Jean Prouvé (1901-1984) es una figura clave de la arquitectura y el diseño del siglo XX. Desde sus comienzos en la forja de elementos de edificios y en la producción de muebles metálicos, y hasta su última etapa de desarrollo del muro cortina y de las estructuras en celosía, el artesano y fabricante francés dedicó su fértil talento creativo a la reconciliación del arte y la industria. Asociado a los más importantes arquitectos e ingenieros de su tiempo, Prouvé se consideraba sobre todo constructor, y de su destreza inventiva dan testimonio edificios tan exactos como el Club de aviadores Roland Garros, la Casa del Pueblo en Clichy, el Pabellón del Aluminio o la nave de bebidas de Évian: en todos ellos la imaginación técnica se pone al servicio de la función y la economía, estableciendo una continuidad sin suturas entre los procesos de fabricación y la puesta en obra.

Formado en el contacto íntimo con los materiales, Prouvé quiso desdibujar los límites entre el proyecto y la construcción, porque entendía que el diseño —fuera el de una silla o el de un elemento estructural— era inseparable de la realización de prototipos y su verificación en fábrica. Como Buckminster Fuller, soñó con ser el Henry Ford de la vivienda, aplicando a la construcción residencial los métodos de la industria del automóvil; y al igual que el visionario norteamericano, sus propuestas estuvieron por delante de su tiempo. Esa aventura interrumpida dejó tras de sí los alojamientos de emergencia 6x6, las casas Standard, la Maison Tropicale o el prototipo de casa para el Abate Pierre, extraordinarios ensayos de prefabricación cuyas enseñanzas se aplicarían también en obras singulares como su propia casa en Nancy o la residencia Seynave en la Costa Azul.

A lo largo de su itinerario vital, Prouvé desarrolló su propio alfabeto estructural y transformó la forma de concebir las fachadas, pero quizá su aportación más relevante sean los nuevos usos que dio a su material favorito, la chapa plegada, en la arquitectura o el mobiliario. Fiel a su ética de la relación entre las necesidades y los medios, extendió sus convicciones constructivas a la organización comunitaria de sus talleres o sus fábricas, e incluso al compromiso cívico de su militancia en la Resistencia durante la ocupación alemana, que tras la Liberación le llevaría a la alcaldía de Nancy. Pero esa ética de lo necesario, expresada en sus obras por el ajuste preciso entre la forma y el esfuerzo, estuvo siempre matizada por una intuición estética, que dota de dimensión artística a unos objetos concebidos en el marco de la industria, y que devienen así belleza fabricada.

Aero-club Roland Garros en Buc


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