Necesitamos el vacío como necesitamos el silencio. La fatigosa polémica de la España vacía llama la atención sobre la despoblación de una parte del territorio, pero no explica las ventajas de disponer de espacios geográficos no colonizados por la urbanización en tapiz. Algunos activistas prefieren hablar de la España vaciada para situar la culpa en el poder de atracción que ejercen las ciudades, y omiten mencionar que las gentes votan con los pies. La gravitación metropolitana nos ha reunido a muchos en urbes compactas, dejando atrás el silencio geográfico del territorio poco poblado. La cacofonía de la agitación ciudadana y la beatitud plácida de la provincia son caricaturas de una tensión que también podría formularse entre un crisol de estímulos y un lugar detenido en el tiempo. Sin embargo, en ese mismo campo coexisten hoy las actividades nuevas que documenta la exposición de Rem Koolhaas en el Guggenheim y las explotaciones agrícolas cuya precaria competitividad ha llevado los tractores a las carreteras.

Se reprocha que las infraestructuras jerarquizan el territorio privilegiando sus nodos, pero antes que ellas lo hacen la orografía y los recursos hídricos, y no parece fácil imponer una malla homogénea sobre una península abrupta, atravesada por cadenas montañosas y tensionada por las costas y los valles de los grandes ríos. La diversidad de la trama ofrece enclaves de muy diferentes características en su forma de vida y en las oportunidades que abre, y la población se distribuye modificando las inercias del origen para adecuarse a las inclinaciones de cada cual, sabiendo que no puede reclamarse silencio en la metrópoli ni estrépito en la aldea. Más allá de la razonable provisión de servicios mínimos, la España vacía no puede demandar aeropuertos, trenes de alta velocidad, teatros de ópera o grandes estadios, porque esas dotaciones son inseparables de la densidad, lo mismo que la España llena debe aceptar que su privilegiada oferta educativa, cultural o sanitaria es poco compatible con el sosegado transcurso de la vida rural.

El empeño en llenar los espacios vacíos no es diferente al que impulsa a dedicar cada fracción de tiempo al esfuerzo productivo, ignorando que nuestros cuerpos y nuestras mentes, lo mismo que la tierra de cultivo, necesitan periodos de barbecho, de paseos ociosos y divagaciones distraídas. Por eso cabe reclamar el vacío no desde el despojamiento del místico o el laconismo minimalista, sino desde el desdén por la retórica optimización del tiempo o el espacio, un productivismo vacuo y estéril que llena territorios y vidas de actividad insomne. Pero el vacío tiene peor prensa que el silencio, y es más fácil elogiar la España silenciosa que la España vacía, porque el segundo término connota pérdida y ausencia, mientras que el primero se inscribe en la estirpe prestigiosa de los grandes callados, que rehúsan hablar para no verse arrastrados por la palabrería hueca que resuena en los medios y en las redes. Al cabo, sobrevivimos al vendaval de los tiempos en las pausas de la historia y en las oquedades del paisaje.

Madrid 014, foto tomada desde la cabina de un Airbus A320 en la zona de Campo Real (Madrid) 


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