Opinión 

Londres del milenio

Luis Fernández-Galiano 
30/04/2000


Londres celebra su longitud, pero sus visitantes disfrutan de su latitud. La efemérides bimilenaria, que la ciudad ha querido conmemorar con la cúpula levantada en el Greenwich del meridiano, ha resultado una decepción cultural y organizativa; mientras su nuevo espíritu relajado y juvenil, que parece haber trasladado Londres a un paralelo varios grados al Sur, ha cristalizado bien en ese zoco simbólico del arte y las tendencias que es la Tate Modern. Estos grandes proyectos expositivos fueron iniciados por el gobierno conservador, pero se han convertido en emblemas de los dos rostros del nuevo laborismo; han sido ambos financiados con los beneficios de la Lotería, pero su fracaso o su éxito ha mostrado tener poca relación con el volumen de la subvención, diez veces mayor en el caso de la cúpula; y se sitúan los dos en la degradada margen derecha del Támesis, pero su capacidad de regeneración urbana se diría tan dispar como su propia acogida crítica.

La Cúpula del Milenio y la nueva Tate están engarzadas por el rosario de estaciones del nuevo metro, que prolonga la línea del Jubileo para comunicar las oficinas de Canary Wharf y estimular el desarrollo de otras zonas. Es probable que esta obra sea, a la postre, la más importante de todas; de hecho, el metro ha sido el tema más debatido en la campaña electoral para la alcaldía de Londres, que con el triunfo de Ken Livingstone ha visto un retorno a lo Tom Jones del antiguo presidente del GLC (la autoridad urbanística del Gran Londres, disuelta por Margaret Thatcher). Pero como argumenta otra vieja gloria izquierdista, el manager de los Sex Pistols Malcom McLaren, que retiró su candidatura en beneficio de red Ken, los grandes asuntos —como el metro— estarán fuera del ámbito de decisión de un alcalde, que haría mejor concentrándose en objetivos como mantener abiertas las iglesias, “los únicos sitios en Londres donde no hay que comprar nada”.

De hecho, el renacimiento de Londres está íntimamente vinculado a su americanización consumista y mediática, que ha sustituido la cultura cívica por el estilo de vida envasado por Wallpaper. La prosperidad de los noventa ha producido una cool Britannia no muy distinta del swinging London de los sesenta, pero es posible que la vacuidad sensacionalista y cínica de muchos de sus protagonistas esté más próxima al punk nihilista de los setenta que al pop inocente de la década anterior, y que las vacas cortadas de Damien Hirst o las camas sucias de Tracey Emin tengan más deudas con Johnny Rotten y Vivienne Westwood que con Peter Blake y Mary Quant. Esta wonderland mestiza que ha sustituido la tradición por el spin, la flema por la emoción, y el té por el capuchino, ha construido también arquitecturas tan antitéticas como el circo jovial de la cúpula y la exactitud luminosa de la Tate. Pero los británicos despiden estos días a Barbara Cartland y a John Gielgud, y seguramente es imposible reconstruir su retrato contemporáneo sin esa combinación inextricable de lo trivial y lo excelso.


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