Premios 

Francisco Mangado, Premio Francisco de Javier 2021

Francisco Mangado, Premio Francisco de Javier 2021
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Francisco Mangado, Premio Francisco de Javier 2021

Fuente:  Navarra
27/10/2021


La presidenta del Gobierno de Navarra, María Chivite, ha entregado este lunes en Madrid el Premio Francisco de Javier 2021 al arquitecto Patxi Mangado, cuya figura ha ensalzado como "embajador de Navarra".

"Portador de esa rasmia con la que en Navarra llamamos al tesón, su fuerza y convicción contagiosas acerca de lo que ha de ser la buena arquitectura y su incontenible generosidad lo hace un gran embajador de Navarra. Como decía Francisco de Javier, 'si no tengo barco, iré nadando", ha destacado Chivite durante la entrega del reconocimiento en un acto celebrado en el Museo Lázaro Galdiano. 

En su discurso de agradecimiento, el galardonado ha aludido a la colaboración público-privada en el campo de la arquitectura para contribuir a la consecución de una sociedad mejor, colaboración de la que ha puesto como ejemplo la que le unirá al él mismo y al Gobierno de Navarra en el proyecto del Centro de Industrialización y Robótica de la Construcción, que se financiará con los fondos europeos Next Generation...

Navarra premia al arquitecto Patxi Mangado por su trayectoria en el campo de la arquitectura

Luis Fernández-Galiano leyó la laudatio en el acto celebrado en el Museo Lázaro Galdiano de Madrid:

Laudatio Francisco Mangado

Se celebra este año el cuarto centenario de la adopción por Navarra de Francisco de Javier como patrón, y es una coincidencia feliz que el premio que lleva su nombre recaiga en Francisco Mangado, un arquitecto torrencial que ha llevado por el mundo el testimonio de su condición navarra, en su caso predicando el evangelio de la arquitectura, de la que ha dejado tan excelentes muestras en la tierra donde vive y trabaja. Arquitecto de la materia y del paisaje, Mangado ha sabido conciliar su proyección internacional como constructor y como pedagogo con su fidelidad testaruda a Navarra, donde ha dado forma a algunas de sus más relevantes instituciones y donde ha creado una escuela de rigor constructivo y exigencia estética cuyas huellas se advierten por doquier.

Escribí por primera vez sobre su trabajo hace casi 30 años, introduciendo una monografía que publicó una editorial catalana, y hoy compruebo cómo, de forma casi inadvertida, aquel joven y prometedor arquitecto se ha transformado en un maestro. Con más de 35 años de carrera a sus espaldas, Francisco Mangado no es ya el representante arquetípico de aquella joven generación española que ingresó en las escuelas de arquitectura al mismo tiempo que se alumbraba la democracia, y que inició su vida profesional coincidiendo con las ilusiones políticas de los primeros gobiernos socialistas y con la prosperidad económica de la segunda mitad de los años ochenta. Esa generación pragmática y plural, sin otra adscripción definida que a una cierta abstracción lírica ni otra fidelidad notoria que a un impreciso realismo constructivo, ha conocido la decepción política y la crisis económica, fragmentándose en un haz de trayectorias individuales donde la de Mangado es una de las más destacadas, probablemente la más prolífica, y sin duda alguna la más enérgica en su activismo pedagógico.

Convertido en un maestro constructor que ha dejado su impronta en un sinnúmero de promociones de la Universidad de Navarra —compartiendo la vocación docente de buena parte de sus coetáneos, pero también en la tradición académica de sus paisanos Francisco Javier Sáenz de Oíza o Rafael Moneo—, Mangado ha concebido su formidable acervo de obras en diálogo permanente con una inquietud social y política, manifiesta en su Fundación Arquitectura y Sociedad, que le mueve a perseguir en el proyecto una disciplinada responsabilidad técnica y económica más bien que a delinear una carrera basada en la autoría y el lenguaje.

Es esa voluntad pedagógica —que con todo no excluye que la consistencia de su trayecto lo vaya haciendo autor malgré soi— la que transmiten sus obras más relevantes de las últimas dos décadas, desde la sabiduría contextual del Baluarte de Pamplona hasta la ejemplaridad ecológica de la sede de Norvento en Lugo, pasando por la exacta materialidad del Museo Arqueológico de Álava, la voluntad topográfica del Centro de Congresos de Ávila, la inteligencia espacial del Auditorio de Teulada, la conciliación programática del estadio de Palencia, la elocuencia representativa del Pabellón de España en Zaragoza, el respeto a la naturaleza en la hípica de Ultzama, el diálogo con el patrimonio en el Museo de Bellas Artes de Asturias o la reconciliación de escala y urbanidad en el Palacio de Congresos de Palma: diez obras que conjuntamente son una expresión coral de los logros y las mudanzas experimentadas por la profesión y el país durante esta última etapa.

La tenaz determinación y apasionada exigencia de Mangado le han permitido evitar el ensimismamiento de los arquitectos que sacrifican las prosaicas demandas del programa, el presupuesto o los plazos en el altar equívoco de la creación artística. Llegado a una fértil madurez, Mangado ha sabido hallar un raro equilibrio entre el refinamiento estético y las lógicas convergentes del cliente y la ciudad: un pacto entre la emoción y la razón que hace de la arquitectura un arte útil, y de su práctica una profesión de servicio.

Luis Fernández-Galiano



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