Gente 

Diario de difuntos

El mes es apropiado para rendir homenaje póstumo a los arquitectos fallecidos durante un año en el que también han desaparecido figuras como Chillida.

Luis Fernández-Galiano   /  Fuente:  el País
30/04/2003


El día de difuntos demanda un ejercicio de memoria, porque los muertos sólo viven mientras seguimos hablando con ellos. Este año, el primero tras la hecatombe de las Torres Gemelas, ha segado su cosecha habitual de biografías cumplidas y demediadas, ha clausurado un haz de trayectos vitales con estruendo o en silencio, y ha interrumpido el itinerario en el mundo de personajes que han alterado el curso de la arquitectura a través de las instituciones o del arte. Así, pocas vidas habrán quedado tan hermosamente cerradas como la de Pierre Vago, fundador de la UIA, que murió a los 92 años tras una biografía esmaltada de peripecias; y pocas tan tristemente cercenadas como la de Yorgos Simeoforidis, animador de los premios Europan, cuyo corazón se paró a los 46 años durante uno de sus frecuentes viajes. También pocas ejecutorias tan justa y copiosamente celebradas como la de Pedro Casariego, que murió días antes de inaugurarse una exposición sobre su trabajo; y pocas tan deplorablemente ignoradas como la de José Luis García Fernández, que desapareció dejando tras de sí una formidable labor de investigación de la arquitectura y el urbanismo hispánico. Por último, pocas figuras tan influyentes en la institucionalización de la cultura como J. Carter Brown, que transformó los museos contemporáneos y presidió el jurado del premio Pritzker hasta su muerte prematura; y pocas tan determinantes en la exploración de materia y espacio como Eduardo Chillida, que construyó con el pensamiento y la mano las arquitecturas esenciales resumidas en Zabalaga, un testamento en el paisaje que felizmente pudo llegar a completar.

El pórtico del cementerio esloveno de Novo Mesto, obra de Ales Vodopivec, rinde homenaje al que Plecnik levantó en el camposanto de Zale, en Ljubljana, e inscribe el duelo en la naturaleza con el eco vertical del bosque.

Cosmopolita, vitalista y políglota, Pierre Vago pasó la infancia en su Budapest natal y la adolescencia en Roma, convirtiéndose en francés de adopción tras sus estudios de arquitectura en París, donde fue sucesivamente alumno de Auguste Perret, redactor jefe de L’Architecture d’Aujourd’hui, miembro de la Resistencia, fundador en 1948 de la UIA y arquitecto singular de iglesias con estructuras nervadas de hormigón. Tituló su autobiografía Una vida intensa, y cuando le conocí en 1988 conservaba íntegra la energía afable y la curiosidad del político e intelectual que puso su talento al servicio de la dimensión pública y social de la arquitectura. Como a Françoise Choay, que nos acompañaba en aquellas jornadas sevillanas, le apasionaba la pasión, y ése sea quizá su mejor epitafio.

También crítico, periodista y trotamundos, el arquitecto griego Yorgos Simeoforidis estudió en Florencia, en Filadelfia y en Londres para convertirse en un europeo errante, organizador de concursos y editor esporádico en Atenas, profesor en Viena, Delft, Barcelona o Milán, y activo promotor de los premios Europan para los jóvenes arquitectos del continente. Nos encontrábamos de tarde en vez por las encrucijadas de este espacio europeo que había convertido en su domicilio plural, y compartimos numerosas sesiones en el Instituto Berlage cuando todavía estaba alojado en el extraordinario orfanato de Aldo van Eyck en Amsterdam. Yorgos había sustituido recientemente a Ignasi de Solà-Morales como profesor en la escuela suiza de Mendrisio, y en ese lugar habría de morir; como su predecesor, de un ataque al corazón y lejos de casa.

Arquitecto honorario, el escultor Eduardo Chillida deja tras de sí una poética del espacio que se plasmó en obras tan intensas como el Peine del Viento en San Sebastián (portada), una intervención paisajística frente al Cantábrico.

Admiré la obra de Pedro Casariego desde el día lejano en que Alejandro de la Sota nos llevó a visitar el edificio Centro, acaso el mejor proyecto de los innumerables que realizó en Madrid con su socio Genaro Alas; los entonces estudiantes conocíamos ya el icono transparente de la fábrica Monky, y el rigor moderno de aquel despacho tan profesional habría de servir como una referencia adusta. Pedro era sin embargo de carácter dulce, y en su posterior tránsito por las aulas dejó en la Escuela de Arquitectura de Madrid una huella de amable elegancia. Profesor indeciso, nunca me impresionó tanto como en los días que siguieron a la trágica muerte de su hijo, un abismo de dolor que se esforzaba en transmutar en serena despedida. Ahora es el momento de la suya, tras una vida fértil y laboriosa que lo mantuvo activo hasta su término.

Siempre pensé que algún día se reconocerían los méritos de José Luis García Fernández, pero cuando supe de su muerte varias semanas después de producirse comprendí lo infundado de mi esperanza. Dibujante excepcional, inventarió el patrimonio español con un ingente trabajo de campo que cristalizaba en documentos gráficos de emocionante belleza y precisión, y que lo llevaron a convertirse en un singular investigador de la arquitectura popular y de la historia urbana de la Península.A principios de los ochenta edité su monumental La plaza en la ciudad, y el trato frecuente de aquella etapa me hizo descubrir la dimensión minuciosa y oceánica de su exploración compulsiva, que en buena parte ha quedado inédita, y que merecería ahora el apoyo de una institución más interesada en el con-tenido genuino que en el ruido mediático.

Aristocrático y populista, J. Carter Brown será sobre todo recordado como el director de la National Gallery de Washington que, con la ampliación de I.M Pei y las grandes exposiciones monográficas, convirtió el museo en un referente de la arquitectura de autor y el turismo de masas; pero su íntima conexión con las élites del poder y el dinero, y su prestigio como ‘ministro oficioso de cultura’ de los Estados Unidos, le permitieron también hacer del premio Pritzker el más codiciado galardón de la arquitectura. Le conocí, por medio de Carlos Jiménez, en la última ceremonia del premio a la que pudo asistir, y durante nuestra cena juntos me instruyó sobre el urbanismo de Washington y el polémico monumento que entonces promovía en el Mall para conmemorar la II Guerra Mundial, «la mayor epopeya de la historia humana»; su leucemia estaba ya avanzada, pero en su conversación esmaltada de proyectos no había trazas de melancolía.

García Fernández realizó un inventario patrimonial español en dibujos de emocionante exactitud (arriba); y Casariego profesó el rigor moderno en construcciones como el icono transparente de la fábrica Monky (abajo).

Más arquitecto que la mayoría de nosotros, Eduardo Chillida concluyó su casa-museo en Hernani antes de que la muerte intelectual y biológica clausuraran su trayecto, un itinerario tan consistente que reúne el final con el principio, permitiendo rellenar las lagunas del relato como si toda su obra fuese simultánea. Hay quienes piensan que la vigencia de los artistas se limita al momento en que alumbran un lenguaje, pero la prodigiosa perfección de la mirada de Chillida y la naturalidad con la que alcanza la proporción impecable y el equilibrio exacto animan a creer en la belleza intemporal.Tuve el privilegio de conocerle a través de su amigo el arquitecto donostiarra Luis Peña Ganchegui, y el escultor abrió generosamente las puertas del Chillida-Leku en construcción a un grupo de estudiantes que escuchaban con veneración sus explicaciones metafísicas y líricas sobre la materialidad del espacio; no es difícil entender por qué los arquitectos han sentido su desaparición como propia.

En el caleidoscopio de estas seis biografías percibimos la fugacidad imprecisa de las huellas en el tiempo, y la equívoca perspectiva de las jerarquías del aprecio. Destacada en la primera página de The New York Times, la muerte de Carter Brown pasó casi desapercibida en España; por contra, el homenaje clamoroso con que nuestro país ha despedido a Chillida contrasta con el silencio de revistas como The Economist, que sin embargo dos semanas después dedicaba su página de obituarios al empresario taurino Manolo Chopera. Al final no existe supervivencia más valiosa que la del afecto en la memoria, ese tiempo desvanecido que Proust nos enseñó a buscar en los sabores y en los lugares, y que nos golpea a distancia con la intensidad de la pérdida. Mi propio padre murió en mayo, y he tardado muchos meses en advertir su ausencia, como imagino que nos demoraremos también en aceptar las muertes de tantos interlocutores, adheridos en la memoria a espacios que fueron instantes, y como lo veo a él en su última tarde, veo a Pierre Vago en el torno del convento de San Leandro, a Yorgos Simeoforidis en el laberinto ordenado del orfanato, a Pedro Casariego entre los tableros de la Escuela de Arquitectura, a José Luis García Fernández inclinado sobre la mesa de su despacho doméstico, a J. Carter Brown frente al Monticello de Jefferson y a Eduardo Chillida midiendo con los brazos y la vista la casa y los senderos de Zabalaga. Como Proust en el camino de Swan, «el recordar una determinada imagen no es sino echar de menos un determinado instante, y las casas, los caminos, los paseos, des-graciadamente son tan fugitivos como los años.»


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