Hace medio siglo, el 23 de agosto de 1966, el satélite Lunar Orbiter 1 transmitió a la estación espacial de Robledo de Chavela la primera fotografía de la Tierra vista desde la Luna, una imagen en blanco y negro, y todavía de baja resolución. Dos años después, el 24 de diciembre de 1968, la tripulación del Apolo 8 apretó el disparador de la cámara para obtener una imagen mítica, la ‘salida de la Tierra’ contemplada desde la órbita lunar. Y por fin, el 7 de diciembre de 1972, el Apolo 17 fotografiaría el globo terrestre completamente iluminado a unos 45.000 kilómetros de distancia, y la ‘canica azul’ se convertiría en un símbolo para los movimientos alternativos, al mostrar vívidamente el destino común de la humanidad en la ‘nave espacial Tierra’, como la denominara visionariamente Buckminster Fuller. El joven Steward Brand, que ya en 1966 había hecho campaña para que la NASA hiciera pública la imagen de nuestro planeta desde el espacio, publicaría entre 1968 y 1972 el Whole Earth Catalog, que devendría la ‘biblia’ de la contracultura, y cuya portada mostraría sucesivamente la ‘Earthrise’ y la ‘Blue Marble’.

La trascendencia que tuvieron estas imágenes para la percepción colectiva de la relación con el planeta que nos alberga puede repetirse hoy con la adopción por la comunidad científica de una nueva denominación geológica: la decisión de llamar Antropoceno a la época del periodo Cuaternario que se inicia a mediados del siglo XX con la multiplicación de las pruebas nucleares está llamada a tener un impacto semejante al de ver por vez primera la Tierra desde el espacio. El ‘Antropoceno’ es la ‘Blue Marble’ de este siglo, porque tanto la palabra como la imagen transmiten el mismo mensaje: la fragilidad de nuestro planeta y la necesaria solidaridad entre los habitantes de esta casa común, que tanto hemos hecho por degradar, y de la que somos inevitables pasajeros en su viaje por el espacio y por el tiempo. Si el anterior número de Arquitectura Viva llevaba en portada una imagen del planeta, y mi presentación se ilustraba con la ‘Earthrise’ de 1968, en este número que complementa y extiende aquel parecía obligado resumir gráficamente mi texto de introducción con la ‘Blue Marble’ de 1972.

Cuando se tomó la imagen del Apolo 8 estaba en el primer curso de la Escuela de Arquitectura, y en el último cuando se capturó la del Apolo 17, así que es fácil entender cómo esta visión global y alternativa —alimentada después por las crisis del petróleo de 1974 y 1979— nos sedujo a tantos de mi generación. Aquí, para explorar los desafíos que abre ante nosotros el estado del mundo, he elegido reproducir un discurso académico redactado hace cinco años y acaso aún vigente. En su discurso de contestación, Rafael Moneo lo vinculaba con un libro juvenil, El fuego y la memoria —«todo un programa, por no decir un manifiesto»— y subrayaba su «mensaje de implícito optimismo», que ante la realidad dramática del Antropoceno proponía una estética termodinámica y una ética ecosistémica. Ojalá nuestros lectores lo hallen también optimista, por más que se mueva «entre la Escila antrópica y la Caribdis entrópica, entre un mundo modelado enteramente por el hombre y un tiempo que implacablemente desbarata vidas y obras»: apenas un manifiesto menor para una emergencia mayor. 


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