, o si por desgracia estas convulsiones son únicamente el preludio de futuras fracturas sociales e ideológicas. No sabemos si estas reuniones son un Yalta 2.0 o un Múnich 2.0, y no es fácil predecir si estos sismos geopolíticos dejarán en su estela un orden diferente del actual, o si quizá el pronosticado desorden que viene está ya con nosotros. 

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