Rascacielos de firma

Nueva York y Londres añaden a su perfil arquitecturas de autor; Chicago, Shanghai y Hong Kong compiten por el récord de altura.

Luis Fernández-Galiano 
30/04/2002



Los rascacielos crecen con las bolsas, y sus registros de altura reproducen el perfil de las cotizaciones. Según The Economist, los arúspices financieros pronostican el futuro contando grúas, y cada periodo prolongado de euforia bursátil deja como testigo un récord edificado: el ciclo expansivo de 1895-1906 terminó al tiempo que lo hacía el edificio Singer, el de los años veinte llegó a su catastrófico final en 1929 de forma simultánea al remate del Chrysler y el Empire State, y el de los años cincuenta y sesenta se cerró poco antes de inaugurarse el World Trade Center neoyorquino y la torre Sears de Chicago. Cuando en 1996 las torres Petronas de Kuala Lumpur batieron una marca de altura que llevaba vigente más de dos décadas, algunos interpretaron la proeza como una señal indicadora del agotamiento de la fiebre financiera que había hecho proliferar los rascacielos en la costa pacífica de Asia, y el posterior pinchazo de la burbuja económica asiática vino a confirmar esos pronósticos ominosos. Al comenzar 2001, el enfriamiento de las bolsas arroja sombras sobre muchos de los proyectos que se proponen arrebatar a Malaisia su récord, pero no parece aún amenazar la culminación de los rascacielos de autor que hoy se promueven en Nueva York y Londres.

Los nuevos rascacielos neoyorquinos, al servicio de la industria mediática, fracturan caprichosamente sus volúmenes y fachadas.

El periodo de excepcional prosperidad y crecimiento que han experimentado los Estados Unidos ha otorgado nueva vida a un tipo arquitectónico casi diagnosticado obsoleto, el rascacielos, y lo ha hecho alterándolo en forma y en función. Frente a las rotundas moles de oficinas del pasado, las nuevas torres fracturan sus volúmenes y desdibujan sus fachadas para albergar una colección heteróclita de usos comerciales, administrativos y residenciales. Ningún ejemplo mejor de este proceso de fragmentación pintoresca al servicio de la industria mediática que las nuevas construcciones de Times Square y la Calle 42 en Manhattan, con el proyecto para el hotel Westin de Arquitectonica, los rascacielos para Condé Nast y Reuters de Fox & Fowle, y el que es por ahora el último añadido al corazón de neón de la gran manzana: la sede del New York Times,elpe riódico mítico que dio su nombre a la plaza cuando se ubicó allí en 1905, y que un siglo después espera inaugurar en esa zona la torre diseñada por Renzo Piano con Fox & Fowle que recientemente se impuso en concurso a los proyectos de Norman Foster, César Pelli y Frank Gehry con David Childs de SOM.

Como las restantes torres de Times Square, la sede del periódico será un rascacielos modesto, de 45 plantas y 200 metros (una altura superior a la de cualquier edificio español, pero inferior a la mitad de la de las Torres Gemelas del World Trade Center en la misma ciudad), cuya singularidad proviene más de su promotor y su arquitecto que de su escala. En 1922, el concurso para la sede del Chicago Tribune fue un hito histórico en la reflexión sobre el rascacielos, y es inevitable sospechar que los dueños del New York Times promovieron el concurso consciente de su ilustre precedente, y sabedores también de que el resultado se iba a juzgar con el elevado listón de excelencia que se impone a sí mismo el que se tiene por periódico de referencia. La elección de Piano, sin embargo, puede llegar a ser tan decepcionante como fue la de Raymond Hood para el Chicago Tribune, con aquel pragmático expresionismo neogótico que el arquitecto americano haría aún más populista en sus posteriores edificios neoyorquinos para McGraw-Hill y el Daily News, y que forzosamente había de defraudar a la vanguardia europea.

Londres es uno de los escenarios europeos donde el rascacielos ha adquirido una nueva vigencia, a veces no exenta de polémica: la actitud ante los últimos proyectos oscila entre el entusiasmo y el recelo.

Aquí, la torre con doble piel de vidrio y celosías cerámicas del italiano, artificiosamente levantada sobre un plinto de cinco plantas que contiene los usos comerciales y públicos, aspira a una ingravidez inmaterial difícilmente compatible con sus romas proporciones, más atentas a la rentabilidad inmobiliaria que a la sensibilidad arquitectónica. Para el crítico de arquitectura del propio New York Times, Herbert Muschamp, Piano tiene la oportunidad de «diseñar el más importante rascacielos corporativo de Nueva York desde la CBS de Saarinen en 1965», y aunque no oculta su fascinación personal por el proyecto de Gehry —que decidió retirarse en la fase final del concurso— Renzo Piano, London Bridge Tower piensa que el genovés «nos dará algo más refinado y sutil» que el californiano. No es fácil compartir su ingenuo entusiasmo, menos matizado que el escepticismo irónico de su colega Paul Goldberger, que, visto en la tesitura de comentar en The New Yorker la nueva sede de Condé Nast, empresa editora de su propia revista, se limita a constatar la extinción del rascacielos icónico y su sustitución por torres confusas o difusas.

Así son, en efecto, los nuevos rascacielos de Times Square, sea el de KPF en el número 5 de la plaza, con su desconcertante fractura diagonal en la fachada y su catálogo de vidrios, los de Fox & Fowle en el número 4 (Condé Nast), con cinco clases de revestimiento que van del frente de granito con ventanas recortadas al muro cortina, y en el número 3 (Reuters), donde Bruce Fowle se jacta de haber usado seis tipos de fachada para ofrecer una imagen distinta desde cada punto de vista. Esta última firma es la colaboradora de Piano en el edificio del New York Times a una manzana de distancia y, si se juzga por los recién terminados rascacielos del italiano en Berlín y Sydney, no es arriesgado pronosticar que la relación será fluida. En el concurso del periódico, Gehry proponía sus características formas orgánicas abultadas en colaboración con otra firma que también está trabajando en las inmediaciones —SOM ha proyectado la Times Square Tower, y también la que se levantará sobre la Port Authority Bus Terminal no lejos de allí—, y Pelli diseñaba un grueso obelisco facetado cuyo aggiornamento estilístico no arroja dudas sobre la solvencia técnica e inmobiliaria de un arquitecto que, además de las Petronas, es autor de numerosos rascacielos en la misma ciudad de Nueva York.

El británico Norman Foster, sin duda uno de los arquitectos más experimentados en el diseño de rascacielos, se ha interesado en sus últimas propuestas por hacerlos climáticamente más eficientes.

Sólo Foster acudía a la cita sin experiencia neoyorquina previa, y quizá hay que atribuir a esta circunstancia el explícito rechazo inmobiliario de su proyecto, juzgado inflexible por su precisa geometría, despilfarrador de valiosa superficie por los jardines-invernadero de siete plantas de altura que construyen la hipotenusa de su triángulo rectángulo, e inevitablemente angosto en los últimos niveles de su esbelta coronación. Y, sin embargo, esta impecable cuña matemática habría expresado con mayor elocuencia la voluntad de exactitud y rigor de un gran periódico, y se habría levantado entre el barullo ajetreado de esa zona de Manhattan como un objeto arcaico y futurista de perfección pitagórica y belleza exigente que se resiste a entregarse al populismo amable de la exfoliación pintoresca. Pero Foster ha experimentado también el recelo ante su arquitectura de precisión en su propia ciudad, Londres, donde el mismo alcalde que se opone a la burbuja geodésica de su proyecto de Ayuntamiento, comparado displicentemente con «un faro de automóvil», saluda con entusiasmo la aguja fracturada de Piano para el que será, con 390 metros, el edificio más alto de Europa, la London Bridge Tower; antes, Foster había tenido que renunciar a dar a Londres ese récord tras el rechazo de su torre en la City, para cuyo emplazamiento propone hoy un exquisito obús de vidrio de sólo 180 metros de altura que aún no tiene licencia definitiva.

Al igual que en Nueva York, Piano colabora en Londres con una firma de arquitectos de acusado carácter comercial, Broadway Maylan, autores del primer proyecto de la London Bridge Tower. Ante las dificultades para obtener permiso urbanístico, el promotor del rascacielos decidió recurrir a un arquitecto de prestigio, y es indudable que el encanto del italiano ha obrado milagros, hasta el punto de hacer decir al alcalde, el abrupto Ken Livingstone, que «no perdonará» al promotor Irvine Sellar si el edificio no llega a construirse. Esta declaración de apoyo resulta significativa en una ciudad que ha sido tradicionalmente hostil a los rascacielos, aunque su incandescente situación económica se manifieste hoy a través de una decena de proyectos de torres, entre las cuales al menos dos (ambas de discípulos de Foster) se proponen superar ligeramente los 450 metros del actual récord del mundo: el Greenbird de Future Systems y el Citygate del estudio m3, dos ideas que por ahora se desarrollan sólo en el terreno de las hipótesis. No es éste el caso de su maestro, que pragmáticamente ha sustituido la pugna de las marcas por la persecución de la innovación en su extraordinario proyecto de torre oval de 40 plantas para la aseguradora Swiss Re, apodado «el pepinillo», y que bajo su cariñosa denominación diminutiva oculta una propuesta de singular exactitud geométrica, sensibilidad ambiental y seducción estética.

En todo caso, la lucha por los récords tiene escenarios más verosímiles que Londres, y quizá ninguno tan obvio como Nueva York, que perdió en 1974 un cetro que había sostenido con mano firme desde las postrimerías del siglo XIX. El promotor Donald Trump, que seguramente sabe, como Joseph Rykwert, que el de la altura es el único concurso que de verdad interesa a los neoyorquinos, intentó recuperar el récord para la ciudad en 1996 con una torre de 150 plantas y 546 metros diseñada por KPF para la Bolsa, pero el proyecto fracasó, y el polémico millonario ha tenido que conformarse con levantar «el edificio residencial más alto del mundo», la Trump World Tower, un rascacielos de apartamentos de 90 plantas y 262 metros que ya eleva su esbelto prisma minimalista de vidrio oscuro sobre las Naciones Unidas, cuyo secretario general, Kofi Annan, fracasó en el intento de impedir la construcción del desconsiderado vecino.

La otra ciudad americana que ha ostentado la marca durante 22 años es Chicago, y también allí se cultiva el espíritu de revancha, agravado en su caso por la convicción de que Kuala Lumpur logró el registro con malas artes (las torres Petronas consiguieron que sus antenas se considerasen parte integral del diseño del edificio, incorporándolas así a un cómputo equívoco, ya que los pisos ocupados más altos de las torres malayas están 45 metros por debajo de sus equivalentes en la Sears de Chicago). Con el ánimo de devolver el récord a la ciudad, la firma SOM —que ya construyó allí hace treinta años las dos obras maestras del ingeniero Fazlur Khan, el edificio John Hancock y la torre Sears— ha proyectado en 7 South Dearborn un elegante rascacielos telescópico de 108 plantas y 472 metros de altura (610 con antenas) que traería de nuevo la marca a las orillas del lago Michigan.

Hace algún tiempo que la pugna por el récord de altura no se circunscribe a Nueva York y Chicago; las vigorosas economías de la costa pacífica de Asia han convertido sus ciudades en una tierra abonada para el rascacielos.

Y aunque las turbulencias monetarias y bursátiles periódicamente nublan el panorama del continente, Asia sigue siendo aún la tierra prometida para los arquitectos más ambiciosos, y el destino más prometedor para los capitales más inquietos. Allí propuso Foster su Torre del Milenio, un coloso de 150 plantas y 840 metros de altura para la bahía de Tokio que sigue aún en fase de desarrollo; allí ha terminado recientemente SOM su edificio Jin Mao, que levanta en Shanghai sus 420 metros de pagoda vertical, y allí ha proyectado también su torre Kowloon, una aguja facetada de 574 metros que, al borde de la bahía de Hong Kong, rendirá homenaje a la visionaria torre de una milla de Wright; y allí espera acabarse en 2005 el World Financial Center de Shanghai, la torre diseñada por KPF en forma de abrebotellas cósmico, y cuyos 460 metros sin trucos son por ahora la apuesta más segura para desbancar a las hábiles hermanas de Kuala Lumpur del primer puesto en la clasificación de las alturas. Pero habrá que seguir atentos a los índices de los mercados de valores, cuyas convulsiones son más devastadoras para los rascacielos que el peor terremoto: el perfil de la ciudad sigue siendo un eficaz sismógrafo financiero.


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