Cultura material

Luis Fernández-Galiano 
01/01/2016


La cultura arquitectónica es pensamiento material, y pocas obras lo expresan tan bien como las que a lo largo de un cuarto de siglo se han concebido en el estudio dublinés de Sheila O’Donnell y John Tuomey. La pareja irlandesa aspira a levantar edificios sin edad, obras que alcancen una dimensión intemporal a través de su exacta lectura del programa y su cuidadosa adecuación al entorno, y no hay herramienta mejor para lograr este propósito que articular los usos y el lugar mediante la materialidad de la arquitectura. Autores de una secuencia sin suturas de obras a menudo tan modestas en sus dimensiones físicas como ambiciosas en su intención estética, los arquitectos emplean materiales tradicionales con una sintaxis moderna, detallando los encuentros con seca elegancia, e insertando la construcción nueva en el tejido urbano existente con la misma naturalidad con la que los nuevos usos añaden sus notas en sordina a la música rumorosa de la vida cotidiana.

Esta cultura material lo es pues de la construcción, pero no en menor medida del programa y el lugar, que se interpretan desde una visión humanista para orquestar las necesidades del cliente y las exigencias del entorno mediante las fábricas del edificio, en un diálogo minucioso con todos los actores implicados en este empeño coral, y muy especialmente con los operarios que intervienen en la fabricación y puesta en obra de los diferentes elementos. La dimensión pública y social de la arquitectura de O’Donnell y Tuomey, que se localiza sin dificultad tanto en su sensibilidad urbana como en su oído atento a las demandas cívicas, reside igualmente en ese protagonismo del diálogo a múltiples bandas, capaz de enriquecer los proyectos con gestos inesperados o innovaciones materiales que se amalgaman sin esfuerzo con el sólido bagaje de referencias de su formación académica en Dublín y profesional en Londres, donde trabajaron en la oficina de James Stirling.

Representantes ejemplares de la nueva arquitectura irlandesa, O’Donnell y Tuomey han sabido enfrentarse a la extrema volatilidad de la hiperglobalizada economía del país —que tras la burbuja inmobiliaria y del crédito donde se gestó ‘el tigre celta’ sufrió el desplome y el rescate, para volver a surgir hoy de forma impetuosa como base europea de multinacionales farmacéuticas o tecnológicas estadounidenses, desde Pfizer hasta Apple, Facebook o Google, resucitando de sus cenizas para merecer el nombre de ‘el fénix celta’— mediante la continuidad callada y el imperturbable arcaísmo de su lenguaje material, que remite a las constantes físicas y climáticas de una nación mítica, más literaria que artística, y donde el paisaje conforma su identidad más reconocible y permanente. Pero la Irlanda onírica de Yeats es hoy un emporio mudable de la economía digital, y sólo la defensa tenaz de su cultura material puede otorgar estabilidad a su azarosa singladura reciente.

Luis Fernández-Galiano


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