Sociología y economía 

Epifanía del perfume

La ciudad futura se anuncia en los centros comerciales, catedrales de una religión del consumo que coloniza con imágenes seductoras el viejo espacio urbano.

Luis Fernández-Galiano 
06/01/2001


Extraviados en la encrucijada del siglo, miramos hacia arriba buscando señales que nos guíen. Pero en la jungla urbana la vista sólo tropieza con las vallas que anuncian teléfonos, automóviles, relojes, licores o perfumes, orientando nuestros pasos hacia las basílicas del culto al consumo, donde los nuevos tiempos se manifiestan en su esplendor insolente. Esta epifanía del mundo sustituye el incienso y la mirra por las fragancias volátiles de las marcas de moda, que señalan con sus aromas los límites de una tierra prometida de felicidad carnal. Ocupando las capillas de las gigantescas catedrales horizontales que configuran el espacio público de nuestra época, los emblemas mercantiles del deseo construyen una arquitectura virtual del placer hedonista: cálidos interiores sin fachadas ni fatiga, órganos sin rostro que se ofrecen de forma permanente. Semejantes a naves espaciales o portaaviones azarosos, los conjuntos comerciales fondean en el territorio impreciso de las periferias, y al poco tiempo devienen el centro genuino, atrayendo a enjambres de vehículos que se adhieren a su perímetro como limaduras de hierro alrededor de un imán.

La actividad comercial configura el espacio público de nuestra época. Semejantes a naves espaciales o portaaviones, las catedrales del consumo construidas en las periferias devienen al poco en centros genuinos.

La fuerza magnética de las grandes superficies arrastra también a los arquitectos, capturados por la fascinación equívoca de estos colosales organismos que se multiplican sin medida, y seducidos asimismo por la capacidad insólita de las marcas comerciales para colonizar capilarmente las conciencias. Cada vez más jóvenes, ancianos y adultos desocupados hacen de esos espacios su ámbito de relación; y cada vez más personas percibimos el mundo a través del prisma del comercio. Con sus alumnos de Harvard, el holandés Rem Koolhaas ha estudiado la arquitectura comercial; y con la firma Prada ha procurado trasladar sus conclusiones a la práctica, diseñando para la empresa italiana las boutiques de Nueva York, Los Ángeles y San Francisco, además de su sitio en la red, Prada.com; un esfuerzo paralelo al de los suizos Jacques Herzog y Pierre de Meuron con la sede en Tokio y los almacenes y talleres de confección en Italia para la misma marca, o al de los japoneses Kazuyo Sejima y Ryue Nishizawa con las beauty shops de su cadena de tiendas. La promiscuidad entre la arquitectura, el arte, la moda y el consumo no sorprende ya a nadie, y con la misma naturalidad se acepta que Armani sea la estrella de la programación del Guggenheim o que Koolhaas colabore con Herzog y De Meuron para construir uno de los hoteles-boutique de Ian Schrager que hasta ahora se encomendaban al francés Philippe Starck.

Hace tiempro pronostiqué que los arquitectos acabarían dando su nombre a perfumes, y Óscar Tusquets me advirtió que el juguetón Starck sería el primero en hacerlo. Pero hoy el adusto Herzog propone colonias con olor a asfalto, y el subversivo Koolhaas emplea sus mejores energías en proyectar probadores para Prada, mientras teoriza que el shopping se ha convertido en el principal ritual de la vida moderna, la escalera mecánica en el más importante artificio arquitectónico de nuestro tiempo, y la publicidad urbana en el mejor medio para inscribir la cultura de las marcas en la conciencia pública. En ‘Mutations’, su exposición de Burdeos sobre la ciudad contemporánea, ­realizada con un equipo multidisciplinar y diseñada por Jean Nouvel, el holandés explora el impacto demoledor de la guerra, la información y el consumo; y es significativo comprobar que la devastación física y visual causada en las ciudades por la publicidad y el comercio no es inferior a la ocasionada por las catástrofes bélicas.

La ciudad americana se documenta en la exposición francesa a través de las extraordinarias fotografías aéreas de Alex S. MacLean, un intérprete refinado y crítico de las transformaciones del territorio que cambió sus estudios de arquitectura en la Graduate School of Design de Harvard por el pilotaje de su avioneta Cessna 182 y por la cámara, y que ha hecho por las mutaciones del paisaje lo mismo que el brasileño Sebastiaõ Salgado por las migraciones de las gentes: manifestar su abrumadora dimensión a través de un registro visual de conmovedora belleza, emoción y pertinencia. En sus imágenes de la geometría inesperada y salvaje de las periferias aparecen muchos centros comerciales como acorazados varados en parkings interminables, pero ninguno tan memorable como el Katy Mills Mall, fotografiado en 1999 para la revista de Houston Cite, donde el dócil serpenteo de la cinta de circulación que lo ciñe y el arbitrario perfil de su perímetro apenas disimulan su condición esquemática de arquitectura plana, aplastada contra el suelo como un personaje de dibujos animados transformado en calcomanía por una apisonadora desbocada.

La imagen desnuda de la modelo Sophie Dahl anunciando un perfume de Yves Saint Laurent se prohibió en Gran Bretaña. Del decreto que suprimía las vallas publicitarias de las carreteras españolas sólo se salvó el toro de Osborne.

Pero en el interior de esta extensión horizontal se oculta un poderoso remolino que succiona el tráfico de las autopistas aledañas y arracima los coches en torno suyo, deglutiendo a los pasajeros en un vientre luminoso de espacios planos y experiencias planas. En su última novela, el portugués José Saramago ha comparado los centros comerciales con la caverna platónica, y ha deplorado su trivialidad superficial; pero no ha ocultado que ser expulsado de ellos, como le ocurre a su alfarero, equivale a ser arrojado a los márgenes de la ciudad y de la vida civilizada. Bajo la apariencia plana del mall, en efecto, palpita un órgano deseable que está alterando con sus pulsos gravitatorios la constelación de objetos y el tejido de redes que forman la ciudad, y que atribuye al centro comercial una posición central en la nueva galaxia urbana. El ácido escritor francés Michel Houellebecq, que ha descrito una sociedad compuesta de «partículas elementales» en desigual competencia por el éxito económico y sexual, piensa que sólo podemos entender el mundo actual como un supermercado, y argumenta que el programa de la arquitectura contemporánea no es otro que el de «construir las secciones del hipermercado social».

Pesimistas ambos en su diagnóstico, Saramago y Houellebecq difieren sin embargo en su actitud, que inevitablemente evoca las de sus personajes: arcaica y resistente la del portugués, cuya integridad esencial resulta tentador vincular con la contundencia material de los arquitectos suizos, entre los cuales el Herzog nutrido por la tenacidad del paisaje y de lo orgánico; neurótica y narcisista la del francés, cuya agitación acomodaticia y cuya cruzada desganada contra el liberalismo libidinal tiene puntos de contacto con la supermodernidad descreída de los arquitectos holandeses, entre los cuales el Koolhaas esquizofrénico de las boutiques y el espacio basura. Y si Herzog y Koolhaas compitieron en Tenerife —con victoria por K.O. para el de Basilea—, los dos escritores han compartido territorio literario en otra isla canaria, Lanzarote; pero donde Saramago es consciente de habitar la belleza mineral de un paisaje insurrecto frente al expolio, Houellebecq entiende la isla como un escenario vacío para el safari fotográfico y las aventuras eróticas de un turista accidental: en el centro del mundo, es cierto; pero de un mundo que se sabe «de talla mediana».

Es posible que el francés no sepa que Lanzarote fue teatro de una sublevación contra la colonización comercial del territorio, derribando la primera valla de publicidad que se instaló en la isla, y consiguiendo así protegerse de esa cacofonía profana que prolifera en nuestras ciudades inermes —ayer en los solares, hoy en las lindes de parques y jardínes, mañana en cada árbol y en cada nube—. Una invasión consentida que sólo resulta polémica cuando la imagen expuesta ofende al pudor de algunos o a la ortodoxia política de otros, pero nunca cuando degrada el paisaje o ensucia la ciudad. Un ministro socialista eliminó hace ya muchos años las vallas publicitarias de las carreteras españolas, y esa acción benemérita fue menos elogiada que el posterior y acertado pentimento de indultar al toro de Osborne. Hoy el Reino Unido ha prohibido el anuncio de un perfume de Yves Saint Laurent que muestra desnuda a la modelo Sophie Dahl, y la polémica se ha centrado más en la ridícula pudibundez de los británicos que en la metástasis imparable de las vallas urbanas.

ibiamente erótico como cualquier reclamo de perfume —Calvin Klein o Rochas, Dior o Dolce & Gabbana— y menos sexualmente explícito que los de Gucci Carolina Herrera, el anuncio censurado es una representación emblemática de la promesa de placer del consumo a través del cuerpo maquillado y alhajado que se ofrece entreabierto, y donde sólo el arabesco caligráfico de la piel pálida sobre el raso oscuro diferencia sensual y estéticamente a la modelo de las castas burbujas doradas de Freixenet. Si decidiéramos abolir las vallas publicitarias urbanas, quizás algunos propondrían indultar a Sophie Dahl; no sería una mala solución de compromiso. El toro de Osborne podría raptar a una doncella británica vestida sólo con una gota de perfume francés, y esa imagen de Europa serviría para ilustrar el continente plano y seductor del tercer milenio, mientras los su-pervivientes del milenio anterior nos extinguimos dulcemente en ciudades arcaicas indultadas a su vez del impacto obsceno de las vallas. Sería un buen cuento de Navidad, y un mejor regalo de Reyes.


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