Comparaciones odiosas

Comparaciones odiosas

Comparaciones odiosas

30/04/1999


El parque Güell de Antoni Gaudí

Harold Bloom asegura que el juicio crítico finalmente se expresa en valoraciones: ¿Mejor, peor, igual? Si en la pugna entre Madrid y Barcelona usamos ese criterio, ¿qué puede aventurarse? A riesgo de la caricatura, he aquí algunas odiosas comparaciones.

¿Cerdá o Arturo Soria? Según Françoise Choay, Ildefonso Cerdá es el fundador de una disciplina, el urbanismo. Ante esas credenciales palidece cualquier competidor. Además, el Eixample barcelonés es más inteligente y generoso que el madrileño barrio de Salamanca. Pero el Plan Cerdá no es muy distinto del contemporáneo Plan Castro madrileño; aunque hay que reconocerle la ambición insólita de su Teoría General de la Urbanización, Cerdá es más sistematizador que innovador. En contraste, y aun teniendo en cuenta que es muy posterior, la Ciudad Lineal de Arturo Soria es una aventura intelectual e inmobiliaria que conmueve por su vanguardismo iluminado, precedente de las ciudades-jardín británicas y de las utopías desurbanistas soviéticas.

¿Gaudí o Palacios? En este apartado Barcelona gana por goleada. No ya sólo Gaudí, cuyo genio extremo y arcaico lo sitúa en una dimensión diferente, sino incluso Domènech i Montaner es un arquitecto más estimulante que Palacios. El modernismo catalán en su conjunto respira un aire de libertad que no se encuentra en la retórica académica madrileña. Antonio Palacios, un cuarto de siglo más joven que Domènech, hace arquitectura más vieja. Hay más atrevimiento en el interior del Café-restaurante, construido cuando Domènech no era aún modernista y Palacios era un niño, que en toda la obra del pontevedrés afincado en Madrid. Si Domènech no hubiese compartido tantos intereses políticos y sociales, y si hubiese tenido por la arquitectura la misma devoción que Gaudí, quizá hoy no sabríamos cuál de los dos catalanes fue mayor arquitecto.

¿Sert o Zuazo? Las enciclopedias dedican más espacio al barcelonés que al bilbaíno, y quizá con razón. Pero el urbanista, arquitecto y pedagogo Sert se beneficia del crédito de su larga carrera americana; al examinar su obra, es difícil no sentir fatiga ante su testaruda admiración por Le Corbusier. Del racionalismo canónico de sus proyectos republicanos a la modernidad mediterránea de la obra tardía, el radical Sert se nos antoja hoy ortodoxo en su disciplinada fidelidad a lo nuevo. Es posible que la vivienda obrera y la burguesa no sean comparables, pero el mimetismo esquemático de la Casa Bloc se desdibuja frente a la inteligencia tipológica de la Casa de las Flores. Quince años mayor que el catalán, Zuazo proyecta el edificio y la ciudad con un rigor más contemporáneo; y si en la balanza añadimos las cáscaras de hormigón del gran ingeniero Eduardo Torroja, el racionalismo cerámico madrileño adquiere una gravedad que no posee la modernidad blanca de Barcelona.

El genio extremo y arcaico de Antoni Gaudí (arriba, el parque Güell) y la cultura proyectual de Moneo (abajo, Museo Romano de Mérida) son los extremos cronológicos del diálogo entre Barcelona y Madrid.

Museo Romano de Mérida de Rafael Moneo

¿Coderch o Sota? José Antonio Coderch tuvo un privilegio del que no disfrutó Alejandro de la Sota: difundir su obra a través de las fotografías de Francesc Català Roca. Es sabido que la fortuna crítica de muchos arquitectos reside en sus fotógrafos; y para toda una generación barcelonesa, Català Roca fue un lujo del azar. Con todo, Coderch sobresale entre sus contemporáneos catalanes; pero el panorama en el que destaca está achatado por las circunstancias de la posguerra. En contraste, el paisaje madrileño de Sota está erizado de talento, de Cabrero y Fisac hasta Oíza o Molezún; en ese contexto, Sota construye un personaje seductor que fascina a sus alumnos con su extrema radicalidad funcionalista: el mito no lo construyen los fotógrafos, sino los discípulos. Acaso por este motivo, si de Coderch nos quedan las imágenes, el mejor legado de Sota son probablemente las ocurrencias.

¿Bofill o Moneo? El más cosmopolita de los barceloneses y el más internacional de los madrileños son dos arquitectos que, como corresponde al carácter deslocalizado y difuso de la práctica contemporánea, han intervenido significativamente en la ciudad del otro. Rafael Moneo transformó la Escuela de Barcelona durante su tránsito docente por la misma, y ha construido en la Diagonal barcelonesa un bloque colosal que es una lección magistral de urbanidad; Ricardo Bofill ha perpetrado en Madrid un palacio de congresos que es la obra más importante de su actual Ayuntamiento, y ha sido contratado por el mismo como bálsamo de fierabrás para los males urbanísticos de la ciudad. El desparpajo intuitivo de Bofill no es fácil de comparar con la cultura proyectual de Moneo, y muchos críticos rehusarían siquiera situarlos en el mismo plano. Pero es un retrato de la situación actual el que mientras Barcelona ha sabido utilizar sin generosidad el talento de Moneo, Madrid sólo ha sabido recurrir sin criterio al aplomo de Bofill.

En esta última comparación, más odiosa si cabe por cuanto los logros espléndidos de la Barcelona olímpica ponen de manifiesto la ramplona mediocridad del Madrid reciente, la diferente estatura de los arquitectos ilustra elocuentemente el talante distinto de las ciudades. Por su condición de capital española, Madrid es capaz de extender más lejos su atracción del talento, como prueba la procedencia provinciana de tantos arquitectos madrileños; pero, acaso por su pertenencia a esa Castilla que hace los hombres y los deshace, o quizá por el desarraigo propio de las metrópolis de aluvión, Madrid garantiza también que no sabrá extraer de su riqueza humana la mitad del partido que obtiene de su gente una Barcelona mejor tejida y más domésticamente solidaria.


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