Caminantes

Caminantes


El estadounidense Craig Dykers y el noruego Kjetil Trædal Thorsen han recorrido un largo camino en un cuarto de siglo. Desde el concurso de la Biblioteca de Alejandría en 1989 hasta la inauguración en Nueva York del Pabellón Memorial del 11 de septiembre en 2014, los fundadores de Snøhetta han vagado como los personajes de Knut Hamsun a la sombra de la capucha de nieve de su nombre elegido, en un itinerario sin otra brújula que el paisaje y la vida. Ayunos de identidad formal, pero desbordantes de intensidad proyectual, han sabido fertilizar su diversidad cultural con el espíritu cívico escandinavo en las cubiertas transitables de su colosal Ópera de Oslo, y sus diferentes orígenes con el amor a la naturaleza del mundo nórdico en el cálido interior del diminuto Pabellón del reno salvaje: dos obras antagónicas en su localización, propósito y escala, y sin embargo subterráneamente vinculadas por su sensibilidad escultórica y su celebración de la vida humana o animal.

Con oficinas en Oslo y Nueva York —y estudios en San Francisco, Innsbruck y Singapur—, Snøhetta se ha convertido en una marca global sin perder sus testarudas raíces noruegas; ha sido capaz de obtener el reconocimiento de galardones internacionales tan diferentes en su enfoque como el Premio Aga Khan (en 2004 por la Biblioteca de Alejandría) y el Premio Mies van der Rohe (en 2009 por la Ópera de Oslo); y ha extendido su trabajo desde las grandes construcciones monumentales hasta el diseño gráfico, del que son buen ejemplo los nuevos billetes noruegos, que representan con musical abstracción los paisajes míticos de un país que encabeza todos los rankings de riqueza y desarollo humano. Impulsada por el maná del petróleo, pero también por un pragmatismo que combina la pertenencia a la OTAN con el rechazo de la Unión Europea, la Noruega de hoy puede mirarse en el espejo de Snøhetta como la del pasado reciente lo hizo en el de Sverre Fehn.

Estas luces del norte iluminan un trayecto colectivo en el que no han faltado las sombras. La Noruega romántica y popular del músico Edvard Grieg fue también la que retratan los dramas de Henrik Ibsen, de Casa de muñecas a El pato salvaje: el siglo XIX no se reduce a la fantasía de Peer Gynt; el país primitivo y esencial de Hamsun se reconocería igualmente en la angustia expresionista del pintor Edvard Munch; y los paisajes líricos de Fehn coexistirían con el mundo tenebroso del Black Metal. Snøhetta, una aventura creativa noruega y global, exhibe los mejores rasgos de una nación modélica, pero se enfrenta también a la erosión de los valores en la sociedad contemporánea que han documentado sus novelistas policíacos, desde Jo Nesbø, Karin Fossum o Kjell Ola Dahl hasta Anne Holt, exministra de Justicia de un país que perdió la inocencia con la matanza de Utøya, y que aquí homenajeamos con la madera noruega y los bueyes almizcleros de estos caminantes tenaces.

Luis Fernández-Galiano   


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